Martes, 12 Febrero, 2013 - 20:42

Doña Rosario

Rosario y Coco, vivían con sus dos hijos. Ella ama de casa, él jubilado ferroviario.

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Mabel, su hija mayor trabajaba y José estaba haciendo el servicio militar, pensaba al ser dado de baja también ser ferroviario. Significaba, trabajo, estabilidad para siempre.
No ocurrió como lo pensó, el ferrocarril dejó de ser el transporte que hacía un servicio a Resistencia, quedaron cesantes quienes trabajaban, y la posibilidad de "heredar" el título de ferroviario: se frustró. Se fue a vivir a Bs. As. Hacía changas, y vivía en el vagón un de tren.
Doña Rosario, era el prototipo de buena ama de casa y vecina curiosa, a la vez solidaria. Se comunicaba con su marido casi a los gritos, no peleaban, pero era el modo de hablar, fuerte y desde lejos, mientras, don Coco, "montado" en su silla pasaba las horas en la vereda, saludando a unos y otros, fumando copiosamente, dejando las colillas como collar entre las patas de la silla, hasta que Rosario lo llamara a comer.
Mabel se puso de novia. Cuando el Beto venía se sentaban en el comedor, mientras doña Rosario hacia tiempo en un rincón, tratando de esconderse tras una revista.
José la conoció a Carmen y tuvieron un bebé, entonces preguntaron a Doña Rosario si ella lo podría criar. Pese al impacto, doña Rosario no se negó y recibió un pequeñito envuelto en mantas que quedaría con ella hasta que sus padres ahorraran un dinerillo más en BS. AS antes de volver.
El instinto de madraza de Doña Rosario, no hizo más que pensar en el bienestar de sus hijos, ahora ya tenía un nieto, entonces decidió que debía "ser justa", tenían dos propiedades, pondría cada una a nombre de uno de ellos, total, cuando regresara José y Carmen vivirían con ella, y luego les quedaría. Y en la otra casita lo haría Mabel, que estaba pronta a casarse, sólo que no había terminado de preparar su ajuar y el Beto ahora ya era chofer de colectivos.
Mabel se casó, José y Carmen se instalaron en la casa paterna. Eran dos los hombres de la casa, pero José fue perdiendo autoridad al no encontrar trabajo y se fue refugiando paulatinamente en el alcohol, al no poder afrontar el mantenimiento de Carmen, su niño y la beba que había nacido. Carmen encontró trabajo de doméstica, pero cuando volvía tenían fuertes peleas que terminaban dando José un portazo.
Doña Rosario llevaba los niños a la cama grande, y vaya a saber los pensamientos de Carmen.
Mabel y el Beto, quisieron cambiar de vida, y eligieron una ciudad del Norte para trasladarse, y decidieron vender la casa confiados que era dinero suficiente para instalarse en otra provincia, comprar otra y que el Beto encontrara trabajo.
La situación entre Carmen y José se agravó, y entre gritos, insultos y golpes resolvieron separarse. ¿Cómo lo harían, quien se quedaría con la casa? ¿A quién le pertenecía a Doña Rosario, ya viuda, a José o Carmen y sus hijos (nietos) tenían derechos? Esto se convirtió en un tiempo de idas y vueltas, de discordia y de gran angustia para Doña Rosario, que caminaba zing zageante por la vereda, con las lágrimas mojándoles las mejillas, y repitiendo "Ahora, me echan?y era mi casa, fue las de mis padres?".
Mientras, allá a 1.500 km al Norte, las cosas no habían ido bien, el dinero no había alcanzado, para todo, entonces, lo usaron para sobrevivir y comprarse un autito usado, que quizás sirviera de algo. Y cuando ya fue mermando el dinero, decidieron volver. ¿Pero adonde? Por lo menos estaba la familia, pensaron.
Casi como una pesadilla, la casa de Doña Rosario se vendió y José dispuso a su criterio del dinero y de lo que consideró tenía que darle a su mujer.
Mabel llegó con su pequeña familia a Resistencia, y tuvieron que buscar un espacio en un asentamiento, donde levantaron una precaria vivienda a donde fue Doña Rosario, como única alternativa, también con la intención de apoyarlos con la magra pensión que le dejara Don Coco. Tenía 72 años en ese entonces.
Caminando lento, arrastrando los pies, titubeante con sus ojos nublados por las cataratas, un día caminando cerca del hospital , de pronto sonrió y abrazó a una antigua vecina, y casi en un susurro murmuró: " yo no sabía que existía la palabra "usufructo", todavía tendría mi casa?.en fin?".
(*) [email protected]