Domingo, 3 Marzo, 2013 - 09:56

Cómo tratarme de estúpido

Violencia e impunidad de los barras: "Ya fastidian más los cómplices que los criminales".

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¿Qué es lo que moviliza a una persona más o menos racional a insistir con asuntos que, está convencida, nadie con responsabilidades en el tema intentará resolver?
¿Qué instinto de autodestrucción nos lleva a poner energía en reclamar condenas en temas sobre cuya prescindibilidad han dado muestra millones de personas?
¿Quién nos enseñó a meter las narices allí donde no sólo no hay chances de ganar nada, sino que son muchas las posibilidades de perderlo todo?
Es probable que haya una respuesta contundente para estas preguntas que puedan hacerse respecto de la necesidad de algunas personas de combatir desesperada y desesperanzadamente contra los barras y sus aliados.
No existe ni una sola razón -inclusive las más estúpidas y pusilánimes- que justifique la existencia de este aparato de extorsión, negociado, violencia y muerte dentro de los clubes. Nadie, ni el más cínico de los cínicos, podría asegurar que los barras bravas sirvan para algo que amerite semejante paraguas de protección.
Sin embargo, sentir que uno tiene la razón no siempre le da sentido a la pelea. A veces es mejor ganar sin imponer la razón que perder teniéndola. En este caso, sin dudas. Porque los violentos que se esconden detrás de una bandera nos llevan ventajas enormes al resto del universo futbolero. No temen matar. No temen morir. Están acostumbrados a ir presos, especialmente porque saben que alguien los sacará al toque. Son habitantes peculiares de esta fauna: se balean entre ellos pero rara vez se matan; tanto miedo que uno le tiene a las armas de fuego. No dejan delito por cometer pero rara vez terminan en cana; tanto miedo que uno le tiene a las celdas.
Desde la ejecución de los hábitos cotidianos, la ventaja que nos llevan se acrecienta. El futbolista se entrena y juega. El entrenador, arma el equipo. El dirigente presume conducir el club. El socio paga el abono y la cuota. El hincha se desloma por conseguir la entrada. El periodista -al menos el que merece ser considerado de tal modo- intenta contar lo que pasa y decir lo que le parece. Ellos no hacen nada de eso. Ellos mandan. Deciden quién entra en su tribuna, quién estaciona su auto, en qué cancha, qué día y a qué hora se juega el partido. Tan dueños de la escena son que se los suele ver decidiendo qué jugador merece estar en el club. Cuentan que algunos llevan en el bolsillo las llaves que abren los portones de sitios a los que, en días de partido, no entran ni los futbolistas.
Ciertas cosas de la vida, que no sé si me dan experiencia pero activan mi memoria, me han dejado en claro que cuando uno se enrosca en las anécdotas corre el riesgo de perder el foco del objetivo real. De tal modo, no vale la pena que usted y yo nos colguemos replicando historias de viajes a mundiales, tours por Japón o gente a la cual se detiene en Ezeiza sólo dos días después de habérsela dejado salir del país. Lo profundo ya no son los episodios sino admitir que, aun cuando pierdan algunas pocas batallas, serán ellos los ganadores de la guerra. Por paliza.
Hasta hace un rato, creí que la base de la columna debía pararse encima de esa nueva imbecilidad profunda que fue decidir que Tigre y All Boys jueguen sin público. Hay varias razones para calificar así la decisión. Los señores de la inseguridad en el fútbol de la provincia de Buenos Aires -empleados de todos y todas los bonaerenses- explicaron que la decisión se tomó a partir de un pedido de suspensión del partido del fiscal que actúa en la causa de la interna de la barra de Tigre que costó una vida, varios heridos, pocos detenidos y un flor de enchastre a políticos de tres distritos. El fiscal pidió la suspensión, no la restricción de público.
