Jueves, 10 Marzo, 2011 - 18:45

Evocación respetuosa
Chau "Panchito"

Pancho era exactamente así, como lo describe su apodo, con apellido notable en este Chaco: Bosch. Familia de cuño, grande, comprometida con la comunidad en las más variadas vertientes de la cultura y la política. El “Tono” Bosch, político, periodista, era uno de sus hermanos. El amor lo llevó a los brazos de Chichita Garavaglia, otra empecinada artista popular, deliciosa en el andar y en su arpa.

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Maria Sol y Carolina llegaron a la vida de esa unión, portando con mérito ambos apellidos. Y ahora, sin aviso, se fue, lo más pancho, al cielo de los mejores. Un amigo entrañable de Coqui Di Raddo, de Luiggi Bonavita, al que estos dos locos le salvaron la vida hace 20 años. Los médicos habían tirado la toalla, el cura fue a darle la extremaunción, Coqui y Pancho no se rindieron, se robaron el enfermo, a plena siesta, sin permiso de nadie. Otro sanatorio, otro tratamiento, un milagro de por medio y allí anda Luisito con su pelada y su sonrisa a cuestas, dribleando botellas en la Vaca Atada, sin tomar una gota, para siempre. Pero Vivo.



Lo pienso a Pancho Bosch ahora, en su transición, y no puedo recordarlo con cara de asco, lo veo con su sonrisa plena, abierta a la cara del amigo que llega. Lo veo atrás del mostrador en el restaurante “La Vieja Esquina”, sueño que empezó como boliche para atorras y peñas, y que se transformó por decisión de la gente en el mejor comedor de este pueblito.



El “Bicho” León juntaba sus radicales y se paraba en una silla y discurseaba lindo, en serio. Tenía a mano siempre el “Valmont” que le gustaba. Y nosotros, peronistas, que nos daba ganas de aplaudirlo. Un orador de lujo.



Empezaron con manteles de papel, damajuanas en arneses para destaparlas delante de la gente, pero enseguida los clientes que no esperaban, los copetudos, empezaron a reclamar vinos mas caros, que iban a comprar por allí cerca.



Después, manteles como la gente, luego vinieron los platos con inscripción “La Vieja Esquina” y finalmente tres aire acondicionados, una bodega como no vi otra en Resistencia.



Nosotros, los amigos, quedábamos relegados para la hora del cierre, allá por las 2 o 3 de la madrugada. Caíamos con Juan Lara, aquel arquitecto de pinta notable, y escuchábamos a Serrat o Los iracundos, o Chamamé de Don Ernesto, algunos tangos.



Por ahí Juan se largaba a recitar, siempre tomando vinos caros, que alguna vez pagábamos. En la mesa del final, por supuesto, los patrones Pancho y Coqui, los mozos, el maestro cocinero Celso y nosotros, los amigos que habíamos visto nacer el sueño.



Escribo que se ha muerto Pancho Bosch, está sonando en la radio “Los cosos de al lao”, cantado por Rubén Juárez, me llama Sol para decirme que la capilla ardiente será en De Bonis, se fue Pancho sin decir nada, y no me lo puedo creer.