Jueves, 10 Marzo, 2011 - 10:35

Historia de un montenegrino

Hace al menos veinticinco años Roque Sáenz Peña no era la moderna metrópoli que es hoy día, pero igual que ahora casi cualquier camino que se eligiese para llegar desde el casco urbano hasta los campos de los productores de la zona era duro, polvoriento e intransitable. Más aún para un vehículo de ciudad.

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El actual Cónsul Honorario de la República de Montenegro, Drago Michunovich, era jovencito y se estaba metiendo de a poco en el negocio familiar de la venta de seguros. Con el tiempo había aprendido que la responsabilidad y el progreso económico van de la mano, y su “producción” de pólizas creció exponencialmente.



Una tarde le avisan que lo esperaban sí o sí para firmar unos papeles en el campo de un conocido productor de algodón. “Voy y vuelvo antes de que oscurezca”, pensó y se subió a “la chata” familiar. Uno, dos, tres intentos para arrancarla pero nada: el motor estaba completamente muerto. Para ese entonces Drago era capaz de cruzarse el Chaco al trote con tal de cumplir con su propósito, así que agarró su coupé Taunus negra, se persignó y encaró el rústico sendero.



La
coupé Taunus de Michunovich era una joya sobre ruedas, el motivo de sus desvelos, de horas de pulir, lustrar, lavar, aplicar cromados, instalar lo último en tecnología y, en fin, todo lo que con el tiempo se convertiría en el arte del “tuning”.



Quien conozca la semidesértica atmósfera saenzpeñense entenderá que, para Drago, mantener el auto como si fuese una pieza de exposición era mucho más sacrificado de lo que lo hubiera sido para el habitante de otra ciudad.



La anécdota no habla de los gestos de dolor del vendedor de seguros cuando el “chapón” de la coupé tocaba un bache o las llantas golpeaban la huella dejada por los camiones, pero es posible que hayan sido innumerables. Lo que sí cuentan los memoriosos es que Drago finalmente llegó a la tranquera de una estancia perdida en el medio del campo, bajó, la abrió, subió otra vez a la coupé y avanzó unos metros hasta estacionarla a la sombra de unos naranjos.



Fue cuando se acercó a recibirlo un absorto peón de la estancia y, sin encontrar las palabras adecuadas para describir la polvorienta maravilla que tenía en frente, exclamó casi a los gritos: “¡Cheraá tu maquinaaaaaaaaria!”.



Drago volvió cansado y ni durmió esa noche tratando de dejar la “maquinaria” como antes de salir, pero al menos lo hizo con una sonrisa: nunca le habían dicho un cumplido tan lindo.