Domingo, 13 Marzo, 2011 - 10:07

Recalcitrante

El debate disparado a partir de que un grupo de intelectuales oficialistas intentó impedir que Mario Vargas Llosa inaugurara la Feria del Libro, incluyó un costado realmente llamativo. Destacados personajes de la cultura y de las letras, personalidades realmente valiosas y creativas, coincidieron –ya estuvieran de acuerdo o no con la participación del Premio Nobel en ese acto– en que el hombre es un pensador ramplón y mediocre que pertenece a las filas de la derecha “recalcitrante” (qué loca esa palabra, ¿no?).

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A mí, debo decirlo, me causa un poco de gracia cuando un intelectual, de un plumazo, califica a otro de mediocre, o de poca cosa, o de superficial. Qué sé yo. Es cuestión de opiniones. Vida hay una sola, el aire es gratis, así que ya que estamos les ponemos nota a los demás. Me da risa la importancia que se atribuye el que califica. Debe sentirse todo un personajón.



Pero en lo de derecha “recalcitrante” (qué palabrita, ¿eh?), quiero disentir. Levemente. Sin ofender a nadie. Como quien no quiere la cosa. Silbando bajito. Sucede que desde hace años he cometido el desatino de leer y, a veces (con perdón), disfrutar algunas columnas de ese señor. En general, me ocurre que valoro una nota de opinión cuando es informada, bien escrita, culta, provocativa. Por eso busco a veces a Pérez-Reverte, otras a Javier Cercas y, cuando me cruzo con el fulano de marras, me pica la curiosidad. Sé que es un pecado pero a mí me gustan las columnas de Vargas Llosa, algunas, otras no. Tienen un recorrido imprevisto, me divierte su don de polemista. Y muchas veces al leerlas pienso que aquí quienes trabajamos de columnistas, somos realmente mediocres y un poco haraganes.



Pero no iba a eso, sino a la caracterización de derecha “recalcitrante” (se me hinchan los pulmones, al sólo escribir esa palabra, les juro, suena como valiente). Vamos a conceder que ser de izquierda siempre es mejor que ser de derecha. Por un instante, olvidemos que a la hora de contar crímenes, en el siglo XX, muchos se hicieron en nombre de unas y otras ideas. Demos por sentado que es así: la izquierda es mejor que la derecha (a veces se lo afirma con tanta seguridad, que a mí –realmente– no me da para dudar de esas certidumbres, además mucha gente se enoja y prefiero no enojar a nadie).



Ahora: ¿es Vargas Llosa un hombre de la derecha “recalcitrante”?



Claramente el hombre no está, a favor de la intervención del Estado en la economía y, en ese aspecto, muchas veces, es demasiado sesgado –a mi humilde opinión– y se rodea de personas que han hecho mucho daño en este continente. También es verdad que no tolera al castrismo –aunque admitamos que el modelo cubano genera legítimos debates entre gente que no necesariamente es de derecha–.



Ahora, lean, tómense el trabajo –si les molesta mucho hagan de cuenta que es un remedio, una sola vez y se pasa– de leer estos párrafos.



Dice Vargas sobre el aborto: “Despenalizar el aborto significa, simplemente, permitir que las mujeres que no pueden o no quieren dar a luz, puedan interrumpir su embarazo dentro de ciertas condiciones elementales de seguridad y según ciertos requisitos, o lo hagan, como ocurre en todos los países del mundo que penalizan el aborto, de manera informal, precaria, riesgosa para su salud y, además, puedan ser incriminadas por ello. Significa, también, reducir la discriminación que, de hecho, existe en este dominio. Donde está prohibido el aborto, la prohibición sólo tiene algún efecto en las mujeres pobres. Las otras, lo tienen a su alcance cuantas veces lo requieran, pagando las clínicas y los médicos privados que lo practican con la discreción debida, o viajando al extranjero. Las mujeres de escasos recursos, en cambio, se ven obligadas a recurrir a las aborteras y curanderos clandestinos, que las explotan, malogran, y a veces las matan”.



