Sábado, 19 Febrero, 2011 - 18:48

Correos de nuestros lectores
Argentina "en" y "con" el Mundo

Si ya de por sí es difícil entender los vericuetos del mundo político en tiempos normales, más complicado resulta todavía en los años que, como éste, son electorales. Pero si a eso se le sumara, por ejemplo, una suerte de improvisación que pueda teñir el quehacer cotidiano de la dirigencia del país, la confusión aumenta hasta tal punto que, a falta de una mínima claridad, muchos desisten de todo intento racional por comprender lo que sucede. Y eso no es bueno.

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Tal vez suene a pesimismo. No lo es. Las decenas de explicaciones que la prensa, analistas y parte de la misma dirigencia y militantes ofrecen a la sociedad para explicar tal o cual hecho político, nacional o internacional, constituyen un buen síntoma. Uno puede estar de acuerdo o no. Pero detrás de cada “explicación” se manifiesta la intención de arrojar algo de luz. Y eso, en principio, “sí es bueno”.



Pero sucede que, al postre, también las “explicaciones” son tan diversas y hasta contradictorias que, finalmente, el resultado termina siendo el mismo: nuevamente poco y nada se entiende. Y eso, entonces, ‘vuelve a ser malo’, y se está así como al principio, a la manera de un círculo vicioso.



Más o menos en estos términos me expresaba un estudioso amigo su visión sobre la realidad política del país, en especial sobre el estado de las relaciones de Argentina con el mundo.



Hasta aquí yo le hice una sola pregunta (probablemente ridícula): “¿Y entonces...?”



La respuesta fue tan contundente como fría: ‘Nadie puede asimilar racionalmente hechos o explicaciones impregnados de irracionalidad o improvisación.’



Suena fuerte pero –finalmente- tiene una gran parte de razón: La “razonabilidad política” no parece distinguir al país. Ni a los ojos externos ni tampoco a los de millones de argentinos.



Y es relativamente fácil de verlo.



Del aún inconcluso episodio con los EEUU, por ejemplo, cuando recién se comenzaba a conocer la situación, llama la atención el modo y el uso de ciertas palabras o frases por parte algunos funcionarios norteamericanos, como la del subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, Arturo Valenzuela; o la del vocero del Departamento de Estado, Philip Crowley: “nos sorprendió mucho... estamos perplejos... si hubo alguna diferencia debió ser conversada en forma respetuosa... es penoso... no entendemos... ”.



Nada de esto refleja prepotencia, altanería, falta de respeto al gobierno o una justificación para avanzar sobre la soberanía argentina, sino –más bien- desconcierto, sorpresa y el lamento por no haber tenido Argentina (al menos como ‘paso previo’ al decomiso), la capacidad de dialogar, consultar o resolver dudas por la vía diplomática o cualquier otro canal habitual.



Claro. Por estas horas los tonos ya han subido bastante. Pero al principio fue así. EEUU no entendió los motivos de la brusquedad y el sesgo confrontativo de las declaraciones de Timerman o Aníbal Fernández. Y menos, seguramente, el llamado a defender la soberanía argentina, a “pensar en argentino”, que hizo la Presidente. Una contravención al Código Aduanero, real pero ciertamente sobredimensionada, terminó por dañar sustantivamente la relación bilateral.



Aún cuando circulan toda clase de hipótesis sobre ‘los por qué”, vale la pregunta: ¿Es esto razonable?. No lo parece. No en este contexto.



Además, dejando parcialmente de lado este incidente en particular, el gobierno argentino parece no entender la esencia de las relaciones bilaterales y la necesidad que se tiene de ‘fortalecer vínculos’ con el resto del mundo. No ‘atentar’ contra ellos. ‘Fortalecerlos’.



Con Chile, por ejemplo, se vivieron horas de mucha tensión por el caso del ex guerrillero Sergio Galvarino Apablaza Guerra, cuando Argentina le concedió, a finales de septiembre del año pasado y a través de la Comisión Nacional para los Refugiados (Conare), el estatus de refugiado político.



