Domingo, 27 Febrero, 2011 - 09:37

Coberturas

En medio del largo, manipulado y un tanto adolescente debate sobre quién es bueno y quién es malo en el periodismo argentino, la detención de José Pedraza por el asesinato de Mariano Ferreyra permite analizar un caso concreto en detenimiento.

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No se trata de la cobertura de cualquier noticia, sesgada a favor o en contra del Gobierno, de las tantas que uno escucha o lee en un sentido u otro, aquí o allá, cada día, sino del primer crimen político que se producía en el país desde los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la Capital y Carlos Fuentealba en Neuquén.



Es cierto que las policías de distintas provincias conducidas por el oficialismo –Río Negro, Formosa, Buenos Aires y la Federal– habían asesinado ciudadanos en distintas situaciones. Pero el caso Ferreyra no era un caso de gatillo fácil o de represión policial contra jóvenes que iban a un recital, sino el frío asesinato de un militante. La manera en que el periodismo ha cubierto este situación –cada medio, público o privado, oficialista o crítico–, debería discutirse y estudiarse con tanta minuciosidad como se hizo con la cobertura de los asesinatos de Puente Pueyrredón, y aquella indefendible tapa del diario Clarín que llevaba el título: “La crisis se cobró dos muertos”.



Habitualmente estos debates se arman para crucificar a quien cometió el supuesto pecado y santificar al que tira la primera piedra. Las cosas se han confundido tanto que quizá sea necesario aclarar que ser buen periodista, o malo, ser principista –o indigno– no depende de la opinión política que tenga cada uno, ni del medio –público o privado– para el que trabaje. Y que no hay nadie, por bueno o malo que sea, que haga todo bien o mal. Y que las personas pueden –deben, quizás– equivocarse. No es la intención de esta nota demonizar a nadie. Por eso, prácticamente, no menciona a ningún medio ni persona sino sólo aspectos generales.



Lo cierto es que, desde que se produjo la cacería humana del 20 de octubre pasado, hubo dos líneas dominantes de cobertura periodística. Una parte importante de los medios cercanos al Gobierno –no todos, no todo el tiempo– intentó defender a priori dos ideas básicas. La primera era que Eduardo Duhalde era sospechoso de haber conspirado para producir el asesinato. La segunda, que José Pedraza no tenía ningún vínculo con el Gobierno y tampoco con el sindicalismo oficialista que conduce Hugo Moyano, entre otras razones, porque el ferroviario no había ido a un acto cegetista en la cancha de River.



No era casualidad que eso ocurriera.



Esos criterios intentaban limpiar rápidamente al Gobierno de cualquier responsabilidad en el caso y, de paso, dañar a uno de sus adversarios.



Insisto: no se trata de cualquier cobertura, sino de la cobertura de un asesinato político, en un país muy sensible por su historia de violaciones a los derechos humanos.



La acusación a Eduardo Duhalde no fue probada y, hasta donde se sabe, no hay ningún indicio en la investigación judicial que apunte contra él. Los vínculos entre Pedraza y el Gobierno están ahí, para quien los quiera ver: apoyos recíprocos, negocios comunes, visitas de la Presidenta y todo el gabinete a la sede del sindicato, aun cuando todo el mundo conocía los negociados de los noventa, que incluyeron el desguace del sistema ferroviario.



Y si bien es cierto que Pedraza no estuvo en el acto moyanista en la cancha de River, uno de los que estaba en el palco, cerquísima del jefe de la CGT, era Juan Carlos “el Gallego” Fernández, el segundo del gremio. Fernández fue el que intercedió –y está documentado– ante la empresa Ugofe para que contratara al barrabrava Cristian Favale, principal sospechoso de haber disparado el arma asesina.



En la discusión entre periodismo militante y profesional, quienes se enrolan con buena fe en el primero deberían revisar este caso, porque en tren de defender a un gobierno, o una causa, se terminan cometiendo este tipo de errores en casos tan sensibles. Luego de estos años tan movidos, tanto el periodismo profesional como el militante deberíamos encontrar puntos de equilibrio donde la verdad no se vulnere de manera obscena.



Del otro lado, una parte importante de los medios privados –no todos, no todo el tiempo– investigó los negocios de Pedraza, exhibió los vínculos con el oficialismo político y sindical, describió la manera en que el Gobierno toleró hechos graves –aunque no tanto– de violencia sindical previa, difundió la foto de un ministro con el presunto asesino, y dudó –como debe hacerse, en mi opinión, en estos casos– de las versiones oficiales que siempre tiran la pelota afuera.



En todo caso, será Hugo Moyano el que deba explicar sus vínculos con José Pedraza o el Gobierno el que diga que no hubo zona liberada por la Federal, como lo sostienen los familiares y compañeros políticos de las víctimas. Fue también el periodismo privado el que les dio lugar y cabida a los reclamos de estos últimos, las víctimas, como lo hizo también parcialmente en los casos de Luciano Arruga, o de Rubén Carballo, o de la represión a la comunidad qom en Formosa (aunque en este caso hubo situaciones mucho más interesantes).



Dentro del periodismo cercano al Gobierno hay matices muy visibles. En cada uno de los casos de violaciones a los derechos humanos mencionados, Página 12 realizó una cobertura profesional que, en algunos momentos, incluso fue más audaz y precisa que algunos medios considerados “opositores”. Privilegió su compromiso con los derechos humanos antes que su simpatía política.



El caso opuesto, luego del asesinato de Mariano Ferreyra, fue el de la agencia Télam, donde acababa de ser designado Martín García. Télam no informó del asesinato hasta varias horas después de ocurrido. Y lo primero que difundió fue... ¡el comunicado de la Unión Ferroviaria! Si uno seguía la realidad solo a través de Télam, se encontraba con ese comunicado que se refería a un hecho que, según ese medio, no había existido. Luego distribuyó un comunicado de Ugofe. Y más tarde las declaraciones de políticos vinculados a la Casa Rosada que apuntaban contra Duhalde.



Alguna vez, los periodistas vamos a poder volver a discutir cuestiones profesionales de manera seria y equilibrada, sin gritos, ni insultos, ni raras pretensiones de pureza, ni alineamientos.



No parece ser, aún, el momento para eso.



Es, al fin y al cabo, un detalle menor.



Fuente: VEINTITRES