Domingo, 27 Febrero, 2011 - 18:39

Correo de nuestros lectores
Occidente y Libia

El mundo árabe arde. Primero Túnez donde se derrocó a Ben Alí, que llevaba 23 años en el poder. Luego Egipto, precipitando la renuncia de Hosni Mubarak, después de 30 años. Protestas en Bahrein, Yemen, Argelia, Marruecos, Jordania. Y también, por estas semanas, la televisión, la radio y los periódicos dan cuenta de los sucesos violentos en Libia. Estas líneas, no tienen sino el humilde propósito de referirse a este último país.

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Libia, es una Nación norafricana de seis millones de habitantes, que limita al norte con el Mediterráneo, y a sus costados con Túnez y Egipto. Es un extenso país de más de 1.700.000 de km2. El 95 % de su territorio es desierto, asentado sobre una gran laguna de agua dulce, lo que permitió, a través de cañerías y ríos artificiales, llevar agua dulce a inmensas porciones de su superficie. Fue dominada por el Imperio Otomano, y en las primeras décadas del Siglo XX por el colonialismo italiano.



Logró su independencia en 1951. Se instituyó por entonces una monarquía aliada a Estados Unidos. En 1969, y con tan sólo 27 años, el abogado y coronel Muammar Al- Gaddafi encabezó la revolución libia, que puso fin a la monarquía, e instaló un gobierno laico, distante de Occidente e inspirado en los ideales del nasserismo. Gamal Abdel Nasser, fue el líder egipcio que en 1952 encabezó un golpe de Estado terminando con la
monarquía.



Nacionalizó el Canal de Suez, repelió con ayuda soviética el ataque anglo francés, en respuesta a dicha nacionalización, y fue uno de los fundadores, junto a Josip Broz Tito, del movimiento de los No Alineados, países del Tercer Mundo, que buscaban una vía alternativa a la propuesta por Estados Unidos y la URSS durante los años de la Guerra Fría.



Gaddafi nacionalizó el petróleo, e intentó junto a otros mandatarios de la región establecer una Confederación Africana de Naciones. Para que se entienda (y obviándose lo odioso de toda comparación) lo mismo que respecto de América latina había soñado Bolívar. Sacó a la mujer del lugar de reclusión en el que se encontraba, para llevarla primero a la escuela y luego a la Universidad, e instaló una Jamahiriya o “Estado de Masas”, a través de los comités revolucionarios.



El Estado libio es un Estado con un fortísimo liderazgo, muy concentrado, pero caracterizado en la base por una especie de consejismo. Es como si el país, estuviera gobernado por comités o unidades básicas por cada sector. De hecho, Gaddafi no tiene cargo, no es Presidente. Es una suerte de líder o guía espiritual de Libia.



Libia es un Estado riquísimo, el más rico de África, con una expectativa de vida de 75 años, una deuda externa de 6 mil millones de dólares y reservas petroleras por 4 trillones de dólares. Es miembro de la OPEP, con una producción diaria de un millón ochocientos mil barriles de petróleo, de los cuales el 80% tiene como destino a Europa.



Y un día las protestas estallaron en Libia, y Occidente fugazmente se movilizó, primero a través de los medios de comunicación, y luego con los gobiernos de las potencias y la ONU para sancionar a Libia. Algunos países cortaron relaciones, otros exigen que Gaddafi renuncie, y se impusieron sanciones económicas.



La OTAN desplegó sus aviones en la costa libia, presta a intervenir por “razones humanitarias”. ¿Por qué Occidente no respondió con la misma velocidad ante Egipto y Túnez? Francia aliada de Ben Alí, no actuó del mismo modo. Estados Unidos, aliado de Mubarak, tampoco. Y ni la ONU ni la OTAN intervinieron. Del mismo modo que Estados Unidos y sus aliados guardan el más absoluto silencio ante los bombardeos de los últimos días de Israel contra Gaza.



¿O es acaso que hay bombardeos buenos y otros malos contra civiles inocentes? ¿Y qué decir de los aviones no tripulados estadounidenses que atacan a civiles en Afganistán e Irak? Se ha dicho que Gaddafi bombardeó a los manifestantes con potentes aviones. No lo puedo negar ni afirmar, pero me sorprende que no haya una sola imagen de tales acontecimientos. ¿Acaso los satélites no han podido registrarlo? ¿Y acaso tales hechos, no dejarían profundos rastros en el suelo libio? ¿Y si hubieran sucedido, no estaríamos hablando de muchos miles de muertos, si tenemos en cuenta que las protestas en ciertos sectores del país son muy numerosas?



En Libia se desata una guerra civil entre partidarios de Gaddafi ubicados en la capital Trípoli, en el sur y mayoría del oeste libio. Y sus detractores, nucleados en el este, con centro en Benghazi, la segunda ciudad libia. Se están generando las condiciones para una intervención extranjera allí.



En Libia, las tribus juegan un papel central. El régimen fijó un tenso equilibrio entre ellas. El este ha sido tradicionalmente opositor a Gaddafi, y allí se enarbola la bandera de la monarquía libia. Cada general, cada soldado, es antes que nada, leal a su tribu. Por eso, si el régimen cae, Libia se convertirá seguramente en Somalia, esto es, un Estado débil y despedazado en innumerables tribus agrediéndose unas a otras.



Pero además, en el este, hoy se encuentran partidarios del islamismo fundamentalista. Occidente atacó a los líderes inspirados en el nacionalismo árabe laico, boicoteándolos y generando como contrarespuesta el surgimiento del fundamentalismo. Lo vemos en Irán; en Palestina con Hamas; Al Qaeda; los talibanes.



Gaddafi es casi el último exponente de un nacionalismo árabe, distante de Estados Unidos y del fundamentalismo musulmán. Las protestas saben a petróleo. Por un petróleo que las trasnacionales no controlan y que Gaddafi hizo que lo administrara la Nación libia. ¿Es casualidad que en Túnez, Egipto, y el resto de la región las protestan hayan sido pacíficas, y en Libia no? ¿Por qué en Libia las protestas las efectuaron milicias armadas que incendiaron edificios públicos? Si Gaddafi cae, tal vez a Libia le espere el mismo destino que a la ex Yugoslavia.



Estados Unidos y Occidente no entienden al mundo y la cultura árabe. No la comprenden, y como decía Martí (respecto de Latinoamérica), nuestro mayor peligro es el ansia voraz de un vecino –por Estados Unidos- que no nos conoce, y
que quiere apoderarse de nosotros.




(*) Abogado.