Sábado, 9 Marzo, 2013 - 18:58

Por Luis Tarullo
De inmortalidad y supervivencia

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Un hecho fundamental en lo que hasta 1983 fue la traumática vida institucional argentina.

Un hecho fundamental en lo que hasta 1983 fue la traumática vida institucional argentina.
De las celebraciones participarán también varios dirigentes sindicales en actividad que, aun antes del golpe de Estado de 1976, ya estaban en acción, cuando muchos políticos actuales todavía no habían nacido o daban sus primeros pasos en esas lides, incluido el matrimonio Kirchner.
Entre esos gremialistas están Oscar Lescano (Luz y Fuerza), Amadeo Genta (Municipales porteños), Armando Cavalieri (Comercio), Carlos West Ocampo (Sanidad), Ramón Baldassini (Correos) y hasta el propio Hugo Moyano, jefe de los camioneros y de la CGT opositora, a los que pueden sumarse Julio Piumato (Judiciales) y Víctor De Gennaro (Estatales), quienes desplegaron su carrera a partir de la llegada de los nuevos vientos democráticos.

Hay otros que también estuvieron durante décadas en el candelero sindical vernáculo, hasta que cayeron bajo la piqueta de la Justicia, como Juan Zanola (Bancarios) y José Pedraza (Ferroviarios).
La lista no se agota, por supuesto, pero bastan estos nombres como para comprender cabalmente cuanto vieron y vivieron esos hombres que aún forman parte del círculo que toma decisiones importantes y que no piensan dar un paso al costado, salvo que el destino diga otra cosa.
También están curtidos en eso de dormir en camas separadas, pues son más los registros sobre las divisiones del gremialismo que los recuerdos de unidad duradera.
Hoy son cinco las centrales sindicales en las que están repartidos (y partidos) -las tres CGT peronistas y las dos CTA de tendencia centroizquierdista-, pero siguen apareciendo subgrupos que concentran poder.
Por ejemplo, las confederaciones por actividades que estuvieron floreciendo recientemente en la CGT oficialista de Antonio Caló y en la opositora de Hugo Moyano, como forma de ejercer un accionar, que incluye presiones, de manera corporativa.
Así, los veteranos y los no tanto se disponen en pocos meses más a vivir y a protagonizar otro aniversario histórico en la Argentina, con el nada desdeñable condimento de elecciones en las que está en juego el futuro de los miembros de la grey política, incluido el Gobierno de Cristina Fernández.
Es una elección de medio tiempo que, a diferencia de otras, es fundamental porque puede cambiar la relación de fuerzas en el Congreso Nacional y terminar con los sueños de permanencia del oficialismo o condenar a un nuevo ostracismo a la oposición.
Y dado la importancia de esta cuestión, los sindicalistas, como siempre en su historia, quieren estar en la misa y en la procesión.
Por ello, a la par de las piruetas que ya están realizando en un nuevo ciclo de paritarias que el Gobierno quiere condicionar a toda costa, empiezan a imaginar las operaciones para integrar las listas para cargos legislativos, fundamentalmente las de diputados.
Hoy el sindicalismo tiene una modesta representación en la Cámara Baja, e igual que en sus propias organizaciones, está dividido. Por un lado, los moyanistas Omar Plaini y Facundo Moyano; por otro, el abogado laboralista kirchnerista -ex moyanista- Héctor Recalde y el metalúrgico Carlos Gdansky; en otra banca el petrolero Alberto Roberti -en la CGT oficial pero en la vereda política de Sergio Massa-, y en otra butaca el referente histórico de ATE Víctor De Gennaro, en las filas del FAP de Hermes Binner.
Pero amén de todas sus cuitas, los dirigentes gremiales suelen encontrar también, muchas veces más por defectos ajenos que por virtudes propias, los caminos que, al menos por un tiempo, les permiten transitar juntos.
Hoy, como es de público conocimiento, la ausencia de respuestas del Gobierno a las demandas sindicales está acercando a los que la propia administración había alejado.Algunos, como los de la CGT oficialista, hacen malabares para hacer trascender su descontento y no quedar mal con la Casa Rosada, pero los hechos los van empujando poco a poco hacia los límites y hay quienes admiten que, de seguir así la situación, directamente los cruzarán hacia la otra vereda.
Algo de esto pasa con los gremios docentes, donde hay organizaciones de tinte "progresista" que profesan la fe kirchnerista pero se ven obligados a la protesta porque no satisfacen sus exigencias. En ese marco, atraviesan la zona de riesgo de que los corran por izquierda aún desde un andarivel que no comulga con ese perfil ideológico y le ganen territorio.
Tal parece ser el caso de la novel UDOCBA, conducida por Miguel Díaz, organización que abreva en la CGT de Moyano y suele plantear posturas más duras que las de otros gremios con más historia, actitud que obviamente puede arrastrar voluntades.
Por cierto no es el único caso y no le pasa solamente al sindicalismo oficialista, ya que en otras actividades en los últimos años empezaron a brotar representaciones de base con posiciones más radicalizadas, que se diferencian de las conducciones tradicionales y se van consolidando en el marco de una concepción gremial que reivindica la acción de manera focalizada, por ejemplo fábrica por fábrica.
De todas maneras, pese a altisonantes y recurrentes apelaciones a cambiar modelos y paradigmas -provenientes de aquellos que primero lo denuestan y luego le piden su asistencia para las instancias críticas-, el sindicalismo, en todo su amplio universo, continúa con sus acciones y metodologías históricas.
Da la impresión de que a veces, como Gilgamesh, buscara la vida eterna. Pero también parece saber el final de aquel mítico personaje (conocido como El Inmortal) que, no obstante, finalmente no logró su objetivo. Y entonces, con la sapiencia de décadas de ver correr el agua bajo los puentes -y a muchos dirigentes arrastrados por torrentes implacables- diagraman paso a paso su propia historia de supervivencia.