Los que tomaron la decisión no explicaron ni por qué ni para qué. Parece una obviedad: hubo una interna en la barra y se juega en la cancha de Tigre. Sin embargo, la gresca no se produjo en el ámbito de un partido. En consecuencia, sería importante que los que presuntamente nos cuidan nos cuenten como a nenes qué peligros nos acechan. Y que sean bien amplios y nos cuenten por qué si son tal peligrosos, estos señores prestan servicios de diversa índole en tres distritos de la zona en contacto con radicales, justicialistas y vecinalistas; en algunos casos, también a sueldo de los contribuyentes de la zona. Quizás valga la pena aclararles, además, que el partido no será a puerta cerradas y que en las tribunas habrá más de un hincha.
Hay más, mucho más, para decir de esta historia y de las andanzas de la APREVIDE, torpeza sucesora del eminentemente torpe COPROSEDE, cuya desarticulación jamás fue explicada por el mediáticamente ultraprotegido gobernador bonaerense. Lógico. ¿Para qué preguntarle por la inoperancia de sus funcionarios relacionados con la seguridad en el fútbol si estamos intentando ocultar que la suspensión de clases en la Provincia es su responsabilidad directa?
Por cierto, uno de los hombres destacados del organismo dijo que con los hinchas se habla a través de los dirigentes (¿?¿?¿?) y que ellos van "por la convivencia, no por la connivencia". Alguien deberá explicarle a este buen hombre que tampoco la convivencia es viable ni con un ladrón, ni con un asesino, ni con un extorsionador.
Sin embargo, el asunto Tigre-All Boys pasó brutalmente al terreno de la indignación teórica. La posta estaba en Gimnasia-Chicago. Ver tanto chiquito, tanta mamá, tanto hincha de buena fe entreverado con tanto violento obsceno y tanto policía de bala de goma fácil y retroceso veloz a través de las imágenes que llegaron desde el Bosque platense no sólo me corrió del foco, sino que me retrotrajo a las dudas existenciales del comienzo de la columna.
Los de Mataderos, su buena gente, fueron de los últimos en pagar las culpas de los barras asesinos. Justamente aquellos días del asesinato del hincha de Tigre en los alrededores de la cancha de Chicago significaron poco menos que el cierre de las sanciones drásticas a partir de episodios de violencia. Le pasó a Chicago, le pasó a Almirante Brown y poquito más. Fue en 2007. Desde entonces, la AFA decidió que no habría más quita de puntos importantes por grave que fuese el crimen.
¿Ustedes creen que desde ese entonces no pasaron cosas graves como para admitir que aquella decisión fue, por lo menos, un salvoconducto para que los dirigentes no se hagan ni un poquito cargo de combatir a los violentos? No sólo nadie los denuncia sino que ni siquiera se los expone ante los hinchas y socios que todavía creen que al club hay que darle y no quitarle.
Quizás por culpa de estas medidas que nadie combatió -ni siquiera el violento cambio de statu quo que estableció el Fútbol para Todos con tanta influencia gubernamental modificó el patético escenario- es que tantos hinchas del Torito terminan entreverados con los que no deberían ni asomarse por una cancha. Y no han sido pocos los intentos de los buenos hijos del club en exigir que, al menos en su cancha, los barras estén alejados de los demás.
Llega la noticia de un muerto en el Bosque. Por ese maldito mecanismo al que nos somete este fenómeno repugnante en el que ya fastidian más los cómplices que los criminales, lo único que atino a esperar es que la víctima no haya sido un hincha común y corriente. Dicen que fue en un choque entre barras de Gimnasia previo al partido. Respiro como si el muerto fuese el bonus de un pac-man y valiese distinto si fuese cerezas o manzanas.
Otro muerto. Otro enfrentamiento entre barras. En la Provincia. Antes de un partido que, igualmente, se jugó. Con público. Esteee... ¿Y Tigre-All Boys? ¿De qué nos quieren cuidar en Victoria que no nos quisieron cuidar en La Plata?
Ya es demasiado. En el comienzo de la columna asumí mi obstinación inconducente en esto de buscar pelea donde la derrota es un hecho. No esperaba que, antes de concluir estas mismas líneas, los dueños de la provincia en la que vivo me trataran tan abiertamente de estúpido.
Fuente: 
Perfil.