Sábado, 30 Marzo, 2013 - 18:08

CFK, Poli, Scioli y Moreno, protagonistas, mientras la oposición mira el partido
De diálogo y complicaciones

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"Sencillo, humilde, siempre disponible, muy fraterno y trabajador", así describieron al designado arzobispo de Buenos Aires.
"Sencillo, humilde, siempre disponible, muy fraterno y trabajador, profundo, austero, reservado y compañero de los sacerdotes..., ahora mismo está reemplazando a un padrecito enfermo, lejos de aquí". Así, sin ahorrarse adjetivos sobre su compromiso social, un cura pampeano describió con llaneza la personalidad de quien hasta ahora fuera su jefe, el designado arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, Mario Aurelio Poli.

"No es jesuita, sigue las directivas del Papa y es de los obispos con olor a ovejas", añadió el sacerdote sobre la tarea pastoral de Poli, quien lo primero que hizo cuando fue notificado de que iba a ser el sucesor del cardenal Jorge Mario Bergoglio fue marcarle la cancha al poder, es decir a Cristina Fernández de Kirchner. "La relación con el Gobierno será de respeto y colaboración, pero con la debida distancia y diferencia. Somos cosas distintas", explicó a la hora de pasar el mensaje.

"Yo no soy político, no soy Bergoglio en eso", se justificó luego, pero los límites habían sido trazados. Lo que señaló Poli no se salió ni una línea de lo mismo que decía el hoy papa Francisco cuando desde el Gobierno se lo acusaba de ser el jefe de la oposición: "Falta diálogo entre los argentinos; falta diálogo en serio", repicó.

En ese aspecto, el desarrollo del populismo arbitrario y divisor de sociedades en América latina es un grano que la Iglesia siente como retardatario de las necesidades de los pueblos. El libro del CELAM que Francisco le regaló a la Presidenta en Roma cuando le dijo que "esto la va a ayudar a ver qué pensamos en este momento los padres latinoamericanos", describe con crudeza a "la Patria Grande" como un continente con "democracias frágiles" amenazadas por "desvíos autoritarios" y con "estridentes desigualdades sociales".
La Iglesia está convencida de que la enorme tarea que hay que desarrollar en todo el continente (y en la Argentina) para generar inclusión social no puede ser llevada a cabo por una sola facción política. De allí, que pide convergencia de esfuerzos y que conversen políticos y organizaciones sociales para impulsar iniciativas comunes que sean estructurales y que no se diluyan en la inmediatez de las próximas elecciones.

En este aspecto, el Gobierno se corta solo porque se cree un iluminado capaz de capitalizar en votos su poder y, sin admitir los tremendos baches económicos y sociales que subsisten y que se han multiplicado a partir del descontrol inflacionario, presenta la historia como si se viviera en el mejor de los mundos. Alguien ha convencido a la Presidenta de lo maravilloso que es el modelo y ella, quien está ocupada en reconstruir poder y ha dejado la economía al garete, recita supuestos logros que se le han escurrido en los últimos años como arena entre los dedos.

El punto crucial es que la Iglesia dispone de múltiples estadísticas que muestran exactamente lo que está pasando y niega el Gobierno. Pero, además, con esa bajada de línea que impuso Bergoglio y que hoy amplifica a nivel universal, los curas que caminan y que no son gestores, quienes transitan a su pedido desde hace mucho tiempo en la Argentina villas y barrios humildes también testimonian otra cosa.

Ellos, quienes están en contacto con el submundo de la pobreza asociado al de la delincuencia, la droga y la prostitución, la falta de educación y las malas condiciones de salud, no avalan para nada esa visión gubernamental que parece agotarse en el cortoplacismo y que, de últimas, impide la movilidad social que hizo grande al país de la post-inmigración y que mejora la situación de las personas por afuera y por dentro.

El kirchnerismo, por su parte, siempre vivió esta puja como una cuestión por la cual la Iglesia quería birlarle sus clientes y se sintió, como en tantas otras cosas, omnipotente.
Es sabido que el arrollador ADN del Gobierno pasa por manejar la mayor cantidad de cajas y por la imposición, generalmente agresiva, que este poder otorga y además por proclamar que las "políticas de Estado" son las propias, que el "consenso" es sólo patrimonio de que quien logra las mayorías y que los cambios de opiniones sólo tienen sentido si se verifica entre los propios.

Ante la solicitud de diálogo, concordia y armonía de Poli, continuidad natural de las demandas de Bergoglio, quien se las ha repetido a la Presidenta como Papa, quiso la casualidad que los diarios del jueves pasado mostraran patéticamente un ejemplo de esta contracara que deja en evidencia la falta de grandeza de algunos miembros del Gobierno.

El día anterior, la diputada ultra k Diana Conti había dicho del gobernador bonaerense Daniel Scioli que "no lo queremos echar, lo queremos disciplinar", con este verbo como sucedáneo de aquel "apropiar" que José Pablo Feinmann utilizó para describir por qué convenía que la Presidenta intentase cooptar al nuevo Papa. Es obvio que disciplinar (o alinear o encuadrar) y apropiar tienen más que ver con imponer y no con dialogar y sus sinónimos, por lo que la legisladora quedó presa de la comparación.

Hay un elemento extra que hace mucho más complicada la situación, ya que todo lo que los protagonistas se dicen por estos días pasa por la prensa y así, como no hay interlocución directa, las posturas, las réplicas y las contra réplicas, naturales en la búsqueda de una síntesis común, se dilatan en el tiempo y terminan distorsionándose.

