Domingo, 24 Abril, 2011 - 09:06

El "enemigo", ¿existe?

Hace muy pocos meses, a fines del año pasado, se produjeron dos hechos que muy justamente conmovieron al país. Uno fue el asesinato de Mariano Ferreyra y otro la toma del Parque Indoamericano. Ante ambos hechos, corrieron ríos de tinta en sectores importantes de la prensa oficialista para tratar de demostrar que Eduardo Duhalde era el todopoderoso titiritero que movía los hilos para desestabilizar la democracia en el país.

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A mí me llamaba la atención porque hasta entonces, en su fallida campaña electoral, Duhalde no había sido capaz ni siquiera de llenar un miniestadio, no había arrastrado detrás de él a un solo dirigente territorial importante y estaba cada vez más desangelado. El viernes pasado, luego de su ruptura con Alberto Rodríguez Saá, las cosas quedaron mucho más claras. Duhalde casi no tiene poder, es una sombra de lo que fue, y los intentos de adjudicarle el liderazgo de vastas conspiraciones pueden ser entendidos simplemente como una artimaña del relato oficial para que muchas personas sanas, temerosas de ese supuesto poder del “enemigo”, decidan apoyar al Gobierno “porque no es momento para hacer críticas menores”.



En realidad, no son sólo las referencias al “enemigo” Duhalde las que comienzan a estar en crisis ante la evidencia de su debilidad.



Uno de los elementos centrales del relato oficial en estos años sostiene que el Gobierno es, básicamente, débil, está cercado por poderes permanentes mucho más fuertes y que, por lo tanto, las críticas a él son funcionales a estos y deben acallarse o emitirse con cuidado o susurrarse luego de dejar bien en claro que el Gobierno es mucho mejor que cualquier alternativa posible y que todo lo demás es peor “aunque por supuesto hay cosas que corregir o mejorar, faltaba más”.



Sin embargo, el cada vez más evidente desconcierto opositor, y el cada vez más previsible triunfo holgado de Cristina Fernández de Kirchner, permiten poner en tela de juicio esa tesis, aunque más no sea por el hecho de que, de resultar ella reelecta, el kirchnerismo se transformará en la corriente política –o militar– que más años seguidos gobernó el país, al menos desde 1930. Los Kirchner juntos habrán gobernado más que Menem, que Perón y que Yrigoyen.



Para ser un poder débil y cercado ha sido realmente poderoso.



En estos días, el gobierno nacional enfrenta un conflicto con el principal grupo industrial del país y sin embargo no hay ningún costo para el funcionamiento de la economía ni mucho menos alguno para la estabilidad democrática. Desde hace tres años, el gobierno nacional viene enfrentando al principal grupo mediático del país. Pese a ello, o quizá gracias a ello, o vaya a saber, la Presidenta aparece a punto de ser reelecta y su gobierno de lograr una resurrección histórica que parecía increíble hace un par de años, luego de la derrota electoral del 2009. El Gobierno estatizó empresas importantes y no hubo contrafuego significativo en contra, cometió errores políticos serios y pudo resurgir de ellos, perdió a su principal líder y sigue más fuerte que entonces. No hay poder económico, político, mediático o militar que pueda desafiar la continuidad K en el poder.



¿No es eso una demostración categórica de que se trata de un gobierno fuerte, poderosísimo, de que sus enemigos, que los tiene, tienen una capacidad de fuego muy relativa y que, por eso, se hace tanto más necesaria la crítica y el debate duro sobre sus principales vicios? El argumento de que cuestionarlo es “hacerle el juego a la derecha”, ¿no se derrumba cuando se percibe que “la derecha” –Duhalde, por ejemplo– se ha transformado, como hipótesis de poder real, en poco menos que una entelequia? Quienes encuentran su identidad en el alineamiento oficialista, “pero no porque sea kirchnerista sino porque lo que hay enfrente es mucho peor”, ¿no sienten que esa identidad tambalea cuando lo que hay enfrente, sea o no peor, parece realmente irrelevante, cuando el poder político es de un solo grupo porque enfrente sólo hay un archipiélago disperso de líderes todos distanciados entre sí? ¿No dudan de que “la derecha” –Duhalde, por ejemplo– sea una construcción demasiado funcional para quienes pretenden disciplinar voces que, sensibles ante ese esperpento, prefieran ahora callar cosas que, en otros momentos, hubieran denunciado?



