Domingo, 20 Febrero, 2011 - 09:00

Se recalienta el escenario electoral
CFK vs. Macri-Duhalde

Hasta hace treinta días, Barack Obama era peronista y le copiaba el modelo productivo y keynesiano a Néstor Kirchner. Por eso Cristina Fernández firmaba gustosa los acuerdos correspondientes para que los militares norteamericanos capacitaran a nuestras fuerzas de seguridad nac & pop.

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Resulta que ahora el morocho demócrata es la encarnación del imperialismo que nos invade vía aérea y quiere sembrar torturas, golpes de estado, drogas y hasta atentados terroristas en Argentina. Por eso la ministra Nilda Garré resolvió suspender todos estos convenios. Mientras tanto, el Gobierno violó la ley 25.880 porque ni siquiera le avisó al Congreso que iban a desembarcar tropas extranjeras.



Hasta hace cuatro meses, Daniel Scioli había sido elegido por Kirchner como su vicepresidente, gobernador de la Provincia, compañero leal de las testimoniales y presidente del PJ cuando renunció casi en la clandestinidad, entre gallos, medianoche y Télam que filmaba. Resulta que ahora es el comandante de la derecha neoliberal y adalid de la mano dura al que hay que recortarle el poder con Martín Sabbatella como tijera y el respaldo de Florencia Peña, Ernesto Laclau y Teresa Parodi, entre cientos de firmantes de una solicitada en ciernes que dice que no quieren “retroceder al país de los privilegios, del desempleo, del ajuste, de las relaciones carnales y del mercado”. “Somos progresistas, queremos progresar”, podría ser una buena consigna.



Hasta mediados del 2008 (casi nada en términos históricos) el Grupo Clarín era un amigo de la Casa Rosada, al que se le ofrecían primicias de tapa, relaciones carnales y no menos de doce cenas bien servidas en Olivos para su máximo directivo, Héctor Magnetto. Resulta que ahora, según Carlos Kunkel: “Magnetto es el enemigo de la democracia que pactó con el genocida Videla el robo de los hijos que luego anotó como propios Ernestina Herrera de Noble”.



Semejantes volantazos obligan a los dirigentes kirchneristas a estar muy atentos para acompañar los flamantes relatos. Desde el poder no solamente se les exige que repitan las nuevas verdades con la misma convicción y lealtad con la que defendían las viejas, sino que –además– señalen y ataquen a los viejos aliados y flamantes enemigos como una prueba de amor. Por ejemplo, hoy en el diccionario oficial Alberto Fernández es reaccionario y Amado Boudou es revolucionario. El que proponga tener relaciones autónomas pero racionales con los EE.UU. será acusado de cipayo, traidor a la patria, y la Presidenta le reclamará desde la tribuna que defienda la soberanía. El que sostenga que Scioli es un peronista de manual, un hombre de centro que se adapta a todos los vientos ideológicos como manda el ADN partidario, será descalificado como destituyente, empleado de Eduardo Duhalde y de las patronales agrarias que viven del trabajo esclavo. El que en forma equilibrada plantee que el Grupo Clarín es un poderoso holding, el gran jugador del mercado de medios que defiende con uñas y dientes sus intereses económicos, como todos, será defenestrado al grito de “cómplice del monopolio”.



Siempre el kirchnerismo se ve a sí mismo como dueño de la verdad histórica. Eso le da una ventaja, que es colocarse a la vanguardia de la convocatoria de sectores juveniles de la militancia, pero simultáneamente lo encierra en un esquema rígido de dogmatismo blindado a la realidad. Y como consecuencia, comete errores que lo dejan siempre al borde del precipicio, pese a que tiene todo a favor para ganar las elecciones con comodidad.



Ese arma de doble filo, que construye poder y enemigos al mismo tiempo, polariza todo, fractura a veces donde no debe y obliga a sus seguidores a jugar siempre a todo o nada. Por eso tiene logros espectaculares, como el crecimiento del 9,1% en 2010 con el 7,3 de desocupación, y al mismo tiempo comete papelones cargados de infantilismo incomprensible como los de Héctor Timerman. En este punto está la principal fortaleza y debilidad de la reelección de Cristina Fernández de Kirchner. No hay fuerza política que pueda exhibir tantos buenos resultados –que se expresan en una intención de votos que supera el 35%– ni tantos errores –que edifican un porcentaje similar que en las encuestas engordan el rubro “no los votaría jamás”–.



Si se analizan todos los elementos de Buenos Aires, la conclusión es que en esta tregua de sesenta días se juega el futuro de Scioli. Para evitar la erosión de votos que le producirá inexorablemente Sabbatella, tiene un sólo camino: fijar las elecciones provinciales en un día distinto que las nacionales. El gobernador tiene los atributos para hacerlo por decreto. Eso pegaría en la línea de flotación al acuerdo Cristina-Sabbatella, pero sería lo mismo que patear el tablero, con consecuencias imprevisibles. Uno de los lugartenientes de Scioli dijo a PERFIL: “Nadie sabe si Daniel se animará a dar semejante paso. Pero si lo hace, debería ser directamente para candidatearse a presidente. Si quiere marcarle la cancha a Cristina, después le van a hacer la vida imposible. Lo van a tomar como una traición y no como un gesto de autodefensa”.



El resto del rompecabezas tiene dos incógnitas de relevancia: ¿Ernesto Sanz logrará en setenta días acercarse al nivel de conocimiento e intención de voto de Ricardo Alfonsín? ¿Quién será más atractivo para el electorado antikirchnerista? Faltan 245 días para las elecciones. ¿Quién inspirará más posibilidades de ganar en segunda vuelta y gobernar después? Mauricio Macri está convencido de que la dinámica de los acontecimientos lo llevará hacia ese lugar. Tiene un estado mayor de campaña cada vez más peronista: Humberto Schiavoni, Emilio Monzó, Eduardo Mondino y hasta Miguel Del Sel, de corazón justicialista, que llevará un compañero de fórmula vinculado a Duhalde o a Reutemann, y el polémico y denunciado Alfredo Olmedo PRO-hijado por Juan Carlos Romero. El esquema ideal que dibuja Jaime Durán Barba habla de un acuerdo que lleve a Francisco de Narváez a gobernador, a Gabriela Michetti en la Ciudad, a Duhalde como candidato a senador nacional, a Felipe Sola como vice de Macri y a Graciela Camaño encabezando la lista de diputados. Eso dinamita el Peronismo Federal y deja afuera a Mario Das Neves y Alberto Rodríguez Saá, que han dicho que Macri es su límite.



Algo parecido piensa Roberto Lavagna, leal a Duhalde, pero no quiere enterrarse con él. El ex ministro de Economía le comentó a dos amigos en su casa de Cariló que “es necesaria una segunda renovación del peronismo”. No quiere apoyar ni a Cristina ni a Macri y planteó que “el Gobierno está demasiado cerrado y el Peronismo Federal demasiado abierto. Con Macri se puede ganar una elección, pero después no se puede gobernar. Eso no le sirve al país”.



Fuente: Perfil