Sábado, 22 Enero, 2011 - 08:16

Correo de nuestros lectores
Los sinvergüenzas se llaman sinvergüenzas

Desde hace unos días vengo observando con mucho pudor, un cruce de acusaciones y defensas que me resultan deshonrosas, increíbles y absurdas. Los protagonistas no me asombran, nos tienen acostumbrados a ese tipo de hacer política con chicanas desvergonzadas y amorales.

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Me preocupan mucho más las actitudes de quienes se encolumnan, como si fueran fanáticos barrabravas, detrás de una u otra posición, defendiendo lo absolutamente indefendible.

En este caso específico me estoy refiriendo al tema de las bolsas, las del supermercado con la publicidad de Aguilar ahora, las de Rozas antes.



Digan lo que digan unos u otros, las pague quien las pague, ahora o antes, eso se llama aprovecharse del Estado para hacer campañas personales con el dinero de todos. Eso se llama malversar fondos, cargos, confianzas, honras.



Ambos ejemplos, así como las de quienes las utilizan como chicanas y las de quienes los defienden, no son obras de pícaros, son obras de sinvergüenzas. Debemos aprender a llamar las cosas por su nombre, sin eufemismos, los sinvergüenzas se llaman sinvergüenzas.



Pero estos cruces, más propios de programas de chimentos que de quienes pretenden ser políticos, lamentablemente son sólo una pequeña muestra de la forma como actúan los sinvergüenzas. La Süller parece una monja al lado de estos personajes.



Supongo que deberíamos estar atentos, no acostumbrarnos, no aceptarlos como algo normal. Por el contrario, deberíamos repudiarlos, vengan de quienes vengan. No podemos seguir defendiendo inmundicias por el hecho de que vengan de gente del partido que nos simpatiza o al que estamos afiliados. Impulsemos los cambios que la sociedad necesita y ganaremos todos.



Mientras la sociedad no exteriorice lo que expresa en privado, estos sinvergüenzas de la corrupción y de la política, la continúan desprestigiando, aprovechándose de nuestra indolencia, de nuestros temores, y mientras escuchan las alabanzas de sus eternos obsecuentes, estos repudiables personajes se creen dioses inteligentes, bellos, amados e indispensables. Son incapaces de darse cuenta que son basura putrefacta y fétida. Como tales contaminan lo que tocan, lo pudren.



No vemos ideas, no vemos proyectos serios, no vemos un interés real en solucionar necesidades de la gente.



Todo es una campaña electoralista permanente. El Gobernador, sus Ministros y funcionarios son una máquina de viajar e inaugurar y reinaugurar obras públicas, necesarias pero de costos incontrolables, y pensadas para inaugurarlas en campaña o prometer su ejecución si ganan las elecciones.



Consideran que su función no es gobernar sino comparar. Todo se justifica con que antes lo hicieron peor.



Los dirigentes de la oposición actúan de manera parecida, consideran que a la ciudadanía lo único que le interesa y preocupa es quién va a ganar la elección. Son incapaces de comprender que cada vez alejan más a la gente, que los mira como especímenes muy particulares, por llamarlos de alguna manera que no sea una mala palabra.



Inseguridad, violencia, inflación, narcotráfico, corrupción, desnutrición, educación, salud, trabajo, esperanzas, son cosas que ni pasan por sus cabezas, salvo que vean que se les ponen duros algunos reclamos a través de la prensa o que les sirve pata sumar votos. Cuando eso ocurre empiezan con sus palabras y gestos grandilocuentes, como en el reciente tema del narcotráfico. Ahora están esperando que nos olvidemos.



Ni hablar de las reformas políticas prometidas tantas veces. Desde que soy un chico vengo escuchando los reclamos contra las listas sábanas, todos hablan, todos prometen cambiar, no hacen nada, no les interesan los cambios. Saben que si cambian algo no los eligen ni los perros. Mucho menos sus propios perros, los que les conocen los olores.



Para qué hablar de hacer boletas únicas, si una de las formas de ganar elecciones es haciendo desaparecer las de los rivales en el cuarto oscuro.



¿Para qué prestar atención a las denuncias? Esperan a que la gente se olvide. Voy a insistir aquí con dos que tengo muy presentes, la del 22 de noviembre contra el Concejal Hugo Acevedo en cuyo despacho “prestado” había “trabajadores sociales” que supuestamente cambiaban promesas de becas por afiliaciones, o el muy simple reclamo de una ciudadana, la señora Mónica Persoglia, quien sólo pedía que se manden inspectores municipales a una obra mal hecha y que coloca en riesgo serio a los habitantes y a los vecinos del edificio, cuya dirección no recuerdo pero que la señora Persoglia podrá reiterar en los comentarios.

En fin, son pequeños y grandes detalles los que hacen y construyen una realidad lamentable y que debemos cambiar. Los he utilizado simplemente como ejemplos, pero la lista sería interminable. Por algo debemos comenzar.



Sugiero que lo hagamos poniéndole el nombre correcto a las cosas.



La corrupción se llama corrupción, el narcotráfico se llama narcotráfico, la inseguridad no se llama sensación, se llama inseguridad. Lo mismo ocurre con la inflación, que tampoco es una sensación, que es la que hace que cada dia nos cuesta más hacer rendir nuestro dinero, aunque quieran cambiarle el nombre se llama y se llamará inflación.



El caso de los sinvergüenzas es especial, debemos recordarlo siempre, el nombre de los sinvergüenzas es simplemente: SINVERGÜENZAS.



(*)[email protected]