Domingo, 13 Marzo, 2011 - 11:05

El verdadero relato del carnaval

Hacía muchos veranos que no había un verano como éste: largo, de tres meses, no constreñido a tres o cuatro semanas de enero y a lo sumo el anodino anexo de un febrero inocuo, insípido, incoloro. Veranos restringidos a una cierta cofradía de pertenencia, que se aliaba desde la semana de Año Nuevo hasta fin de enero. Y que salía fotografiada en los medios alusivos y producía fiestas opulentas para consumo de fisgones sin participación en el entierro.

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Pero antes de febrero todos se volvían. Este, en cambio, fue un verano-verano. Algo habrán hecho. ¿Quiénes? No sé, los veraneantes nuevos, el clima, el estado de ánimo, el parque automotor, el espíritu de época, el Bicentenario, las botineras, los escándalos vedetteros, la inflación, las vacaciones pagas de quienes no tenían vacaciones porque no tenían trabajo, los jubilados que están gastando a cuenta del 82 por ciento móvil que les va a pagar la oposición cuando Martín Redrado vuelva al Banco Central y varios etcétera.



Y las murgas y el carnaval, aunque Patricia Bullrich haya dicho en su Twitter que no entiende; y los niños pobres, que igual que antes los niños ricos, pueden sentir alegremente tristeza. Un lujo, porque hambre ya no tienen. Pero este verano, sí que fue verano. Y es inexplicable, inextricable, indescifrable cómo no reventó hasta Yacyretá con la sobrecarga de aires acondicionados y cómo todavía el censo registra aumento de población con la tasa de inseguridad que hay y cómo carajo hacen los argentinos para darse el lujo de debatir acerca de Vargas Llosa en lugar de volver a las ferias del trueque.



O a las asambleas populares conducidas por Jorge Lanata antes de su autoexilio en Boston. Antes de haber perdido su trono de periodista de la antipolítica arrasado por los ordinarios vientos del periodismo político.



En otro rubro, el ex exitoso Cleto Cobos, arrasado por la propia inercia de su peso congelado en el freezer, pierde vertiginosamente aquellas calorías mal adquiridas en la etapa bélica sojera. Al contrario de Antonio Cafiero que, a una edad de temperaturas bajas, no deja de calentarse con la vida. Su Viagra natural sigue siendo el peronismo.



Está nominado al Cóndor de Plata por su actuación en la película de Diego Capusotto, Pájaros volando. Y está tan embalado que dijo que espera ganar el premio y entusiasmar a Capusotto para hacer otra película los dos solos. “Sólo me falta jugar en Boca”, dijo Cafiero sin que ninguno de los hijos saliera a desdecirlo. Por suerte, Falcioni no opinó, porque seguramente no acertaría. Y Boca es su prueba empírica.



Le deseo más suerte que la que en las elecciones le espera a Claudio Lozano como intendente. Cafiero continuó: “Si un político no es buen actor no es buen político, y viceversa. Todos los políticos actúan”. Y es cierto. En realidad, todos los humanos somos actores. El Papa, el sumo referente. Y también los animales y no exclusivamente los del circo. ¿O actuar de Papa no es una hazaña paranormal? Un Papa, con la sotana arremangada y sentado en el inodoro es inconcebible para cualquier imaginario. Y aunque Cafiero no lo dijo, está implícito que lo que dijo no se refiere a políticos y actores apócrifos.



El periodismo, el audiovisual sobre todo, reproduce esa peculiaridad bifronte, cada vez con mayor entusiasmo. El público ha empezado a sublevarse al descubrir tan malas actuaciones. Hay movileros de participaciones desopilantes cuando deberían hacer llorar y de actuaciones tristes cuando deberían hacer reír. Eso en el fondo es un beneficio, porque como nadie les cree causan menos daño.