Quizá sea conveniente, para tener una noción real del poder del Gobierno, compararlo con todos los gobiernos democráticos de la historia argentina. Ninguno ha gobernado en condiciones tan favorables como los Kirchner, ni siquiera el primer Juan Domingo Perón. Para eso, contribuyen varios factores que nunca se dieron en conjunto y pocas veces aislados.



A saber:



- No hay amenaza de golpe de Estado. Todos los gobiernos democráticos anteriores, hasta el de Menem, debieron convivir con esa espada de Damocles. Los Kirchner no, porque los militares ya habían sido reducidos a su mínima expresión de poder. Eso que hoy se da por sentado es históricamente muy novedoso en el país. Muchas de las personas que deciden alinearse con el Gobierno por miedo a que este caiga, se sorprenden ante este señalamiento tan obvio, razonan como si las amenazas de otros tiempos estuvieran vigentes, pero lo cierto es que no lo están ni aquí ni en prácticamente ningún otro país de América latina.



- No hay tampoco perspectivas de descalabro económico, sino todo lo contrario. La Argentina es un país que no depende de ayuda externa, que crece a tasas impresionantes, cuyo Estado es más rico y poderoso que nunca desde la segunda posguerra, y habría que afinar el lápiz para ver si el Estado no está aún más fondeado que cuando Perón presumía que no se podía caminar por las bóvedas del Banco Central ya que los lingotes de oro ocupaban todo el espacio. De la Rúa, Duhalde, Menem, Alfonsín, los dos Perón, el último Yrigoyen debieron convivir con momentos de crisis económicas muy serias. Por supuesto que se puede argumentar que eso es gracias al Gobierno o que es un proceso regional del cual el Gobierno es beneficiario, pero nada de eso cambia que la inestabilidad económica hoy sea un dato inexistente.



- Tampoco hay un serio desafío opositor, como no lo hubo nunca en estos ocho años. Todas las experiencias políticas previas debieron convivir con fuerzas opositoras de alcance nacional, es decir, con llegada a todos los pueblos del país y estructuras políticas poderosas. En todos los casos hubo una oposición que se presentaba como alternativa y crecía junto con las crisis económicas o, en su defecto, golpeaba los cuarteles, como sucedió con los radicales en 1955, o con un sector importante del peronismo en 1966.



Por supuesto que, aun en esas condiciones, en democracia se puede ganar o perder, pero es mucho más sencillo ganar que en cualquier otra oportunidad.



Más allá de detalles que históricamente son menores, el kirchnerismo ha sido un poder muy duradero, de acero inoxidable como quien dice, sin elementos estructurales que puedan desestabilizarlo, que se apoya en el único partido político real que tiene la Argentina y que gobierna en tiempos de prosperidad inéditos. Del otro lado, del lado tan temido, de la trinchera “enemiga”, hay muy poca cosa, realmente muy poca cosa. Sólo pudo aparecer durante un tiempo una apariencia de alternativa ante un cúmulo de errores increíbles del Gobierno.



Por supuesto, al oficialismo le conviene que todo el tiempo se hable y se escriba de las miserias del “enemigo”.



Ahora, ese enemigo ¿existe tal como se lo describe, existe en esa dimensión, o es más bien una mezcla de fósiles vivientes con intereses en juego que existen en toda sociedad democrática y con los que todo gobierno debe lidiar?



Porque, si el enemigo no es tan poderoso –Duhalde, Cobos, la Mesa de Enlace, Clarín o Bergoglio, y parece que no lo son–, hay muchas personas que están cayendo, sin quererlo, en una típica trampa del poder en todos los tiempos: agitar fantasmas, agrandarlos, para distraer o alinear, que no se hable de declaraciones juradas, alianzas muy espurias, vínculos mafiosos o altísimos dirigentes complicados con asesinatos de la policía.



Fantasmas.



Gente que parece poderosa pero no lo es.



Amenazas infladas.



Son detalles menores.



¿O no?
Fuente: 
VEINTITRES