Domingo, 13 Marzo, 2011 - 10:37

Una corona de biyuta

Fue lindo verla con esa coronita en la cabeza. Nadie la ayuda; ella sola se la está poniendo, con las dos manos, con la vacilación del que debe hacer a ciegas algo que sólo el espejo facilita: maquillarse, afeitarse, coronarse. Sobre el pelo rabiosamente rojo, la coronita es comedida –o, quizá, podría decir berreta: una de esas coronas de biyuta, con un falso plateado demasiado brishoso y una piedras de plástico azul y bermellón. Pero, aún así, ella sonríe, y fue lindo verla con esa coronita en la cabeza en la foto el otro día, en Mendoza, fiesta de la Vendimia. Yo pensaba, tonto de mí, en Mariano Moreno.

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042
Primero, supongo, por aquel incidente. La noche del 5 de diciembre de 1810 el regimiento de Patricios homenajeaba con una cena a su jefe. Habían tomado bastante cuando uno de sus oficiales, un Atanasio Duarte, se acercó al coronel Cornelio Saavedra y brindó por él “como rey o emperador de América” y le ofreció una corona de azúcar. A los dos días, Moreno publicaba en la Gazeta el Decreto de supresión de honores, que famosamente decía que “ni ebrio ni dormido puede un habitante de Buenos Ayres tener impresiones contra la libertad de su país”.



Todo por una corona de azúcar y una bravata ebria. El decreto decía, entre otras cosas, que “se prohibe todo brindis, viva, o aclamacion pública en favor de individuos particulares de la Junta. Si éstos son justos, vivirán en el corazón de sus conciudadanos: ellos no aprecian bocas, que han sido profanadas con elogios de los tiranos”. Y que “no se podrá brindar sino por la patria, por sus derechos, por la gloria de nuestras armas, y por objetos generales concernientes a la pública felicidad”. Y que “en las diversiones públicas de toros, ópera, comedia, no tendrá la Junta palco ni lugar determinado: los individuos de ella que quieran concurrir, comprarán lugar como qualquier ciudadano…”. Y que “toda persona que brindase por algun individuo particular de la Junta, será desterrado por seis años”.



Moreno justificaba su decreto en una introducción que decía, entre otras cosas, que “en vano publicaría esta Junta principios liberales, que hagan apreciar a los pueblos el inestimable don de su libertad, si permitiese la continuación de aquellos prestigios, que por desgracia de la humanidad inventaron los tiranos, para sofocar los sentimientos de la naturaleza”. Porque, jacobino como era, desconfiaba del pueblo que defendía con ardor: “Privada la multitud de luces necesarias para dar su verdadero valor a todas las cosas; reducida por la condición de sus tareas a no extender sus meditaciones más allá de sus primeras necesidades; acostumbrada a ver los magistrados y jefes envueltos en un brillo que deslumbra a los demás y los separa de su inmediación, confunde los inciensos y homenajes con la autoridad de los que los disfrutan, y jamás se detiene en buscar al jefe por los títulos que lo constituyen, sino por el boato y condecoraciones con que siempre lo ha visto distinguido. De aquí es que el usurpador, el déspota, el asesino de su patria arrastra por una calle pública la veneración y respeto de un gentío inmenso, al paso que carga la execración de los filósofos y las maldiciones de los buenos ciudadanos”.



Y después insistía: “La libertad de los pueblos no consiste en palabras, ni debe existir en los papeles solamente. Cualquier déspota puede obligar a sus esclavos a que canten himnos a la libertad; y este cántico maquinal es muy compatible con las cadenas y opresión de los que lo entonan. Si deseamos que los pueblos sean libres, observemos religiosamente el sagrado dogma de la igualdad. ¿Si me considero igual a mis conciudadanos, por qué me he de presentar de un modo que les enseñe que son menos que yo? Mi superioridad sólo existe en el acto de ejercer la magistratura que se me ha confiado; en las demás funciones de la sociedad soy un ciudadano, sin derecho a otras consideraciones, que las que merezca por mis virtudes. (…) Por desgracia de la sociedad existen en todas partes hombres venales y bajos, que no teniendo otros recursos para su fortuna que los de la vil adulación, tientan de mil modos a los que mandan, lisonjean todas sus pasiones, y tratan de comprar su favor a costa de los derechos y prerrogativas de los demás”.



