Domingo, 6 Marzo, 2011 - 10:08

Los escribas de la derecha

Puede llamarnos la atención que el inefable escriba del golpismo, el eterno cultor de una derecha antidemocrática nos propine, domingo tras domingo desde su columna de La Nación, una andanada de frases desmesuradas y atiborradas de giros arbitrarios y hasta delirantes si no fuera que desde siempre ha sido un exponente, brutal, de la restauración conservadora?

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¿Es acaso casual que su compañero dominguero, el otro escriba del poder concentrado y de la gestualidad destituyente, elija las mismas descargas de retórica virulenta y falsaria a la hora de intentar desprestigiar, al precio que sea, al Gobierno y a la figura de Cristina Fernández de Kirchner? ¿Es tal vez ingenua la decisión de las autoridades de la Feria del Libro de elegir a Mario Vargas Llosa para que sea el encargado de propinarnos el discurso de apertura en un año en el que se juegan tantas cosas?



Mariano Grondona, viejo exponente de una derecha que se quiso intelectualmente sólida y que termina construyendo reflexiones bizarras amparadas en supuestas genealogías eruditas que, en verdad, dañan a la propia inteligencia del lector, nos ofrece un cuadro comparativo que, no por alucinado, debe ser dejado de lado como si nada significara en la construcción ideológica de una derecha que no escatima ninguna munición a la hora de intentar bombardear los distintos procesos democráticos y populares que vienen desplegándose en América latina.



Grondona, suelto de cuerpo y sin que le tiemble el pulso de tanta arriesgada infamia, afirma que “cuando se difundió el rumor de que Khadafi podría buscar refugio en la dictatorial (sic) Venezuela, el aliento de las revoluciones populares comenzó a recorrer nuestra región donde, aun siendo minoritarias, aún existen dictadores (¿qué será un dictador para Grondona? Seguramente que en su escala de valores no lo fue Onganía ni lo fue, claro, Videla, adalides del mundo libre y cruzados contra el comunismo que no dejaron de solazarse con la pluma de nuestro escriba mientras se despachaban contra la forma más elemental de vida democrática y ejercían la violencia homicida al amparo, como lo hizo Videla, del terrorismo de Estado, ese mismo que defendió el “demócrata y republicano” editorialista de La Nación) con aspiraciones vitalicias como Correa en Ecuador, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua y, por supuesto, Chávez.



Al igual que los dictadores árabes –concluye profético Grondona– también su destino está marcado”. Sueña Grondona con desbancar a los gobiernos democráticos que, en Sudamérica, expresan los intereses populares; sueña con los recursos de una derecha conspirativa que nunca dudó en horadar gobiernos legítimos en nombre, eso sí, de la “virtud republicana” amenazada por los bárbaros.



Pero al inefable escriba del golpismo no le interesa demasiado ni exclusivamente seguir “denunciando” a los “tiranos latinoamericanos” (aunque nunca, en su dilatada carrera golpista, perdió de vista la importancia de cada eslabón a la hora de propiciar a todas las fuerzas reaccionarias del continente), su objetivo principal, el punto de mira de su artículo, no es otro que la descalificación del kirchnerismo, descalificación que, como siempre en su sibilina escritura, necesita buscar “ejemplos” históricos o geográficamente lejanos para respaldar con seudaerudición sus barrabasadas.



“En Rusia –tan lejos nos lleva la pluma grondoniana– se ha venido desplegando un régimen semidictatorial en función del cual, en tanto Medvedev ‘explica’ y ‘habla’ en cuanto presidente, Putin ‘manda’ y ‘decide’ en cuanto ex presidente y actual primer ministro. No era otra la división de funciones entre Néstor Kirchner, que decidía y mandaba como ex presidente y supuesto futuro presidente (¿Podrá ser tan salvajemente impúdica nuestra derecha? ¿Ese es su máximo nivel neuronal?), y Cristina Kirchner, que explicaba y hablaba como presidenta, en tanto que ambos compartían una pretensión vitalicia. Esta fórmula de la ‘semidictadura’, ¿hasta dónde quedó alterada el 27 de octubre, con la muerte de Kirchner? ¿Hasta dónde puede continuar siendo la Argentina de hoy, todavía, rusa o chavista?”



No crea el lector que está leyendo un pasquín humorístico salido del cerebro afiebrado de algún alucinado seguidor de la revista Cabildo ni que ha retrocedido a los tiempos en los que las “fuerzas de la libertad” luchaban contra las huestes demoníacas del comunismo internacional. No, está leyendo la columna de opinión de un periodista “independiente” de nuestro diario fundado por Bartolomé Mitre.



Una columna que oficia, junto con la de su colega Joaquín Morales Sola, de brújula editorialista de la derecha argentina. Por eso no se trata de mostrar la estructura falsaria y delirante de su argumentación allí donde intenta establecer las equivalencias entre las autocracias del norte de África (las mismas que fueron apoyadas sistemáticamente por los países democráticos occidentales mientras les fueron funcionales a sus intereses) y la de los gobiernos democráticos de Sudamérica en donde amplias mayorías populares han respaldado procesos de cambios más que significativos a la hora de sacar al continente del horror neoliberal; sino señalar que la única intención del escriba es horadar a Cristina y seducir, en un último gesto desesperado, a Daniel Scioli para que salte el charco y se convierta en el garante de la democracia ante la tendencia “semidictatorial” del kirchnerismo.



