Domingo, 20 Febrero, 2011 - 08:55

Muertos de hambre

Todo lo que pueda decir me parece obvio. lo extraño es lo poco que lo dicen: casi todos hablan de otras cosas. Hablan de la pelea de esquina entre el canciller argentino y unos funcionarios americanos por otra valija; hablan del destino de la pobre señora Legrand; hablan de otro policía asesino en Baradero; hablan incluso de cómo la CGT presionó al juez Oyarbide para que soltara a un señor Venegas —y hablan tan poco de un chico Banegas que se murió de hambre.

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Es cierto que fue en Salta, que el chico era muy pobre —uno de esos pobres dentro de los pobres cuya pobreza se hace especial porque apenas hablan nuestro idioma—, que al fin y al cabo era el octavo en quince días. Sabemos: cuando algo se repite mucho deja de ser noticia. O, por lo menos, eso es lo que enseñan en las escuelas de periodismo –mientras que, en las escuelas de propaganda, enseñan que cuando algo se repite mucho pasa a ser noticia.



Como sea, ocho en quince días, y el grueso —el grueso— de la sociedad argentina mirando hacia otros lados: hace mucho que no veía muertes tan baratas. Los medios oficialmente comprometidos, tipo Página/12, mirando hacia otro lado; los medios oficialmente oficiales, tipo Canal 7, mirando hacia otro lado; los medios serios tradicionales, tipo La Nación, mirando hacia otro lado; la oposición seria tradicional, tipo esos tipos, mirando hacia otro lado. Hay que reconocer que el gran diario enemigo de todos los principios apropiador cuasitorturador feúcho habló de los muertos de hambre más que nadie: se interesó, contó. Y que, de mientras, el gran responsable, el gobierno nacional y popular de la Argentina, se hizo el boludo como el mejor boludo.



Fue extraordinario, artístico: una cumbre del arte inmarcesible de hacerse el boludo. No que no sepan hacerlo: son buenos, bastante buenos, practican y practican, pero a veces, cuando la situación se tensa, no dan más y flaquean. Hace un par de meses, por ejemplo, en un parque porteño, tres personas murieron a tiros de patotas; la doctora presidenta se la bancó tres días hasta hacerse cargo, hablar, nombrar una ministra y un ministerio nuevos. Ahora, en un paraje perdido del noroeste, chicos mueren uno detrás del otro porque no tienen qué comer —porque no tienen qué comer, doctora, ésa sí que es una enfermedad horrible que se cura tan fácil— y la doctora presidenta no dice una palabra, media palabra, una letra, un suspirito. Ni sus ministros y ex ministros, que hablan hasta por los codos para acusarse mutuamente de curros y curritos y lanzarse a peleas electorales y arremeter contra el Imperio. Nadie habla. Ni siquiera un doctor ministro de salud de cuyo nombre nadie puede acordarse.



Yo lo busqué y, en un esfuerzo ímprobo, conseguí encontrarlo. Se llama Juan Manzur. No es extraño que ese doctor no hable de este tema. El doctor Manzur llegó al ministerio de Salud de la Nación desde su Tucumán, donde tenía un récord extraordinario: en cuatro años había bajado la mortalidad infantil a la mitad. O, por lo menos, eso dijeron el gobierno y los medios oficiales cuando lo nombraron, invierno de 2009 —en lugar de Graciela Ocaña, que se había peleado demasiado con Moyano—. Manzur aparecía como la elección más lógica: un ministro que emplearía a fondo los métodos de gobierno consagrados por los doctores Kirchner. Porque ya un año antes diputados como Macaluse y diarios como Crítica de la Argentina —excelente nota de Mauro Federico, ahora en www.taringa.net— habían explicado el sistema Manzur para reducción del flagelo: truchar cifras.



Así fue en Tucumán: según sus estadísticas, en 2002 murieron 24,3 menores de cinco años por cada 1.000 nacidos vivos; en el 2006 la cifra se redujo a 13,5. El entonces ministro González García dijo que no conocía “experiencia más rotunda, donde se haya bajado a la mitad los índices de mortalidad infantil en cuatro años”. Seguiría sin conocerla: no lo habían hecho. Lo que sí hizo el doctor Manzur fue mandar a anotar como “defunciones fetales” a los bebés más comprometidos —menos de un kilo al nacer— que morían en las primeras horas. Según todas las reglas internacionales, esos chicos deben ser considerados “nacidos vivos” y, por lo tanto, si mueren, son parte de la mortalidad infantil. Excepto en Tucumán. El milagro tucumano era un simple truco contable, una inflación convertida en dispersión de precios, un indec de muertes chiquititas: otro triunfo —patas cortas— del relato sobre la realidad.



El doctor Manzur, un precursor, fue premiado con el ministerio de Salud. Mientras, lamentablemente, la realidad sigue existiendo, y el ministro silente debe estar buscando algún número para explicar que los ocho chicos salteños no se murieron sino que tururú. Seguramente no se atreva a sugerir que los saquen de las estadísticas sanitarias y los pongan en las criminales: no querrá aceptar que esos chicos fueron asesinados por la desidia mortal del Estado argentino, del modelo argentino, de los grandes discursos argentinos.



De vergüenza deberíamos morirnos los demás: los que lo permitimos. No consigo pensar algo más ofensivo, más brutal que chicos muriéndose de hambre en el país de la abundancia. No consigo pensar un fracaso más decisivo para un Estado, para una sociedad. Pero no nos importa: lo toleramos muy bien, no nos indigna como sí nos indigna el chico de 15 que quizás asaltó, el ministro que dice cuac en vez de pío, la presidenta que se pone botox, el funcionario que robó, el periodista que critica. No hablamos de eso, no pedimos responsabilidades, no salimos a la calle a exigir comida para los hambrientos, no saltamos de indignación ante un sistema donde muchos tiramos a la basura lo que otros necesitan para no morirse. Estamos cómodos, nos la bancamos bien, no precisamos siquiera hacernos los boludos. Es toda una definición. Si podemos vivir con eso, nos merecemos lo que sea.



Fuente: Newsweek