Esto demuestra el grado de sordera que hoy aqueja a la toda clase dirigente en la Argentina.

El caso Scioli es un muy buen ejemplo, ya que éste manda mensajes por terceros o aun de su propio cuño por los medios que más le duelen al oficialismo, los "detractores" del modelo, mientras que del otro lado le contestan en tropel y redoblan la apuesta, a ver quien se pone primero más nervioso. Así, kirchneristas y sciolistas han reemplazado el cara a cara alrededor de una mesa por los mensajes cruzados, los tiros por elevación y las manifestaciones mediáticas.

La semana pasada, una solicitada sobre la necesidad de negociar la paritaria docente con los chicos en el aula que suscribieron por sus distritos 89 intendentes, quienes dijeron haber sido engañados por funcionarios bonaerenses que les habrían asegurado que la publicación tenía el visto bueno de la Casa Rosada, armó un zafarrancho monumental.

Tres ministros nacionales le dijeron de todo a Scioli con respecto al conflicto no una, sino dos y tres veces por diferentes medios, hasta que también de esa manera el sciolismo salió a defenderse.

Luego, cuando en el gobierno nacional se dieron cuenta que no estaba mal pedir la vuelta a clases, hubo un giro de campana en el discurso (casi como sucedió con Francisco) y se moderaron las críticas, mientras que se llamó a los intendentes supuestamente engañados y no díscolos y se les endulzó la situación con $ 398 millones para obras.

En este contexto de tironeos e hipocresías, para ver quien tiene mejor templados los nervios, la postura del gobernador es no sacar los pies del plato, vieja máxima del peronismo, porque se sabe dueño de una importante cantidad de votos bonaerenses. "Las peleas entre los dirigentes no le mejoran la vida ni le resuelven los problemas a la gente", blanqueó la notoria puja Scioli.

En tanto, los K más recalcitrantes buscan barrer al bonaerense a como dé lugar porque sospechan que no representa una continuidad de los cánones actuales. Hay por detrás una cuestión común para el recelo: ambas partes creen que los que lleguen van a traicionar inexorablemente al que se muestre más débil.

Mientras el divorcio se plantea a través de la guerra de declaraciones que tiene entretenido al sciolismo, paralizada a la oposición formal que apenas balconea el partido desde una tribuna y casi fuera de juego a la opinión pública, es la propia Presidenta quien avanza con hechos directos para ampliar los lugares de acción de la gente que ella cree que la va a blindar en 2015, ya sea por su apoyo para seguir en funciones o porque de ese palo saldrá su eventual sucesor.

Para ello, Cristina querría reemplazar a todo aquello que se le opone, Scioli en primer lugar y de allí la presión para conseguir todos los cargos legislativos provinciales para el universo K, para los más ultraleales que ha sabido conseguir, esa nueva "juventud maravillosa" que ella no se cansa de alabar públicamente cada vez que tiene oportunidad y a la que entrega todo nuevo cargo que se produce en el Gobierno.

Los dirigentes de La Cámpora han venido a reemplazar por estas horas la fugacidad de algunas otras estrellas de ocasión que han brillado en el firmamento cristinista, como Amado Boudou o Axel Kicillof, quienes se sacaron chispas a la hora de hablar de la deuda, con argumentos voluntaristas casi de excusa, probablemente para que la Presidenta tome nota de que ellos siguen siendo apasionados defensores del modelo.

Aunque muchos de los camporistas son poco (o nada) idóneos, se han ganado su lugar por lealtad hacia la Presidenta (o quizás hacia los cargos conseguidos y su remuneración) y sobre todo por su silencio, más propio de una formación militar que de un equipo de trabajo. En este aspecto, el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, de un origen setentista diferente, practica el mismo oscurantismo de la subordinación y el valor.

En estos días, Moreno la ha metido a Cristina en jardines difíciles de transitar, tal la sorpresiva intervención presidencial por Twitter del miércoles pasado, acusando de violenta a la izquierda que fue a la Plaza de Mayo el día 24 y tener que comprobar luego que a la otra tropa de violentos la comandaba su funcionario, alguien quien, en su fe por el modelo, avanza como una topadora "alineando" gente con el poder de la caja.

Su penúltima acción directa ha sido conseguir que dos grupos de empresarios de intereses antagónicos también dejen de lado el diálogo para que eventualmente diriman sus diferencias en una mesa de negociaciones, donde la realidad del mercado suele mandar, y que le permita así promover la imposición estatal a favor de los supermercados y en contra del sistema financiero, con el padrinazgo a una tarjeta de crédito de difícil implementación que supone para las cadenas menores costos.

En este toma y daca, que de paso apunta a pegarle a los bancos, uno de los supuestos enemigos del Gobierno, los supermercados probablemente hayan conseguido algún beneficio por callarse la boca, como puede ser el giro de utilidades hacia sus casas matrices en el exterior, mientras que los clientes parecen quedar en esta historia como simples convidados de piedra, a partir de la extensión de un supuesto congelamiento que en unos días tendrá algunos desvíos consentidos por el Gobierno. Ya Moreno había obligado a los súper a una veda publicitaria que ha dejado además a los consumidores sin la posibilidad de comparar ofertas, para tratar de hundir financieramente a los diarios que no le son afines. El alabado Estado regulador una vez más ha dejado de ser el fiel de la balanza, para transformarse en juez y para ello necesita complicidades. Y en la debilidad que les aporta su afán individualista, los cómplices tampoco dialogan. Acatan.
Fuente: 
Agencia DyN