A veces suponemos que las voces de la historia nos hablan de algún modo. Yo pensaba en Moreno, también, porque el día anterior a la corona plástica se habían cumplido doscientos años de su muerte, y la apoteosis culminó: aquel muchacho granujiento, osado, tímido, prócer complejo del que nadie se hizo cargo del todo, terminó de ser consagrado por la historiografía ¿progre? ¿kirchnerista? como uno de sus númenes, un héroe, un precursor. Siempre es curiosa la construcción del héroe: requiere, para empezar, subrayar ciertos aspectos y olvidar otros, hasta armar un muñeco impoluto, perfecto.



Así que los neomorenistas –liderados por personas muy ricas– reivindican al militante que escribía que “el mejor gobierno, forma y costumbre de una nación es aquel que hace feliz mayor número de individuos; y que la mejor forma y costumbres son aquellas que adopta el mismo número, formando el mejor concepto de su sistema; igualmente es máxima aprobada y discutida por los mejores filósofos y grandes políticos, que las fortunas agigantadas en pocos individuos, en proporción a lo grande de un estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil”. Pero leyeron poco textos como el de su Decreto de Supresión de Honores. Y tratan de no leer, porque sería demasiado complicado de explicar, los mejores fragmentos de su Plan de Operaciones.



Como cuando Moreno explica, por ejemplo, cómo extorsionar a los aliados criollos en la pelea con los realistas: “Ya cuando en estas circunstancias hayamos llegado a comprometer a todos los pueblos del Río Grande, haciéndoles tomar las armas contra los derechos de su monarca, en este caso parece consiguiente que el mismo delito de su rebelión les obligará a aceptar nuestras disposiciones, sometiéndose en un todo a ellas, protestándoles de lo contrario que si así no lo hacen, además de abandonarlas en el proyecto de su causa, retirando nuestras tropas a la frontera, saquearemos al mismo tiempo los pueblos y las haciendas, quedando expuestos nuevamente al furor y a la venganza del antiguo despotismo...”.



O cómo controlar los medios –la Gazeta, el único que había–: “La doctrina del gobierno debe ser con relación a los papeles públicos muy halagüeña, lisonjera y atractiva, reservando en la parte posible todos aquellos pasos adversos y desastrados, porque aún cuando alguna parte los sepa y comprenda, a lo menos la mayoría no los conozca y los ignore, pintando siempre estos con aquel colorido y disimulo más aparentes; y para coadyuvar a este fin debe disponerse que la semana en que haya de darse al público alguna noticia adversa, además de las circunstancias dichas, ordenar que el número de Gazetas que hayan de imprimirse sea muy escaso...”.



Nada de esto –tan evocador– aparece en la versión que levantaron estos días. No les interesa ese debate; menos les interesan las contradicciones de entonces, diferencias y semejanzas con ahora. El Moreno que inventaron, eternauta, responde a esa política de formación de cuadros –muertos– que suele presidir nuestra política: los grandes difuntos son impecables totales armoniosos y no hay mejor guía que el que no puede guiarte, que el que acepta cualquier palabra en su boca porque su boca está cerrada para siempre. Es fácil hacerle decir a Moreno, a San Martín, a Perón, al doctor Kirchner lo que se la canta a cada cual. Es fácil y pavote, un truco viejo. El Moreno que acaban de consagrar en su bicentenario es casi una parodia, otro efecto de discurso. Lo es, también, la foto de Cristina coronada: otra parodia, una corona no de reina sino de reina de belleza en una cabeza que no quiere ser eterna en un país que sólo quiere tener reyes si no se llaman reyes –porque cree en los nombres de las cosas y la simpleza perfecta de los próceres; porque a veces, cuando se descuida, cree en los próceres.



Fuente: Newsweek