Miércoles, 28 Noviembre, 2012 - 18:32

En medio del aislamiento y la soberbia
Una semana para recordar la virtud del diálogo

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En esta
tercera semana de Noviembre de 2012 el país ha vivido una segunda protesta
social en apenas doce días.

Mucha gente hizo suya la medida de fuerza más allá de los dirigentes que la convocaron.
Este primer paro nacional contra el gobierno de Cristina Kirchner no pasó inadvertido, aunque se haya pretendido minimizarlo como un simple "apriete" de gremialistas opositores.
No resulta difícil relacionar el mensaje de las multitudes que reclamaron justicia y libertad, seguridad y derechos en la marcha del 8 N, con la extendida adhesión al paro del último 21 de Noviembre en los principales centros urbanos del país, como una respuesta a métodos de gobierno que señalan un camino distinto del que lo llevó al poder.
Es evidente que la Presidenta está pagando ahora un precio por el aislamiento y la soberbia con que conduce los asuntos públicos y un estilo de confrontación permanente. La gente quiere ser escuchada y le resta acompañamiento día a día, mientras crece un malhumor social que le reprocha un grave desconocimiento de la realidad y la falta de diálogo para encontrar soluciones de conjunto, mientras muchos problemas del país se agravan y se postergan, no se resuelven.
Ha comenzado un ajuste de la economía que están pagando en primer lugar los asalariados, con una carga impositiva desmedida que se mantiene e incrementa cada vez más por el alto impacto inflacionario, y en segundo lugar lo pagan las Provincias, que sufren restricciones y demoras en el reparto de los recursos nacionales.
Mientras el gobierno pierde iniciativa en el espacio público y se rodea solo de núcleos reducidos de fanáticos, se niega a revisar algunas políticas como los altos impuestos que se cobran por trabajar - que no son ganancias empresarias y que indignan a la mayor parte de la sociedad-, sin modificar el mínimo no imponible en más de una década.
Si la respuesta al paro del día 21 es que nada se cambiará y sólo resta esperar las nuevas elecciones, es porque todo principio de diálogo o negociación, es para el gobierno una señal inaceptable de debilidad. Sólo caben las prácticas hegemónicas y la oratoria inflamada de soberbia, el ninguneo de la oposición y de los justos reclamos populares. Es que, bajo la inspiración del sociólogo Ernesto Laclau, el gobierno asume una concepción política en que todo se estructura sobre el campo traumático del antagonismo social.
Vale recordar en homenaje a la madurez y la racionalidad puesta en la acción y el pensamiento de la dirigencia política, que esta misma semana se cumplen cuarenta (40) años del célebre encuentro de Perón y Balbín, que marcó para los tiempos un profundo mensaje de diálogo y pacificación nacional.
El 19 de Noviembre de 1972, el general Perón recién regresado al país luego de 18 años de proscripciones, y Ricardo Balbín, líder del radicalismo, se reconciliaron en la casa de Gaspar Campos, en Vicente López. Ambos dirigentes supieron deponer el encono y los agravios que durante muchos años habían impregnado la política nacional y desde que el propio Balbín fuera expulsado de la Cámara de Diputados y preso por desacato durante diez meses en la cárcel de Olmos.
Con aquel encuentro de Perón y Balbín quedó demostrado que ambos supieron leer la historia, despojarse de los errores que engendran las pasiones humanas y entender de alguna manera, la esencia de la política.
La llegada de Balbín y Vanoli a la casa de Perón no fue fácil. Una multitud obstaculizaba el ingreso a la casa de Gaspar Campos 1065; más aún, la JP de los Montoneros no dejaba de insultar a los invitados del General Perón. Ricardo Balbín logró llegar a la residencia de Vicente López cuando eran casi las ocho de la noche, y Perón ya no estaba solo. Estaba acompañado por otros dirigentes miembros de "La Hora del Pueblo".
Aquella noche los Balbín y Vanoli debieron ingresar a la residencia del jefe justicialista por los fondos del chalet. Sortearon un muro con una escalera e ingresaron a la residencia. Enrique Vanoli, secretario del radicalismo, que acompañó a Balbín, dijo entonces que el viejo líder no había saltado un muro. "Ha saltado un abismo" razonó.
Testimonios del encuentro recuerdan que en la penumbra, alguien intentó hacer las presentaciones de rigor, pues ambos dirigentes nunca se habían tratado personalmente, pero ellos omitieron el formalismo y sin reservas primero estrecharon fuertemente sus manos y luego se dieron un abrazo casi fraterno.
Afuera, ya noche cerrada, los militantes de la JP repitieron hasta el cansancio: "Basta de gorilas, Montoneros, Montoneros, duro, duro, lo mismo que Aramburu". Mientras tanto en el interior de la casa se concretaba la primera reunión plenaria de "La Hora del Pueblo" con Perón y Balbín en la mesa de deliberaciones, y quedaba desmantelada la estrategia de Lanusse de organizar su "Gran Acuerdo Nacional", para instalar en el poder un candidato afín al partido militar. Comprendieron que el consenso debería primar sobre la discordia y que la competencia sólo se daría en las urnas.
"El que gana gobierna y el que pierde acompaña", fue el lema que lanzó Balbín aún sabiendo de antemano la suerte electoral del radicalismo. Perón dijo entonces "Con Balbín voy a cualquier parte", y encomendó seguir siempre sus consejos. Pero las jóvenes elites armadas de entonces no entendieron el mensaje y mantuvieron su apuesta a la violencia política. No supieron o no quisieron discernir entre la resistencia a la dictadura y los disensos propios de la convivencia democrática.
Luego Perón se iría de la vida como siempre había querido: con el reconocimiento de todo el pueblo argentino. Y Balbín frente al féretro del General habló para la historia: "Este viejo adversario despide a un amigo".
Después la historia siguió su curso con el acuerdo del restaurante "Nino"; el retorno de Perón a España; el triunfo del 11 de marzo y la última proscripción; la masacre de Ezeiza; la renuncia de Cámpora; Perón Presidente; el asesinato de Rucci; Plaza de Mayo y el reto a Montoneros; la muerte de Perón; el caos y el 24 de marzo de 1976. El resto, una tragedia dolorosa, por no haber comprendido aquel primer abrazo de Perón y Balbín.
Por ello, aquel episodio resume una verdadera lección para la historia política argentina, nos enseña la virtud del diálogo y nos advierte que los auténticos líderes tienen integridad moral, amplitud de miras, un compromiso concreto por el bien común, capacidad de escuchar al otro y por proyectar más allá de la coyuntura. Esta era la concepción que sellaron con su abrazo Perón y Balbín. Dios quiera que sepamos tomar nota de aquella lección de la historia.
(*) Diputado Nacional