Lunes, 28 Febrero, 2011 - 09:33

Aporte al debate necesario
De listas completas

Desde hace muchos años, aunque no desde siempre, viene practicándose en la Argentina un sistema de elecciones para candidatos legislativos, que podemos denominar de “Lista Completa”. Es directamente un cheque en blanco dado a los partidos políticos para que discrecionalmente mocionen candidatos en bloque, salga lo que salga.

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Lo denominamos sistema de “listas completas” para no llamarlo por su nombre que, en definitiva, es el de “Listas Sábanas”, como cuando en vez de decir que un ser querido “murió”, decimos “partió” o “descansa en paz”, tratando de rehuir con ello a la realidad concreta de nuestra finitud.



Pero volvamos a las listas. Todo el que haya votado alguna vez, sabe en qué consiste este sistema, ya que simplemente se provee al ciudadano con “la posibilidad de emitir un solo voto para una lista completa de candidatos” de determinado partido a ciertos cargos.



Ello así tanto para senadores y diputados nacionales, diputados provinciales y concejales.



En definitiva, cuando concurrimos a un acto eleccionario, tenemos que votar por un conjunto completo de legisladores de un partido cualquiera según elijamos.



Aclaremos, más que nada para ponerlo en juego, porque en definitiva en Argentina todos lo saben, que nuestro sistema electoral es de partidos. A los partidos se les otorga el derecho de presentar candidatos y solo a través de ellos puede cualquier ciudadano ser candidato para un cargo electivo.



En los cargos uninominales no tenemos problema, aún en el caso de que lleve una fórmula como la de presidente y vice, gobernador y vice, etc. No todos los cargos son así. En Resistencia, por ejemplo, no tenemos “vice intendente”, por lo que dicha categoría no representa una fórmula.



Se entiende en estos casos de funcionarios electivos uninominales, que el candidato votado es el primero, ya que el que completa la formula solo debería ser una extensión del pensamiento y acción del principal, aunque como ya lo sabemos por experiencia, no siempre se da en la realidad de los hechos.



En el Chaco tuvimos una experiencia que contradice lo dicho. Hace algunos años tuvimos que elegir un vicegobernador, y extrañamente –algún día le podremos dedicar un tiempo para analizarlo-, los diversos partidos presentaron candidatos, perdiendo el sentido de unidad que anima la fórmula.



De todos modos, en realidad es en los cuerpos colegiados donde se presenta el caso de las “listas completas”, llámese cuerpo deliberante o concejo, cámara de diputados o senadores, provinciales o nacionales.



Desde el punto de vista del partido político, de cualquiera de ellos, el caso se simplifica, ya que les resulta cómodo proveer una lista kilométrica de personas indiferenciadas y anónimas en lo posible, que representen sus intereses, aligerando la carga de decidir quiénes y en qué orden van, y en definitiva, siendo funcionales a sus políticas de momento.



Tal vez, y sólo tal vez, si viviéramos en una verdadera república, con los valores que le son propios y necesarios, entonces podríamos decir que el sistema funciona, porque sería lógico pensar que los partidos internamente elegirán sus más prestigiosos y conspicuos hombres para tan importante tarea como es la de proveer de leyes al país, provincia o ciudad.



En ese ideal republicano, el juego democrático cumpliría cabalmente su papel y así tendríamos salas legislativas plenas de ideales, proyectos, opiniones fundadas en los más altos intereses del estado, exentas de mezquindades partidarias, de cuestiones de momento o de personas; y por sobre todo, ausentes por completo de “levantamanos”, de personajes funcionales a poderes de estado o sujetos afines a los medios de comunicación.



Como ya señalamos, el partido político del que se trate, tiene simplificado su problema electoral, y puede asegurarse fácilmente la colocación de aquellos que son proclives a sus políticas de momento, asegurándose, para su hombre político fuerte, los votos necesarios según sean sus lecturas del juego político, semejanza muy marcada con lo que a nivel individual llamamos capricho.



Esto así para propios y ajenos, o lo que es común en nuestra provincia, oficialismo y oposición, en el año que se elija, desde 1983 en adelante obviamente.



Para el período anterior, pero de democracia, la lectura es distinta, porque esos tiempos políticos también eran peculiares, existían otros elementos en juego, otros peligros amenazaban a la democracia que nunca podía fortalecerse, y no seríamos serios si pretendiéramos que por tener un sistema electoral similar, las conclusiones debían ser las mismas que hoy, provocando con ello un anacronismo histórico imperdonable.



Como sea, la cuestión trasciende el derecho de los partidos políticos a proclamar sus candidatos para organismos colegiados, y entra directamente en el derecho del ciudadano de elegir sus representantes.



En efecto: ¿Puede decirse que un ciudadano cualquiera ejerce “correctamente” su derecho de elegir cuando se le presenta una lista completa de candidatos, la cual sólo puede aceptar o rechazar?. Indudablemente no.



Los partidos políticos sortean sus internas de muy diversas maneras, y las prácticas democráticas muchas veces se ven atrofiadas por componendas de grupos de intereses con suficiente poder como para imponer su voluntad, o lo que comúnmente se denominan negociaciones para evitar las internas.



No digo que en sí misma sea nociva esta práctica; digo que dejan demasiado margen a la discrecionalidad de los poderosos de turno y pocas garantías de que ello sea lo que más conviene al ciudadano común.



