Domingo, 9 Diciembre, 2012 - 12:47

Avances y dudas más allá del 7D

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Preguntas sobre qué nuevos actores emergerán y sobre la construcción del "tercer sector".

Aún si hubiera habido 7/D en los términos previos a la última
extensión de la cautelar planteada por el Grupo Clarín podría haberse
hablado de 7/D con el vaso medio lleno o de 7/D con el vaso medio vacío.
Mucho antes de que la ley de servicios audiovisuales entrara al
Congreso para su debate y sanción, desde este espacio se dijo que la
pura letra fría de la ley, por mejor redactada que estuviera, no iba a
ser suficiente herramienta para afrontar la construcción de una
comunicación auténticamente democrática, con fuerte participación de
actores que no fueran ni privados ni estatales.
Esa comunicación iba a
depender ???y depende??? de mucha voluntad de las distintas autoridades
gubernamentales, de su capacidad de gestión, de mucha generosidad
política y participación, de la vitalidad de la propia sociedad y de los
respaldos que la sociedad recibiera en términos de estímulo,
financiación y viabilidad de proyectos, profesionalización, generación
de redes federales de producción y contenidos. La ley necesita tiempo y
sociedad. A tres años de la sanción de la norma, el objetivo de construir el
tercer sector ha sido cumplido sólo parcialmente y a partir no tanto de
la tarea de la Afsca como de experiencias tan valiosas e innovadoras
como las que se generan, por ejemplo, desde el Instituto de Cine, el
Bacua (Banco Universal de Contenidos Universales Argentino), la
Televisión Digital Abierta, la TDT, o la señal Encuentro. La derecha aún
recuerda con deleite morboso aquel llamado a licitación hecho por la
Afsca de cara a la conformación del tercer sector que terminó mal.
No
queda claro qué pasó en ese caso, si se trató de una deficiencia en la
gestión del organismo, que tampoco termina de afinar datos sobre el mapa
comunicacional argentino o sobre la cantidad de empresas que maneja el
Grupo Clarín. Como sea, la construcción del tercer sector avanzó con
trabas y dificultades. Habría que añadir que esas dificultades en parte
son entendibles y estaban previstas: lo que se está haciendo en
Argentina en materia de políticas de comunicación y cultura, incluyendo
la ley de medios, es una suerte de gigantesco experimento social, una
exploración y construcción de nuevos paradigmas (que además no vienen
con un librito o teoría cerrada), algo que apenas tiene antecedentes
mundiales. Al mismo tiempo, los procesos de adecuación, más allá de las
guerrillas judiciales y administrativas que seguirán dilatándose en el
caso de Clarín u otros actores posibles, parecen encaminarse más a un
reparto de poder entre actores empresarios, a veces al interior de los
grupos, que a una construcción social nueva y potente. Aún así, y dado
que la adecuación implicará desconcentración (de nuevo: más allá de lo
que suceda con el caso Clarín), hay un avance importante que seguirá
necesitando nuevos ajustes, más transformaciones y, sobre todo, mucho
tiempo, porque el cambio al que se apuesta es cultural, social, y no
exclusivamente relacionado a un problema de titularidades de licencias. Avances, dudas. Hay, entre sectores que apoyaron y
apoyan la ley de medios, una sensación ambigua respecto de los
resultados de su implementación. Parte de lo mejor es el alto nivel de
legitimación de la norma.
El dato puede verificarse en el hecho de que
incluso la mayoría de los sectores opositores dejaron de impugnarla a
los gritos. Lo que en todo caso cuestionan es cómo se está aplicando.
Las dos críticas más fuertes tienen que ver con la no creación del
tercer sector y con el hecho de que la ley no se haya aplicado en tres
años a grupos que no fueran Clarín, amparado en la cautelar. La
respuesta a la que apeló el Gobierno respecto de la segunda crítica es
que aplicar la ley a otros grupos hubiera significado fortalecer el
poder del holding más poderoso, contrariando el espíritu de la norma.
En cuanto a las sensaciones ambiguas, algunas tienen que ver con las
reingenierías a las que parecen apostar grupos como Vila-Manzano o el
del santiagueño Néstor Ick, que según describió Martín Sabbatella se
adecuarían repartiendo licencias "en familia". Sabbatella incluso
sugirió que los accionistas del Grupo Clarín tendrían derecho a hacer
