Domingo, 16 Enero, 2011 - 08:42

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En materia impositiva el kirchnerismo puede exhibir como gran logro el haber incrementado la recaudación, pero debe asumir que la estructura tributaria no ha variado sustancialmente casi nada, es decir que se mantiene tan regresiva como cuando asumió.

Los números de la AFIP correspondientes a 2010 fueron presentados por el Gobierno días atrás con bombos y platillos, y con el énfasis puesto, como suele hacerlo, en el fuerte aumento de la recaudación, que el año pasado subió un 34,4 por ciento. El alza se explica en medida importante por el efecto de mayores precios, y por supuesto también por el crecimiento de la economía. Si se considera que hubo entre un 20 y 25 por ciento de inflación, y que la economía se expandió algo más del 8 por ciento, es posible inferir que al aumento de la recaudación también contribuyó la tarea de la AFIP en mejorar el cumplimiento de los contribuyentes.



Cuando se analiza toda la etapa kirchnerista no quedan dudas de que la recaudación aumentó mucho más que el nivel de actividad. Para que la comparación entre los datos de 2010 y 2003 (ver cuadro) sea homogénea es necesario eliminar el efecto precios, y para eso los 72.243 millones de pesos de hace siete años deben ser inflados en un 165 por ciento (en base a los cálculos privados más confiables), lo que arroja que la recaudación de 2003 a precios de 2010 fue de 191.444 millones de pesos. Si los ingresos se hubieran incrementado igual que el Producto Bruto de esos siete años (64 por ciento), habrían llegado a 313.968 millones de pesos. La diferencia respecto de los 409.900 millones de pesos que efectivamente se recaudaron es consecuencia de una mejor tarea de la AFIP, y de algunos pocos cambios que hubo en la legislación, entre los que sobresale la recuperación de los aportes que antes se derivaban al sistema de jubilación privado.



El hecho de que la recaudación crezca en términos reales más que la economía es, en principio, algo positivo, dado que implica una mayor disponibilidad de recursos para el Estado. Pero ese logro se relativiza cuando se compara la conformación de los ingresos, y se observa claramente que la estructura de 2010 es muy similar a la de 2003.



Por empezar, la incidencia del IVA continúa siendo preponderante y casi igual a la de siete años atrás: tras una muy leve caída, este impuesto que pagan ricos y pobres por igual representa el 28,4 por ciento de los ingresos totales.



En segundo lugar, el gravamen que por su naturaleza y relevancia dota de progresividad a los regímenes tributarios ha perdido peso relativo. La participación de Ganancias bajó de 20,4 a 18,7 por ciento, lo que asombra sobremanera si se tiene en cuenta el enorme salto que hubo en la rentabilidad empresaria y en el ingreso de las personas alcanzadas por el impuesto.



Peor es el caso de Bienes Personales. Al ser el único tributo a nivel nacional que grava los patrimonios, su aporte a la equidad del sistema debería ser muchísimo más significativo que el monto ridículamente bajo que acerca, y que para colmo ha perdido casi la mitad de su participación hasta nada más que el 1,3 por ciento del total. El siguiente ejemplo sirve para tener una idea aproximada de lo poco que se recauda: se estima que el valor de todos los inmuebles de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es de alrededor de 220.000 millones de dólares; si tan sólo se declarara el 30 por ciento (66.000 millones) perteneciente a los dueños de mayor patrimonio, y sobre eso se aplicara la alícuota intermedia del 1 por ciento, esto sólo implicaría un pago anual de 660 millones de dólares o 2.640 millones de pesos, equivalente a la mitad de lo que efectivamente se recauda. Considerando que faltan los inmuebles del resto del país, los autos, los barcos y todos los otros bienes alcanzados por el impuesto, la recaudación de 5.147 millones de pesos es obscenamente minúscula.



La gran sorpresa aparece con los derechos de exportación. A pesar de que la cosecha de 2010 ha sido muy buena, de los elevados precios internacionales, y de que las alícuotas del impuesto fueron muy superiores a las vigentes siete años antes, la incidencia de las retenciones en el total de la recaudación fue 1,7 puntos inferior a la del 2003. Más allá de las causas de esta asombrosa caída en la participación, el dato desacredita las exageraciones sobre la influencia de las retenciones en las cuentas fiscales.



Estos números demuestran que la reforma tributaria, pieza clave para mejorar la distribución del ingreso, es una promesa que el kirchnerismo tiene pendiente desde hace siete años, y nada indica que la vaya a cumplir en lo que resta de este mandato.



Fuente: Veintitrés