Muchas veces el ciudadano, aún en el caso que de que estuviera afiliado a un partido político, no interviene en los procesos de selección interna de candidatos de un partido, sea porque surge de una ‘negociación’ o porque existe ‘unanimidad’ de criterios, o porque se presenta ‘lista única’.



Si el ciudadano común no está afiliado a partido alguno –cosa que la libertad propia del estado moderno le garantiza-, se encuentra directamente con el problema de la “lista completa” en los actos comiciales que solemos denominar “generales”; pero hacia el interior de los partidos, el problema es similar: un afiliado, sólo puede inclinarse por una lista de entre varias, no importando la individualidad de los candidatos.



Para bien o para mal, todos están arrastrados por la lista completa, los candidatos sufrirán las consecuencias de la opinión general que tenga la ciudadanía del partido que lo propone, sin importar su valía; y por el otro lado, el ciudadano común no podrá discriminar entre los que considere aptos y los que considere inadecuados, conformándose con la lista completa que mejor le quepa.



Resultado: el sistema democrático y la república se resienten.



El primero (sistema democrático) porque no hubo en realidad una verdadera elección; y la segunda (la república), porque no contará con los más virtuosos.



El otro día tuve oportunidad de conocer a un legislador. Me cayó bien como persona y mi natural curiosidad me llevó a indagar sobre su labor. Observé que tiene inquietudes parlamentarias interesantes, es activo, se preocupa por informar a la población. De sus antecedentes pude concluir que se formó a sí mismo, lo cual para mí resulta más que meritorio, porque nada le fue regalado.



Pero me pregunto: ¿Cómo hago para votarlo en las siguientes elecciones?



Porque si llega a perder el favor del ‘notable’ de turno –quiero evitar utilizar en este caso una denominación que se asocie con cualquier partido-, estoy seguro que no lo veo en las listas que vienen.



Por otra parte, si está al lado de uno o varios personajes negativos a mi entender, tendré que decidir entre esa lista –con él y los otros- u otra, y por ende también lo pierdo.



Si conmigo compartieren la opinión sobre la valía de éste diputado un número importante de personas, podríamos todos llevarlo a la diputación nuevamente, cosa que se frustraría si llegare a estar mocionado en el vigésimo noveno lugar de las listas, ya que para cada diputado se necesita un número de votos determinado que se multiplica por los miembros del total de las listas.



Lo mismo acontece con otro conocido mío que nunca fue postulado para cargo alguno, pero que sus méritos lo hacen a mi juicio, un legislador al que le daría mi voto.



Y así, todos en alguna medida tenemos un diputado conocido o alguien que debiera serlo.



A veces, para ejemplificar mejor una posición, suelo recurrir a los extremos. Aclaro que eso es como ejercicio intelectual, no como postura de vida.



Y en tal sentido, poniéndome en un extremo, podría llegar a afirmar que prefiero votar a un diputado, a quien tengo la posibilidad de conocer personalmente, de hablar con él, de preguntarle sobre sus ideas, que a treinta ilustres desconocidos, a quienes jamás veré ni les importará que los haya o no votado, porque en definitiva llegaron colgados de un listado que sólo puede seleccionarse de entre otros igualmente negativos.



Vamos a suponer, porque no podemos partir de otro punto, que como ciudadano tengo criterios de selección. Es mi caso, y por ende el de todo el cuerpo electoral que se trate –municipal, provincial, nacional-, así que debe respetarse esta postura.



Mi criterio es como el de todos, opinable, o mejor aún, muy propio. Tal vez coincida en un candidato con otros ciudadanos, pero por motivos diversos; o puede que no coincida con nadie –cosa muy improbable-, pero de hecho tengo mis criterios, buenos o malos.



Cuando elijo un presidente –por ejemplo-, veo primero si reúne las condiciones que según mis criterios lo hacen adecuado para el cargo.



Estos criterios pueden ser de los más diversos: desde que pertenece a un partido dado, hasta el más adecuado de que tiene ideas que me gustan –si es que pude alguna vez escuchar una-, pasando por su estatura, género, familia, imagen, etc.



No importa el criterio, porque la libertad garantiza que tenga mis criterios y no cuales son. Es una cuestión de orden interno, de intimidad, que queda reservado a Dios y exenta de la autoridad de los magistrados.



Ahora bien, ¿Cuál criterio sustenta mi voto a una lista completa? Indudablemente uno sólo y único criterio y nada más: “El criterio del partido”. Voto por esta lista porque es de éste o aquel partido.



No puede haber otro criterio, ya que no me queda posibilidad de verificar en una lista, por ejemplo, la idoneidad, los antecedentes, opiniones, etc. Si hasta el género ha sido homogeneizado en las listas completas con la ley de cupo femenino (no se entienda que estoy en contra del cupo femenino, más bien pienso que debería incluso ampliarse, pero ya nos ocuparemos de ello en otra oportunidad).



El sistema de “listas completas” es directamente un cheque en blanco dado a los partidos políticos para que discrecionalmente mocionen candidatos en bloque, salga lo que salga.



Y la experiencia me demuestra que el resultado no es el más conveniente para el ciudadano, por lo que me pregunto (aunque sea tema para tratar más adelante), si ¿No sería hora de cambiarlo, y ver cómo hacemos para elegir individualmente nuestros legisladores?



(*)Abogado

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