Chile lo requería por estar acusado de ‘haber planificado el asesinato’ de un senador pinochetista en el ’91; y la decisión provocó indignación en el gobierno chileno y en la mayor parte de la oposición de ese país. "Un gobierno que ampara terroristas es un gobierno indigno", había dicho por aquellos días el senador oficialista chileno Jovino Novoa. Y el diputado Arturo Squella dio un paso más al decir que, si se confirmaba la noticia "se estaría amparando terroristas y desconociendo el estado de derecho chileno".



Otro episodio involucró a Paraguay cuando, a principios de diciembre de 2010, se denunció públicamente, desde ese país, que hacía más de 40 días que una acción gremial, encabezada por el Sindicato Obreros Marítimos Unidos (SOMU) de “Argentina”, mantenía bloqueadas las exportaciones e importaciones paraguayas.



¿La justificación? Esto se realizaba en "solidaridad" con los trabajadores paraguayos "a los que no se les respeta las condiciones mínimas y decentes de trabajo", había dicho Omar Suárez, titular del SOMU.



¿Las consecuencias?. El gobierno paraguayo se crispó. No estaba dispuesto a tolerar más la injerencia de un gremio argentino en su propia y ‘soberana política laboral’, más allá de si lo denunciado por Omar Suárez tuviera sustento real.



El bloqueo del SOMU se hizo, naturalmente, con la anuencia -cuando menos tácita- del gobierno argentino. Por eso el canciller paraguayo Héctor Lacognata dijo en esa ocasión que "el comercio internacional no puede detenerse por decisión de un sindicato. Si la Argentina no soluciona el conflicto en esta semana, el presidente Lugo no asistirá a la cumbre de mandatarios'', refiriéndose a la cumbre de presidentes del Mercosur que tendría lugar una semana más tarde, entre el 16 y el 17 de diciembre.



Cabría recordar varios otros episodios pero, por lo pronto, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Es razonable?. ¿Es de sentido común?. No lo parece.



Resumiendo

Argentina hace cosas que cuestan entender. A nosotros, ciudadanos, pero también –y tal vez especialmente- al resto del mundo.



Unos pocos ejemplos apenas significan algo en la maraña de situaciones que implican las complejas relaciones internacionales. Pero sirven para ilustrar la situación del país frente a otros estados soberanos, aún con todos los matices y correcciones que se podrían hacer.



Lo cierto es que cada conflicto que Argentina pueda sobredimensionar, promover o tolerar con argumentos de escasa razonabilidad, no finaliza con la eventual resolución práctica del mismo. Nada cae en el olvido. Todo queda en la memoria de los demás pueblos y de sus gobernantes; y a la larga influyen en la vida concreta del país.



Hoy, tal vez como nunca, la diplomacia, por su propia naturaleza, es contraria a toda forma de confrontación con sesgos irracionales o prepotentes. Harold Nicholson, un diplomático inglés (1886-1968), solía decir que el accionar diplomático se caracterizaba por el “sentido común y la comprensión, aplicados a las relaciones internacionales”, y que para ello era necesario “la aplicación de la inteligencia y el tacto a la dirección de las relaciones oficiales entre Gobiernos de Estados independientes”



Así, no se trata, de ser –por ejemplo- “pro-yanqui”, “anti-argentino” o “vende patria”. Tampoco se trata de negar que cada país vaya a defender siempre sus propios intereses.



Pero no es pensable un país al margen del resto o rodeado sólo de algunos con los que se sintoniza ideológicamente.



De lo que en realidad se trata es de saber conjugar las aspiraciones propias con la de las demás naciones (donde la ideología se ubica en un plano secundario), y en el marco de la aplicación del estricto sentido común, del realismo y prudencia política, sin que por ello se vaya necesariamente en menoscabo de la propia dignidad soberana. 





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