En su apelación a la deslealtad, Grondona no tiene inconvenientes en resaltar el apego al ideal republicano de los otrora impresentables, para su mismo diario, “barones” del conurbano. La derecha reaccionaria está buscando, sin ningún escrúpulo, que se debilite la candidatura de Cristina y lo hace apelando a las comparaciones más absurdas y apelando a una inteligencia supuestamente disminuida de un lector incapaz de reflexionar por sí mismo.



Aunque supongo que habrá lectores de tan ilustre tribuna de doctrina que, a estas alturas, sabrán diferenciar una noticia de una aberración periodística. No resisto la tentación de compartir con el lector de Veintitrés algunas frases más del autor de apolillados comunicados golpistas: “La puja interna entre la simiente republicana que se ha implantado cerca del propio gobierno a partir de la muerte de Kirchner y el ultrakirchnerismo será vital para la democracia argentina.



Alentada por encuestadores pagos tan creíbles como el Indec (¿si son tan poco creíbles esas encuestas por qué tanto nerviosismo entre la tropa de escribas de la derecha? ¿Por qué preocuparse tanto de alguien que no tiene chances de ganar?), ¿intentará prolongar la Presidenta la línea chavista (¡Y dale con el cuco venezolano!) de su antecesor, ya sin la fuerza que juntos tenían? ¿O se resignará, al fin, frente a la vocación democrática de la mayoría de los argentinos?”. ¿Será, acaso, esa “vocación democrática” tan sólida y consistente como la que ha venido mostrando el inefable Mariano Grondona? ¿Es posible que todavía, y de manera impune, se nos sigan propinando tantas arbitrariedades acéfalas de argumentación y directamente dirigidas a disparar contra quien hoy representa la institucionalidad democrática en la Argentina?



En una clave similar argumenta el otro inefable de la última página del domingo en La Nación pero, no se preocupe amigo lector, que hoy no nos vamos a ocupar de tan ilustre pluma. Algo en la misma dirección estarán lucubrando algunas de las autoridades de la Feria del Libro al invitar a Vargas Llosa para que pronuncie el discurso de apertura sabiendo, como saben, qué posiciones políticas ha venido defendiendo el escritor y qué es lo que piensa de nuestro país. Nada es casual en el reino de nuestra algo extraviada derecha que va buscando brechas por las que poder introducir alguna provocación.



Nadie discute los méritos literarios de Vargas Llosa, su prolífica obra constituye, a esta altura, una de las más importantes y significativas de la literatura latinoamericana y, más allá de gustos y opiniones, la decisión de la Academia sueca de premiarlo con el Nobel constituye un reconocimiento de su estatura de novelista (aunque, y para no herir la inteligencia del lector, sabemos que el otorgamiento de cualquier premio, y más del Nobel, carece de neutralidad política y que ha sido, en distintos momentos, parte de un claro posicionamiento ideológico). Ese es el autor valioso de La ciudad y los perros, de Conversaciones en la catedral, de La guerra del fin del mundo o de La fiesta del Chivo, entre otras novelas memorables. Otro (aunque sea el mismo) es el apologista de la más rancia derecha neoliberal, el descalificador de cualquier proceso político democrático que no entre en su visión del mundo y que caiga bajo el calificativo de “populista”, suerte de demonio de época que le permite a Vargas Llosa desparramar una sarta de frases intemperantes, agresivas e intolerantes que vienen a desmentir su supuesta condición de adalid de la democracia.



Me parece razonable e indiscutible que Vargas Llosa sea invitado a la Feria, que participe de múltiples actividades, que se encuentre con su público y que hable de lo que tenga ganas de hablar. Nada más odioso que la lógica de la censura, sea cual fuere su excusa. El cuestionamiento tiene que ver con una decisión desafortunada de quienes decidieron que fuera el escritor peruano quien diese el discurso de apertura, un discurso que tiene que ser capaz de expresar la diversidad y la pluralidad político cultural de la propia Feria y, eso queda claro, no es una característica de Vargas Llosa ser portador de una visión plural de la realidad latinoamericana. Hay en esa decisión un carácter desafortunado que, tal vez, no tomó en cuenta la dimensión política de cualquier intervención del autor de Pantaleón y las visitadoras. Siempre es arduo y hasta peligroso caminar por la cornisa, lo es para quienes se dejan llevar por actitudes intolerantes –aunque sean en nombre de causas justas– y también lo es en aquellos que nos quieren hacer pasar gato por liebre.



Claro, y para finalizar, que Mario Vargas Llosa tiene detrás suyo una obra literaria superlativa mientras que nuestro escriba dominguero lo que tiene es una continua diatriba antidemocrática como única carta de presentación. El problema es que para algunos el Vargas Llosa que se invita, y al que quieren escuchar, es el que comparte con Grondona una ideología que está en la vanguardia de las derechas más recalcitrantes de este tiempo latinoamericano.



Fuente: VEINTITRES