Sábado, 14 Septiembre, 2013 - 21:07

Enroscado, el cristinismo no sabe cómo retomar la iniciativa

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Tras las PASO no gana votos, pero además todos están peleados con todos.

El viraje que ensayó el Gobierno después de las PASO para replantear el tránsito hacia las legislativas en varios temas fundamentales de su construcción política le trajo más dolores de cabeza al cristinismo para adentro que para afuera. No gana votos, pero además todos están peleados con todos.
La administración de su propia herencia económica no ayuda nada, ya que mientras se pregona la "década ganada" se le está solicitando al Congreso una prórroga de la Emergencia Pública por dos años más, mientras la economía se espanta por la inflación, el deterioro cambiario, el desastre energético, los déficits gemelos, la fuga de capitales, la pérdida de reservas, la falta de inversión y la cuestión de la deuda, una espada de Damocles de incierta resolución.
Por otro lado, los números del Presupuesto del año que viene, que se acaba de presentar en el Congreso, no sólo son una afrenta al sentido común de los ciudadanos, sino también a la intelectualidad de quienes los elaboraron: la militancia o la obediencia no pueden caer tan bajo.
Tal revoltijo dentro de las filas gubernamentales, sus contradicciones y tironeos, más el deterioro económico, ha puesto a pensar a muchos sobre si la utopía de la construcción política no se terminó. Ni siquiera miran al 2015. Lo que hoy domina es el estado de confusión y el faro presidencial tampoco parece sugerir un camino seguro.
Más allá de la conveniencia de seguir a la manada que por ahora, cosas de la moda, parece que mira hacia Tigre, las dudas pasan por saber qué pensará de todo esto la presidenta de la Nación o si lo que está ocurriendo es fruto de verdad de algún plan maquiavélico, tal como se agita desde Olivos. A su tiempo se verá, cuál es la procedencia.
Pese a que el análisis de escenarios indica que en tiempos de alta turbulencia no hay recetas magistrales, ya que los vaivenes golpean de continuo y desatan reacciones incontrolables en los sistemas, lo más objetivo para tratar de avizorar el futuro es tomarse de la palabra dicha en público por la Presidenta, aunque nunca se podrá saber qué cosas ella charla con su propia almohada.
Su discurso del miércoles en Tecnópolis es una guía más que interesante para indagar en la Cristina Fernández actual, porque en algunas cosas deja de lado la provisoriedad de la conveniencia electoral, para sacar de adentro su verdadero pensamiento, con bajadas de línea e instalación de nuevos temas. No es una interpretación sicológica, sino comparativa con la Cristina Fernández de otros tiempos, cuando ella no tenía tantos tics autoritarios y estaba dispuesta a dar mil batallas desde su banca en el Congreso bajo las reglas de la política.
De esa pieza oratoria surge claramente que la Presidenta ha elegido un camino para la Argentina, creyendo seguramente que era el correcto. Sin embargo, el embelesamiento por el poder parece haberle quitado una de las virtudes más ponderables de los políticos, atributo que tenía grabado a fuego y que ahora ha perdido, como es la capacidad de reflejos para rectificar el rumbo.
Cristina hoy dejó de ser generala, una estratega, para convertirse en una gobernante cuasimedieval de palabra indiscutible que, tocada por la voluntad divina, cambió la negociación por la imposición. Entonces, si es verdad que avanza hacia un bache de difícil tránsito, en vez de preguntarse cómo hacer para apartarse de la ruta prevista, acelera, porque esa dificultad no debía estar allí. En tanto, su cerebro se ocupa de ver quién hizo el pozo, mientras el tiempo se pierde y la distancia con el agujero se acorta cada vez más.
La otra Cristina, la de la experiencia política, la peleadora de mil batallas, hubiese rectificado a tiempo. Esta de ahora, cree que la verdad, su verdad, no puede ser rebatida y se retuerce porque observa sombras detrás de cada cortinado y se ocupa de decir que quienes quieren su fracaso la están boicoteando, porque ideas tan brillantes como la de su propia construcción no pueden fracasar. Sin embargo, la Presidenta hizo el esfuerzo y fue a la celebración del Día de la Industria con cierto libreto a dos puntas. En el fondo, su discurso sirvió para ratificar el grueso del modelo y, por ende, sus consecuencias, lo que dio la sensación de que no hay vocación de cambiar, aunque intentó mostrar algunas rectificaciones sumando cierta cuota de sinceridad, pero siempre bajo las conocidas premisas K del "barramos debajo de la alfombra" y "nosotros no fuimos".
El primer ítem que salta a la vista es como la Presidenta adelanta cosas entre líneas que después sus funcionarios aplican. Apenas comenzó a hablar hizo una irónica referencia de agrande conceptual: "la Argentina anda tan mal que hay millones de gente arriba de los autos atascando las autopistas", dijo para explicar por qué se estaban demorando algunos invitados.
Se podría objetar críticamente la chicana diciendo que la falta de planificación dejó a la Avenida General Paz angosta pese a tres promesas de ensanche nunca iniciados. Sin embargo, Cristina agregó como al pasar "... y seguramente tampoco hay combustible".
Un día después, el titular de YPF, Miguel Galuccio, en Houston, anticipaba que "estamos empezando a ver la falta de petróleo liviano para procesar en nuestras refinerías", lo que presagia o faltante de naftas o importaciones.
