Sábado, 14 Septiembre, 2013 - 19:56

Por Luis Tarullo
Noticias y monólogos

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El gremialismo recibió en estos días dos noticias de disímil impacto.
Una provocó tristeza genuina en la grey sindical peronista; la otra -apenas, por cierto-, alguna obligada y hasta ¿por qué no? simulada mueca de satisfacción.
La primera fue la muerte del veterano dirigente de Luz y Fuerza Oscar Lescano, protagonista de la historia gremial contemporánea y referente del poderoso y decisivo grupo de los "Gordos".
A los 80 años y con seis décadas de actuación en el sindicalismo, Lescano genera un importante vacío en un territorio donde con el correr de los años también van quedando en el camino otros que, más allá de cualquier juicio de valor, indudablemente dejan huella en la política argentina.
Hay una camada de dirigentes que ha demostrado que solamente puede dejar su puesto por retiro voluntario o por muerte. Son aquellos que ya cuentan por décadas su liderazgo y no dejan ni un micrón de espacio a la posibilidad de perder una elección, salvo que, por supuesto, su gestión fuera una catástrofe.
Por lo visto y oído tras la muerte del "Negro" Lescano -fiel representante de la tradicional política de negociación del gremialismo peronista surcada por la ineludible matriz del "vandorismo", e imitada incluso por expresiones que se sitúan a la izquierda de la ortodoxia- los "Gordos" no variarán su accionar con respecto al Gobierno y a sus momentáneos rivales y aliados internos.
Por ello se supo que Carlos West Ocampo (Sanidad), Armando Cavalieri (Comercio) y los hermanos Héctor y Rodolfo Daer (Sanidad y Alimentación, respectivamente), a los que ahora se sumará el lucifuercista Rafael Mancuso, sucesor de Lescano, seguirán encolumnados en el andarivel de la equidistancia, tanto de la administración de Cristina Fernández como de las tres CGT (Caló, Moyano y Barrionuevo).
No obstante, la muerte del jefe de Luz y Fuerza aglutinó a todas las expresiones del gremialismo peronista y hasta permitió ver el anticipo de una foto -la de todos juntos- para la que están lanzados los contactos y las negociaciones. Foto que, obviamente, de concretarse será después de las inminentes y vitales elecciones de octubre.
La otra novedad fue el anuncio gubernamental de beneficios para las obras sociales, en el marco de la catarata de medidas que el Gobierno viene dando a conocer para mejorar su performance en las urnas.
Ahora se trata de nuevas partidas de dinero para los entes de salud gremiales y aumentos en las cápitas para la cobertura de servicios en determinados casos. De todas maneras, el grueso de la plata cuya devolución reclaman los dirigentes sigue bajo el pie de la administración. Es entonces apenas un minúsculo oasis en un desierto mayúsculo, que genera un obligado rictus de satisfacción, forzado por los compromisos políticos.
Miles y miles de millones de pesos continúan depositados en las arcas oficiales y ni las muestras más groseras de adhesión al "modelo" sensibilizan a quienes deben abrir el grifo para la restitución de ese dinero.
Un dinero que, vale recordarlo por si alguien lo ha olvidado, no pertenece ni al Gobierno, ni a los sindicatos, ni a los dirigentes. Pertenece a los trabajadores, que mes a mes ponen pesos sobre peso a través de sus aportes, complementados también por el sector patronal.
Así que cuando se asiste a las permanentes batallas, los que terminan realmente heridos son los asalariados y quienes, aunque militen en otras categorías del mundo del trabajo, son los beneficiarios exclusivos de los servicios de las obras sociales. Encima, hay promesas que a esta altura son un demasiado largo plazo, como el hecho de informar que la concreción de algunas de ellas se dará en 2014. ¿Puede alguien garantizarlo? Por supuesto que, además, los anuncios se dan en medio del ya tradicional escenario del "aplausómetro", ahora aderezado por un "diálogo" que, como tantos otros que se auspiciaron, tiene un indudable sesgo oportunista y, en consecuencia, quedará arrumbado en el arcón de los trastos políticos.
Un diálogo donde se oye la voz y la decisión de una sola parte -la que convoca- y al cual fue invitado solo un puñado ínfimo de los protagonistas, obviamente no es diálogo. Y los monólogos, ya quedó harto demostrado, no son buenos en ninguna ocasión y en ninguna época para ninguna sociedad.
Fuente: 
DYN