Domingo, 16 Enero, 2011 - 08:03

La candidatura es un hecho
Cristina Kirchner "forever"

A pesar de que las internas complican la gestión, el buen momento económico hace que la intentona reeleccionista de la Presidenta sea inevitable. El internismo es un mal de la política que afecta a partidos y gobiernos. Es producto de la lucha constante por espacios de poder en pos de satisfacer unas veces ambiciones personales y otras, negocios.

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En el Gobierno de los Kirchner, la omnipresencia de Néstor Kirchner jugaba un rol clave para sofocar cualquier atisbo de esa lucha cruel que pudiese afectar la marcha de la gestión. Con su estilo implacable y el peso de su presencia, al ex presidente le bastaba para lograr su cometido. Las cosas son diferentes ahora.



Las internas están actualmente a flor de piel y sus consecuencias complican la gestión. Una de esas complicaciones ha sido el insólito caso de la falta de billetes que perturbó a miles de argentinos entre la última semana de diciembre del año que pasó y la primera de enero. Nadie quiere hablar públicamente de una disputa de intereses y de negocios que tensó la ya de por sí poco cordial relación entre la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, y el ministro de Economía, Amado Boudou, por la que no se proveyeron los fondos para la modernización tecnológica de la Casa de la Moneda, lo que derivó en la necesidad de hacer un contrato de apuro con la Casa de la Moneda de Brasil para confeccionar los billetes de 100 pesos a un costo 20% mayor de lo que hubiera salido hacerlos en nuestro país.



La otra gran interna de la semana que pasó lo tuvo como protagonista, una vez más, al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. No es novedad para él que hay gente dentro del Gabinete que no lo quiere. El caso más notable es el de la ministra de Seguridad, Nilda Garré. Hay otros en los niveles ministeriales y de secretarios de Estado.



Son los que echaron a rodar con pelos y señales, y sin eufemismos, las versiones sobre cambios en el Gabinete que giraban, esencialmente, alrededor de la figura del Dr. Fernández. “Te acabo de reemplazar por Carlos Tomada”, fue la frase con la que, palabras más palabras menos, la Presidenta recibió en Olivos el miércoles pasado al jefe de Gabinete para comunicarle una novedad que, sin duda, le dolió: la designación de Juan Manuel Abal Medina hijo, como nuevo secretario de Medios y Comunicación.



Este nombramiento conlleva dos claros mensajes de significación política: el primero, es un nuevo recorte al poder de Aníbal Fernández representado, en este caso, por la quita que se le hace de la administración de la plata del Fútbol para Todos, nave insignia del kirchnerismo en su guerra contra Clarín. El segundo mensaje hace a las definiciones del perfil político del Gobierno que van quedando delineadas con estas designaciones.



Recordemos que una de las tantas incógnitas que se abrieron tras el fallecimiento de Néstor Kirchner fue la referida a la actitud a seguir por su esposa, con respecto a si abrirse a escuchar a otras voces tanto dentro de su gobierno como fuera de él, o la de volcarse sobre la denominada “pingüinera”; es decir, sectores del kirchnerismo más duro con poco contacto con el resto de las estructuras del Partido Justicialista.



A esta altura, la respuesta surge clara: quienes apostaron por la primera variante han perdido. Una demostración de ello ha sido la designación de Abal Medina, un cuadro político con una muy buena formación académica, como nuevo secretario de Medios y Comunicación. Abal Medina supo formar parte del Frepaso, al igual que la ministra de Seguridad, Nilda Garré.



Por lo tanto, es crítico de muchas cosas y muchas personas dentro del peronismo; de hecho de Aníbal Fernández lo separa un océano. Quienes conocen la diaria del Gobierno señalan el peso creciente de Abal Medina y destacan que ése es “el perfil de cuadro político que más le gusta a la Presidenta”. Habrá que ver ahora cuál es la orientación que el nuevo secretario vaya a dar a su gestión.



La incógnita es: ¿será un secretario de Comunicación de relación abierta y fluida con todos los medios o será un mero secretario de propaganda empecinado en seguir la vieja rutina de utilizar la publicidad oficial como un instrumento de premio y sostén para los medios afines al Gobierno y de castigo para aquellos que no lo son? Nunca está de más insistir sobre la necesidad de que, alguna vez, la publicidad oficial sea materia de un debate profundo y de un mayor y mejor control.



La vuelta al ruedo en la ya sempiternamente conflictiva relación con el campo del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, es otra señal de la “profundización del modelo”. No importó que el ministro de Agricultura Julián Domínguez, hombre con buena aptitud y capacidad para el diálogo, viniera batallando desde hace meses para mejorar la relación con el sector. “La vocación suicida del círculo áulico presidencial es de no creer; tiran a la basura el trabajo del ministro sin importarles nada”, rezongaba alguien que supo formar parte del Gobierno.



Desde las arenas del kirchnerismo se hacen oídos sordos a estas cosas. “El boom del consumo tapa todo”, señala una voz del oficialismo. “El riesgo país ha bajado”, exclama otra, sin aclarar que es producto del negocio espectacular que generan los bonos de la deuda externa cuyo pago se hace con reservas del Banco Central y que devenga intereses que hoy no se reconocen en ninguna otra parte del mundo. En este contexto, la candidatura presidencial de Cristina Fernández de Kirchner es un hecho.



Hay que reconocer que al Gobierno lo ayuda, y mucho, lo que pasa en el campo de la oposición. El enojo de Ricardo Alfonsín con el titular del partido, Ernesto Sanz, porque éste no le avisó de su candidatura, parece extraído de una telenovela. En el Peronismo Federal hay varios que no saben bien dónde están parados. Mauricio Macri ha comenzado a reconocer que sin el apoyo del peronismo lo único que podrá hacer es postularse a la reelección en la Capital Federal. A Elisa Carrió le sobra utopía y en el resto de los partidos lo que abunda es la división.



Mientras tanto, unos y otros deberían seguir con mucha atención el grave episodio que representan los 944 kilos de cocaína de alta pureza descubiertos en el avión que volaban los Juliá a su arribo al aeropuerto Prat de Llobregat, de Barcelona. La creciente sospecha de que la droga se cargó en un aeropuerto argentino y las conexiones que comienzan a descubrirse entre este hecho y otros con final trágico, que involucran a narcotraficantes de pesado prontuario, constituyen un nuevo alerta que ningún político, oficialista u opositor, puede ni debe desoír.



Producción periodística: Guido Baistrocchi./ Fuente: Perfil