En la relación puntual con los empresarios presentes, muy pocos de las grandes industrias, la Presidenta intentó seducir con la cuestión del "diálogo", que había llamado "debate con los dueños de la pelota" a 48 horas de las elecciones. "El diálogo debe ser sincero, abierto, sin miedos, porque yo creo que, además, nadie puede tenerle miedo a nadie y menos a mí. Ahora, el Poder Ejecutivo quiere adoptar decisiones que sean lo más consensuadas posibles con los actores económicos", expresó.
Sin embargo, quienes concurren a las reuniones que convoca la Presidenta suelen contar que lo que se decide es generalmente unilateral, ya que todo se cocina dentro de la Casa Rosada y después se les comunica. En el caso de la baja del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias fue notorio que, en ascuas, sindicalistas invitados a aplaudir copiaban en cuadernos lo que estaba anunciando Cristina.
Otro aspecto de la alocución de Tecnópolis que llamó la atención fue el referido a la renuncia a seguir protegiendo "in eternum" a los industriales, ya que la Presidenta consideró incompatible "tener una protección si al mismo tiempo no hay un desarrollo en innovación, en tecnología que permita tornarnos competitivos frente a un producto extranjero y competir en precio y en calidad... en el mundo".
Este punto, que parece un retroceso de las políticas de protección que se llevaron a cabo durante mucho tiempo, enlazadas con una mirada internacional que prefirió el aislamiento, espantó inversores y redujo mercados puede tener dos explicaciones: o bien las arcas del Estado están efectivamente exhaustas o la Presidenta se dio cuenta que los empresarios más osados sólo se pusieron al servicio del Gobierno para sacarle leche al Estado y no hacer nada de lo que prometieron.
En este sentido, una pequeña frase ("En la jungla de la economía, normalmente el más fuerte se aprovecha del más débil") enlazada con otras manifestaciones presidenciales de la semana, llevan a pensar que hay cierta decisión de avanzar sobre las empresas más grandes que abusen de su "posición dominante" y "castiguen" a los pequeños proveedores.
Más allá de todas estas críticas laterales, disparadas para que los empresarios tomen nota, el abordaje del tema inflacionario marcó el grado de centralidad que el Gobierno quiere mantener en los temas básicos de la política económica.
La Presidenta volvió a minimizar el alza de los precios, al tiempo que expresó cierto desprecio hacia los países que se preocuparon por evitar desbordes inflacionarios, como si esos países no hubiesen crecido: "el modelo elegido fue el modelo de metas de crecimiento, frente a lo que proponían desde el Fondo Monetario Internacional o desde otros lados, que era gobernar con metas de inflación", dijo Cristina.
Sin marcar que el crecimiento no parece haber sido igual para todos los argentinos, ya que hay muchas asignaturas pendientes en materia de exclusión, vale la pena detenerse en el "otros lados" y preguntarse: ¿Quién lo proponía? ¿Los Estados Unidos, Brasil -que no es un alumno dilecto del FMI, por cierto- la oposición o los economistas ortodoxos? Todo un gran eje del mal.
En esta línea, llegó entonces la expresión más dramática de la noche, por el modo en que lo dijo y por la victimización que conlleva: "¿Y saben qué? Tengo la sensación, más que la sensación tengo la certeza, de que en realidad, muchas cosas que se están pergeñando desde afuera y desde adentro, tienen que ver con, tal vez, escarmentar a un país que se atrevió a una receta diferente a la que le vinieron aplicando durante décadas y que nos llevó al desastre del año 2001".
Ya desatada y sin aportar ni una mínima dosis de autocrítica, la obsesión presidencial se manifestó en decir que se la quiere obligar a ejecutar una "política de ajuste" y al respecto Cristina refirió con mucha lógica que eso "significaría el colapso de la sociedad" y que sería algo "insostenible en términos políticos, sociales e institucionales".
El economista José Luis Espert señaló en estos días que el verdadero "ajuste" no lo está haciendo el Estado, sino el sector privado que "sufre por la inflación de 25% anual y la intolerable presión fiscal, por una economía que no crece, mientras las empresas suspenden personal y echan gente. Que ajuste algo la política, para que la gente ajuste menos", añadió.
En boca de la Presidenta, "escarmentar" y "ajuste" son dos palabras que, unidas, dan la idea de que algo va a ocurrir tarde o temprano. Desde ya, que hoy no hay nadie visible que esté pidiendo un "ajuste", salvo la necesidad que tiene el Gobierno de hacer algo para evitar algo mucho peor y transitar desde aquí hasta el 2015 un poco más confortable, rellenando el bache que tiene ante sí.
Por más que Cristina le apunte a los empresarios, a los medios, al mundo o a los opositores como factores de desestabilización, lo que ha ocurrido en verdad es que el 11 de agosto siete de cada diez argentinos le han dicho que "no" al Gobierno. Tanta cerrazón interior de su parte le dificulta retomar la iniciativa, algo que mantuvo durante muchos años el oficialismo.
Nadie le marcaba la cancha, ningún opositor lo lograba, hasta que se la marcó la gente, con el brutal disciplinamiento que le impuso en las elecciones. Una verdadera paliza de la que no puede sobreponerse nadie en el cristinismo, porque es la Presidenta, aunque reconozca que son los votos los que "legitiman" al poder político, la que no lo consigue todavía.
Fuente: 
DYN