En el futuro, en los noticieros, los conductores podrían ser suplantados por robots. Es cierto que hay algunos ejemplares humanos que si los camuflaran de metal serían aún mejores. Se propagarían las mismas informaciones manipuladas y el mismo relato interesado, pero los robots no generarían distracciones. Qué tema el de la actuación. Los espejos de cada uno al maquillarse o afeitarse saben cuánto nos prodigamos aún en soledad. Somos capaces de mentirnos ante el espejo. Ni pensar ante los confesionarios. Y menos en la cama compartida. Fernando Peña, con aquella gracia a veces inapropiada, decía que cierta hipócrita y paqueta grey de San Isidro con la que coexistía, era capaz de mentirle al psicoanalista. Bueno, no solamente al psicoanalista. También al astrólogo, al ginecólogo o al socio.



Por eso, en política, quienes más mienten son quienes predican la imposible idea del sincerismo. Leí un afiche con el ex referí Javier Castrilli, candidato al gobierno de la Ciudad por el partido de Mario Das Neves. Dice: “Conmigo no se jode”. Creo que fue Alfredo Alcón quien interpretó Un guapo del 900 con más reciedumbre que un guapo. El afiche de Castrilli es una rémora ficcional pero en la vida real. Confunde la gestión política con un voluntarismo de quincho después de un asado. Sobran ficciones y ficcioneros.



Fíjense la más reciente actuación de Rodríguez Zapatero, al distinguir al presidente chileno, Sebastián Piñera, en España dijo: “Es un ejemplo. Ojalá en Latinoamérica se sumaran muchos gobiernos democráticos y constructivos como el suyo”. No sé si la actuación de Mariano Rajoy lograría superarlo. Hay que comprender el desesperado guión de Zapatero: los españoles, después de interpretar un papel de gozos durante años, deben ahora interpretar uno de sombras. Y que va para largo. Lo que resume el decaimiento de una sociedad de ex consumo como la de España es el decreto que exige que ningún vehículo puede pasar de 110 kilómetros por hora. En ninguna ruta o calle. Ni aunque el tipo se haya comprado una Ferrari nuclear con caños de escape de oro. Lo raro, lo misterioso de los nuevos pueblos árabes sublevados que aspiran a emular a las democracias europeas desarrolladas, como la de España, es que al verlas irse degradando podrían dudar del optimismo de su objetivo.



Mondo cane era el título de aquel viejo documental italiano que mostraba la crueldad del mundo de los humanos. A varias décadas de distancia, hoy el filme incorporaría suplicios más actuales. En la película Kaos, los hermanos Taviani muestran cómo en la primitiva Sicilia, los bárbaros vencedores jugaban a las bochas con las cabezas cortadas de sus vencidos. Más civilizados, los vencedores actuales ya no necesitan cortarles las cabezas en forma explícita a sus derrotados. Con la exclusión es suficiente.



Por eso, la inclusión es ardua y los incluyentes corren riesgos a manos de los excluidores. Ese es el valor esquemático de este proyecto democrático: “Dime con quién no andas y te diré con quién te asocias”. Se me pasa por la cabeza esta pregunta: ¿Por qué si Vargas Llosa es un escritor, la Feria del Libro tiene su eje en la escritura y la escritura la ofician los escritores, no se sabe qué opina del debate la Sociedad Argentina de Escritores? Si estuviera compuesta por escritores.



Ah, me impresiona ese caso del joven que con un bate de béisbol mata a otro a la salida de un baile. También con un bate de béisbol Al Capone (Robert De Niro) despedazaba la cabeza de un traidor de su pandilla. Por supuesto, en el cine. Entre nosotros suena más fuerte un bate de béisbol que un palo o una tabla, sobre todo en un país donde aquel es un juego limitado.



Lo extraordinario es que los millones de argentinos que salieron a las calles a disfrutar del carnaval y de las murgas, de los feriados y el verano, ajenos al bate, se incluyeron en el estado de ánimo feliz. Carnavalearon. Si se me ocurriera emular algún aforismo del rabino Bergman, diría “cuando la alegría es mayoría, la tragedia es minoría”.



Es que los argentinos, hartos de ser falsamente relatados, empiezan a construir su relato y a ser los protagonistas.



Fuente: Revista Debate