Domingo, 16 Enero, 2011 - 08:08

María Elena Walsh...

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Hace unos días le escribí un correo electrónico a Sara Facio enviándole saludos, preguntando cómo estaba María Elena, y en qué etapa estaba de la edición de un libro que preparaba sobre su obra fotográfica. No tuve respuesta. Murió María Elena Walsh. Caminaba por la rambla de la ciudad de Colonia como lo hago todas las mañanas con los auriculares de mi radio sintonizada en AM.



Creo que era La Red en su edición deportiva del mediodía. El informativo anuncia el fallecimiento de la música, cantante, escritora –así la llamaban– María Elena Walsh. No dejé de caminar pero cerré un segundo los ojos. Es todo lo que hice. Cerré los ojos. No quería saber. No quería escuchar. Pero ya fue. Pensé en Sara. Y mi mente comenzó a escribir una nota al viento.



Cuando se adquiere el hábito de escribir, la conciencia se hace epistolar. Habla respetando las formas gramaticales. Se piensa escribiendo. La costumbre de dar clases también hace que la conciencia asimile reglas de oratoria. En síntesis, una conciencia discursiva que para descansar debe volcar sus palabras afuera.



En lo posible en una agenda, carnet, o cuaderno que pueda transportarse con facilidad. Que se acomode en el bolsillo. No lo llevaba conmigo. Pero recuerdo lo que decía mi conciencia, era muy simple. Estaba conmovido. Se había muerto una gran mujer, una gran persona, una de las más grandes artistas que dio la Argentina al mundo, una voz de tal calidad que debía inmortalizarse en el panteón de los insignes cantantes nacionales.



Pensaba que a pesar de reproducirse su cancionero mal llamado “infantil” en innumerables versiones y por grupos musicales infinitos, no se la había reconocido por lo que efectivamente era. Estaba por su voz al lado de Gardel. En lo más alto. Al lado de Mercedes Sosa. Para mí más alto aun. Al lado de Yupanqui. Su poesía, su forma de escribir, era de una de calidad que Borges hubiera apreciado mucho, si es que no lo hizo. Tenía una sensibilidad de artista.



Sutil, irónica, sabía ser malvada, no era tiernita. Su relación con los chicos y chicas no era la de una maestra normal. Su relación con los grandes era inclemente. Era un ser moral. Le importaba la Argentina. Tuvo intervenciones de gran coraje. Tanto frente a las dictaduras militares como frente a los populismos baratos. Fue una mujer del espectáculo.



No tenía los prejuicios propios de la pacatería cultural. Le había gustado la producción de Gerardo Sofovich sobre su obra. Decía que Bernardo Neustadt era su amigo para escándalo de carmelitos y carmelitas. Conozco sus canciones. Se las he cantado a mis hijas, desde hace décadas. Hasta el hartazgo, de ellas. Las canciones del tiempo de Maricastaña, que María Elena canta con Leda Valladares, son belleza pura. “Ya se van los pastores a la Extremadura… ya se queda la tierra triste y oscura.”



Lloramos por María Elena. Sufrió mucho. Su enfermedad era terrible. Pero era una leona. En silla de ruedas salía al parque Las Heras y escribió un libro hermoso sobre lo que veía en él. Lo comenté en este diario. No habla de la plaza, habla de los argentinos. La tenían podrida. Su malhumor era muy inteligente.



Una vez dijo Fresapo como si estuviera confundida sobre la composición de lo que se llamaba la Alianza en tiempos de De la Rúa. Era política. La hartaban el progresismo y las compañías políticas blandengues. No le tenía miedo a la derecha, más miedo les tenía a los espíritus mediocres. No le tenía miedo al comunismo.



En su álbum estaban uno al lado de otro Pablo Neruda y Juan Ramón Jiménez. Se habla de Manuelita; creo que le hicieron una tortuga de material en Pehuajó, no sé qué se puede fabricar para recordarla en Buenos Aires. Mejor no preguntárselo ahora que está en el cielo. Vaya uno a saber qué nos respondería, una guarangada. Todas las mañanas, en el programa Magdalena Tempranísimo, pasan fragmentos de sus canciones.



Supongo que tiene que ver con el despertar de los chicos. Creo que María Elena es para grandes, bien grandes, adultos, amantes de la ópera, del tango, del jazz, de la zamba y el folclore. Su prosa es para escritores, para quienes saben literatura. Los que aprecian la belleza escrita. Sus opiniones políticas, sus notas en los diarios, sus intervenciones deben formar parte de tantas antologías que se hacen sobre el pensamiento nacional.



No porque sea una “pensadora” no merece ser embalsamada, sino por su agudeza, su profundidad, su intransigencia. La admiro. La admiración es una de las formas del amor. La extraño. Aun enferma estaba viva. La vi una sola vez, en su cumpleaños, no sé si fue el último o el anteúltimo; me invitó Sara (finalmente el cumpleaños creo que fue el suyo) sabiendo el lugar que ocupaba en mi espíritu.



La primera vez que encontré a alguien que la había conocido fue a los 17 años en un barco que iba a Europa. Era un profesor del Colegio San Andrés que la quería mucho. Contaba sus correrías de joven cantante en París, con un bombo al lado de Leda, para hacerse de unos mangos. Hay fotos de esas escenas. Leda y María, dúo inmortal. Saben saben lo que hizo el valiente mono liso. La mona Jacinta se ha puesto una cinta.



El último tranvía que rueda todavía. Pez de platino fino fino. Duermo en el aljibe con mi camisón apolillado. Había una vez una vaca en la quebrada de Humahuaca, como era muy vieja muy vieja estaba sorda de una oreja. Lo ves o no lo ves, al gato que pes… ca allí, sentado en la ventani… ta rarirara. Ya se murió el burro que llevaba la vinagre, ya lo llevó Dios de esta vida miserable. A la mar fui por naranjas cosa que la mar no tiene, vienen mojaditas las olas que van y vienen. Un sueño soñaba anoche, soñito del alma mía, soñaba con mis amores, soñaba que te quería.



No pude estar en el velorio para abrazarme con sus amigos que no conozco, abrazarla a Sara; mi familia sabe lo que ella significaba para mí. Mi alma lo sabe. Hace tantos años que la canto. Y ahora ya no sé si lo seguiré haciendo, por ahora no. No quiero. Me duele su muerte. Escribo esto en reemplazo de otra nota que ya tenía preparada. Mi mujer me dijo por qué no escribía algo sobre María Elena. Le respondí que no. Que ya lo había hecho cuando estaba viva. Fue la repetición del gesto de cerrar los ojos. No quería saber, ni escribir sobre su muerte. Por eso escribo esto. Porque el no es un sí. Y su muerte es eternidad de los que la homenajearemos de ahora en más.



Fuente: Perfil