algo parecido, hipótesis que alguna vez se manejó desde estas páginas.
Esa salida no está en absoluto reñida con la letra de la ley, no es
ilegal, sin embargo, parece disonante respecto del espíritu de la misma. El caso Telefé. Cuando promediaba el debate sobre la
ley de medios, diputados opositores de centroizquierda ???bien dispuestos
a apoyar la norma??? alertaron sobre el rol que pudieran tener las
telefónicas en el negocio de la comunicación
La respuesta del
kirchnerismo fue rápida e inteligente. La Presidenta misma anunció que
quedarían afuera. Hoy, la situación parece distinta: el oficialismo
relativiza la relación entre Telefé y Telefónica. Los argumentos sobre
el origen de los capitales de Telefónica española y sobre la relación
entre ésta, Telefónica de Argentina, Telefé y la prestación de servicios
tienen una parte cierta pero son "endebles", según dijo el respetado
especialista Martín Becerra, apelando a un calificativo prudente. Una
hipótesis posible sobre el modo en que se aplicaría la ley en ese caso
pasa por la idea de la negociación: una suerte de tolerancia hacia la
situación aparentemente irregular de Telefé y a cambio el compromiso de
esa empresa de desprenderse de su exceso de licencias.
De nuevo, en este caso la mitad del vaso lleno corresponde a uno de
los objetivos cruciales de la ley: desconcentrar primero, para luego
diversificar las voces. Lo que no está claro es hasta dónde el perfil de
los eventuales compradores de licencias cedidas por los grupos se
corresponderá con la idea de una comunicación distinta o más diversa.
Aquí entran a tallar otras complejidades. La primera tiene que ver con
los plazos de las transferencias. Entre la presentación de los planes de
adecuación o la actuación de oficio de la Afsca, las tasaciones, el
llamado a concurso, el éxito o no de ese llamado a concurso, se suman
tiempos quizá más largos de los informados por Sabbatella. La segunda
complejidad, que ya se planteó en estas páginas, es qué empresarios o
nuevos actores comunicacionales tendrán espaldas financieras para
hacerse cargo de las licencias y sostenerlas en el tiempo. La tercera es
"qué comunicación" saldrá en cada caso. Si es por un tipo de
comunicación popular (expresión que se enuncia fácil pero dice poco), no
parece que el "tercer sector" pueda ser comprador de empresas. Un ideal
posible pero difícil de concretar sería que emergentes de ese tercer
sector pudieran acceder al menos a pequeñas o medianas empresas mediante
ingenierías y sinergias en las que confluyan ???como sucede en algunas de
las experiencias mencionadas más arriba??? patas federales,
universitarias, cooperativas, de organizaciones sociales. Éste es otro modo de decir que lo que la Ley de Servicios de
Comunicación Audiovisual necesita para dar lo mejor de sí es un
escenario político-cultural como el actual, con un Estado (nacional,
provincial, municipal) presente a la hora de seguir estimulando su
potencial. Pero además se requiere de tiempo, mucho tiempo, y mucha
creatividad. Uno de los argumentos más necios que usaron quienes se
opusieron a la ley fue el de decir "la ley me gusta, pero no con este
Gobierno".
La ley trasciende al gobierno que la sancionó y si es buena
queda para ser implementada. Si algún opositor quiere mejorar su
implementación puede hacer fuerza desde su lugar de representación en la
Afsca, desde el Congreso, desde los medios o en un próximo gobierno, y
si la ley no previó alguna cosa puede modificarse. Tiempo es lo que se necesita, dedicación, generosidad, creatividad,
capacidad de gestión y de innovación. A la ley hay que imaginarla y
proyectarla trascendiendo lo que fue cierto imaginario mágico del 7/D,
entre otras cosas porque la inmensa y complejísima ecuación de la
comunicación y la cultura no se resuelve exclusivamente con la fórmula
"Grupo Clarín adecuado". Si es por las reingenierías internas que vayan a
practicarse al interior de cada grupo, acaso dentro de veinte años
nadie se acordará de quiénes eran socios, amigos o familiares; menos aún
en un negocio donde las lógicas financieras cambian los escenarios a un
ritmo vertiginoso, en general perverso. Las grandes transformaciones
culturales hay que medirlas en tiempos largos. Apurarse hoy en hacer el
balance de lo que está sucediendo puede ser un ejercicio equivocado y
eso incluye esta propia nota.

Fuente: Infonews