Domingo, 15 Septiembre, 2013 - 10:16

La mujer que es Presidenta

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La entrevista fue pautada a las 18 en la residencia de Olivos. Fue el día más caluroso de septiembre de los últimos 70 años.
La presidenta de la Nación llegó unos minutos más tarde y dijo resolutiva: "¿Cómo hacemos? Empecemos que tengo que volver a la Rosada. Preguntame lo que quieras. Yo te digo la verdad, que es lo que mejor me sale". Las otras columnas de Brienza.

Nos acomodamos en la habitación preparada para la filmación, enfrentados en la mesa con el micrófono de radio delante. Hacía más de diez años que no la entrevistaba periodísticamente a Cristina Fernández de Kirchner. Lo había hecho en algunas oportunidades para la revista 3 puntos entre 1999 y 2003. Pero había pasado una década.

Ella se había convertido en presidenta de la Nación. Sin dudas, a esta altura, en la mujer más importante de la historia argentina hasta estos días. ¿Qué había cambiado en ella en estos diez años? ¿Qué mujer persistía detrás de la presidenta de la Nación? ¿Cuál era el cuerpo de ideas políticas que todavía mantenían firmes sus convicciones?
Desde un principio supe que no iba a preguntar lo que cualquier otro periodista hubiera preguntado. Que no me interesaba demasiado la agenda del periodismo opositor: comparto con la presidenta de la Nación una columna de ideas que me permite diferenciar las "chicanas comunicacionales" de mis propios intereses intelectuales.

Me gusta más la política que los asuntos policiales, me interesa más la historia y los procesos que las urgencias provocativas, sobre todo para una primera entrevista. No estaba interesado en cuestiones emergentes de la actualidad pura y dura. Seguramente, otros periodistas podrán preguntar sobre cuestiones coyunturales (y está muy bien que lo hagan), yo decidí preguntar ?no sin cierto egoísmo? sobre cuestiones que faltaban en mi rompecabezas intelectual: sobre la metafísica del kirchnerismo, sobre la relación intelectual de la presidenta con el Perón más cuestionado, sobre algunos defectos estructurales de la sociedad argentina que influyen en el desarrollo económico, por ejemplo.
La entrevista duró un poco menos de una hora. En ese lapso, Cristina Fernández de Kirchner fue presidenta, fue militante, fue mujer, fue brava, fue macanuda, fue peleadora, fue distante, cercana, sensible, frágil, impertérrita, entusiasta, tremendamente humana. Posiblemente, muchos de los que no comparten las ideas del oficialismo y son implacables en su definición sobre la personalidad de la presidenta cambiarían de idea si pudieran conversar con ella unos minutos y además si la presidenta se mostrara no simplemente como fuente de autoridad sino también como lo que es: una mujer que es presidenta de la Nación.

He entrevistado a cientos de personas en mi vida: asesinos, sacerdotes, actrices, políticos, militantes, escritores, como Néstor Kirchner, Daniel Ortega, Adolfo Rodríguez Saá, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, entre tantos otros. Sé cuándo un entrevistado se abre y se decide a mostrar con cierta generosidad y disposición su personalidad. Recién hacia el final de la entrevista, la presidenta se sintió cómoda y abandonó cierta posición defensiva comprensible. Hubo un momento imperceptible, claro. Pero fue el mejor momento de la entrevista.

Me preguntaba durante la conversación, amena, amigable, qué quedaba en la presidenta de aquella muchacha de veinte años que corría por Ezeiza el 20 de junio de 1973, o de aquella diputada o senadora de los años noventa. Basta con mirarla a los ojos para darse cuenta. Para darse cuenta de que es inseparable. La presidenta continúa siendo aquella militante de los años setenta, y aquella legisladora de los años noventa, también. Y una mujer que además es presidenta de la Nación.

¿Qué significa esto? ¿Hay una dualidad? No. Creer que hay una Cristina mujer y una Cristina presidenta es un error de apreciación. No es una persona de dos caras. Pero quizás el gran error moral en el que caen muchos de quienes no comparten sus ideas es no comprender que la presidenta es una mujer. Es decir, que es una persona mucho más humana de lo que muchos creen. Y, posiblemente, mucho más humana de lo que a ella misma le gustaría mostrarse. Y su condición de mujer también es fundamental: hay allí una relación diferente con la sensibilidad, con lo existencial, en términos de vitalidad.

Cristina es presidenta. Es "Cristina" allí donde es política. Es impensable su humanidad sin su condición política, su convicción ideológica, su voluntad decisoria. Es sin duda la misma persona de hace diez años y, claro, la misma de los años setenta. Hay un núcleo esencial que no cambia. Pero no es idéntica. Fue transformada por el viento de la historia, inevitablemente.

Alguien podrá decir que esta columna política tiene poco valor. Que es una mirada subjetiva y que no aporta demasiado. Es posible. Siempre tuve una obsesión con la forma en que la presidenta se muestra en público. Lo escribí muchas veces. Cristina gana cuando es Cristina en su completitud. Cuando es mujer y presidenta. Y cuando ríe y sonríe. Allí es imbatible. Incluso como política.
Fuente: 
Infonews