Sostiene Vargas sobre el conflicto de Medio Oriente: “Cada día es más difícil ser amigo de Israel, salvo para los incondicionales convencidos de que todo lo que hacen las autoridades israelíes es bueno, que todos los palestinos son terroristas y que las críticas a la política de Israel son siempre producto del antisemitismo. Yo sigo siéndolo, pese a la repugnancia que me inspira su gobierno actual, la intransigencia fanática de sus colonos y los abusos y, a veces, crímenes que Israel comete en los territorios ocupados y en Gaza, o fuera de sus fronteras, como ocurrió hace poco con los nueve muertos y las decenas de heridos de la flotilla de la libertad”.



Opina Vargas sobre la dictadura china: “China es un país que ha alcanzado extraordinarios éxitos económicos, lo que hace olvidar a mucha gente, particularmente en Europa, que sigue siendo una dictadura, un sistema totalitario que castiga con gran ferocidad toda forma de crítica o disidencia”.



Razona Vargas sobre la legalización del matrimonio gay: “Esta medida es un acto de justicia, que reconoce el derecho de los ciudadanos a elegir su opción sexual en ejercicio de su soberanía, sin ser discriminados ni disminuidos por ello, y que reconoce a las parejas homosexuales el mismo derecho de unirse y formar una familia y tener descendencia que las leyes reconocen a las parejas heterosexuales. Aunque esta medida constituye un desagravio a una minoría sexual que a lo largo de la historia ha sido objeto de persecuciones y marginaciones de todo orden, obligando, a quienes la conformaban, a vivir poco menos que en la clandestinidad y en el permanente temor al descrédito y al escándalo, ella no bastará para cancelar de una vez por todas los prejuicios y falacias que demonizan al homosexual, pero, sin la menor duda, constituye un gran avance hacia la lenta, irreversible aceptación por el conjunto de la sociedad –por la gran mayoría, al menos– de la homosexualidad como una manifestación perfectamente natural y legítima de la diversidad humana. Los argumentos contra el matrimonio gay no resisten el menor análisis racional y se deshacen como telarañas cuando se los examina de cerca. Uno de los más utilizados ha sido el de que, con esta medida, se da un golpe de muerte a la familia. ¿Por qué? ¿De qué manera? ¿No podrán seguir casándose y teniendo hijos todas las parejas heterosexuales que quieran hacerlo? ¿Alguien, con motivo de esta nueva ley, va a forzar a alguien a no casarse o a casarse de manera distinta a la tradicional? Por el contrario, la ley, al permitir a las parejas gays contraer matrimonio y adoptar niños, va a inyectar una nueva vitalidad a una institución, la familia, que –¿alguien no lo ha advertido todavía?– padece desde hace ya un buen tiempo una profunda crisis en la sociedad occidental, al extremo de que, contabilizando el número de divorcios que crece cada año y la multiplicación de parejas de hecho que rehúsan resueltamente pasar por el altar o por el registro civil, hay quienes le auguran una obsolescencia irremediable”.



Argumenta Vargas sobre la legalización de las drogas: “¿Estamos condenados a vivir más tarde o más temprano, con narco-Estados como el que ha querido impedir el presidente Felipe Calderón? La hay. Consiste en descriminalizar el consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores, tal como vienen sosteniendo The Economist y buen número de juristas, profesores, sociólogos y científicos en muchos países del mundo sin ser escuchados”. Y todo esto para no hablar de su posición frente a dictadores tercermundistas como Muamar Al Khadafi, al que muchos de sus detractores han mirado con tanta simpatía y se resisten a repudiar ahora.



A veces, Vargas Llosa es de derecha, a veces es muy progresista y a veces, muchas, ni una cosa ni la otra. Vaya a saber cuándo tiene razón y cuándo no.



Dicho todo esto, corresponde agregar que, a mi entender, sus declaraciones sobre el peronismo, los argentinos y los Kirchner se desautorizan solas, de tan brutales que son. No están para nada a la altura de otras de sus opiniones y ojalá no se repitan durante su próxima visita porque sólo contribuirán a desmerecerlo y a degradar una vez más el debate político en la Argentina. Los intelectuales, y él, entre ellos, se ponen menos interesantes cuando levantan el dedito y privilegian el principio de autoridad o la santa indignación, en lugar de contar historias interesantes u ofrecer opiniones fundamentadas y bien escritas.



Espero, por Dios, no haber hecho una nota demasiado recalcitrante.



No me alcanzaría la vida para arrepentirme.



No sería un detalle menor.



Fuente: VEINTITRES