Sábado, 24 Noviembre, 2012 - 18:00

Por Luis Tarullo (*)
El presente desune, el pasado reúne

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Lo que el Gobierno desune, el Gobierno reúne.

Suena paradójico, pero al menos en el universo sindical peronista parece proyectarse ese principio tan particular en estos tiempos.
De todas maneras, no será la única administración portadora de ese contradictorio récord, ya que hubo otras que empezaron separando a las dirigencias gremiales y sus propias falencias y errores terminaron consolidando la reunificación número un millón a partir del casi impar espíritu corporativo de los sindicalistas.
En las últimas jornadas hubo en cámara rápida una síntesis histórica de décadas de peronismo y de lo que se ha conocido en todas las épocas como su "columna vertebral", que son el sector trabajador y sus representantes.
Con los fuertes precedentes de las manifestaciones sociales del 13 de septiembre y del 8 de noviembre, las CGT y la CTA opositoras (dirigidas por Hugo Moyano, Luis Barrionuevo y Pablo Micheli, respectivamente) hicieron su paro del 20 de noviembre, donde innegablemente los cortes de calles y rutas fueron factor fundamental para el éxito de la huelga, a partir de la falta de adhesión -al menos formal- de la Unión Tranviarios Automotor (UTA), que aún milita en el oficialismo.
Más allá del inevitable debate sobre métodos y efectividad de la protesta y los también ineludibles cruces entre oficialistas y opositores, el cese de actividades dejó varios puntos interesantes para la reflexión y para anotar en el marco del devenir de la realidad.
En primer lugar el paro fue político, haciendo caer en saco roto la calificación que pretende ser descalificación y que usan todos los gobiernos, sin excepción, para criticar medidas de estas características.
Es político simplemente porque -ni más ni menos- cuestiona y pide cambio de rumbo a una administración empeñada en sostener un esquema sobre pilares entre los que se cuentan varios que perjudican directamente a los asalariados.
Entre esos pilares están el Impuesto a las Ganancias y la reducción o quita de las asignaciones familiares, que directamente rebajan los sueldos, y la apropiación de fortunas que pertenecen a las obras sociales sindicales, los entes de salud a los que acuden a diario millones de trabajadores que los solventan con sus aportes mensuales.
Esas deformaciones del sistema -gravar los sueldos, aun los más modestos, negando obcecadamente que los haberes no son ganancia, y no reintegrar dinero que no le pertenece- le permiten a la administración de Cristina Fernández de Kirchner alimentar las arcas fiscales a costa de los trabajadores.
En cuanto a la metodología, sin duda es cuestionable -e incluso hay penas previstas por la ley- la interrupción del tránsito en cualquier vía pública. Pero todo se diluye en el mar de las contradicciones en el mismo momento en que desde el Gobierno se critica esa práctica ahora, cuando en el pasado no muy lejano le fueron funcionales los grupos que maltrataron con sus cortes a millones de ciudadanos, incluso en algunos casos con años de duración, como el del puente de Gualeguaychú-Fray Bentos por la cuestión Botnia.
Otro tema son los reclamos enarbolados por la CGT Moyano, la CTA Micheli y la CGT Barrionuevo, y ahí comienza a emerger un aspecto importante para arriesgar posibles cambios en el statu quo en un futuro no muy lejano.
Las reivindicaciones de esas organizaciones son exactamente las mismas que las de sus colegas oficialistas, o sea la CGT de Antonio Caló y la CTA de Hugo Yasky, entidades aún apegadas al Gobierno pero con ya innegables presiones de sus bases para que, por lo menos, sus salarios no sigan siendo castigados por la voracidad fiscal.
Encima, los dirigentes reconocidos por la Casa Rosada se están impacientando porque los entretienen con reuniones y promesas y les han dado solamente un humildísimo caramelo masticable: la no aplicación del Impuesto a las Ganancias al segundo medio aguinaldo, anunciada por la administración como si fuera un nuevo 17 de Octubre.
Las estadísticas sobre la realidad laboral que alcanzan a todos, sin excepción, también se suman a la inquietud generalizada de los sindicalistas. Aunque sólo unas décimas, el desempleo aumentó en el tercer trimestre de 2012 con respecto al mismo período del año pasado, mientras el trabajo en negro no cede.
Además, producto de la actualidad económica y medidas gubernamentales innegablemente inadecuadas, hay sectores en los que se observan problemas de empleo, precarización y crecimiento de la conflictividad.
Todo esta combinación de situaciones permite anotar ahora sí con letras más visibles la posibilidad de una reunificación sindical para la cual, como en todas las otras ocasiones, no será impedimento el duro fuego cruzado en al menos este último año entre la dirigencia tradicional, en la cual nadie puede tirar la primera piedra.
Los oficialistas de hoy critican a los oficialistas de ayer. Los opositores de hoy denuestan a los opositores de ayer. Y comienzan a admitir, seguramente unos más que otros, que nuevamente desde Balcarce 50 supieron explotar sus inalterables ambiciones para dividirlos.
Pero hubo un hecho espontáneo que operó como catalizador de los malestares y puede terminar siendo uno de los elementos unificadores. La incontinencia verbal le jugó al senador Aníbal Fernández una mala pasada y terminó poniendo a los gremialistas, aunque fuera por algunos días, en la misma vereda.
Fernández rebautizó a Moyano como "Augusto Timoteo", en su afán por calificarlo como "traidor". Es que Vandor recibió ese mote cuando hace casi 50 años intentó forjar un "peronismo sin Perón", mientras el líder del Justicialismo estaba en su exilio español.
El senador, morador desde la función pública o en su escaso tránsito por el llano de todos los gobiernos peronistas de la etapa democrática en curso, no midió que Vandor, más allá de sus derrapes políticos, fue el maestro de todos los dirigentes sindicales peronistas contemporáneos -expertos en aquello de golpear, pegar o apretar para negociar- y terminó asesinado.
No tuvo en cuenta que estaba tirándole un balde de pintura al jefe de la CGT progubernamental, el metalúrgico Antonio Caló, heredero de Vandor, de José Ignacio Rucci y de Lorenzo Miguel, próceres de la UOM. O sea, todo mal.
Pero a esta altura de los acontecimientos es difícil de creer que Aníbal Fernández tuvo un descuido propio de un principiante en la política. Ni siquiera los noveles dirigentes de La Cámpora se animaron a tanto, aunque en este caso es posible pensar que la mayoría de ellos ni siquiera sabe quién es Lorenzo Miguel, y mucho menos quienes fueron los anteriores.
Podría pensarse que lo de Fernández pudo haber sido una provocación, pero también es difícil de admitir tamaño voltaje para una simple chicana destinada a generar una reacción de Moyano, quien se sintió afectado, pero no tanto como los propios sucesores directos del vandorismo en la UOM.
Suele interpretarse que las expresiones destempladas, la descalificación y los gritos son producto de la impotencia que produce ir derrotado en una discusión o debate o la falta de argumentos para sostener una postura. ¿Habría que bucear en esas aguas una posible explicación a las afirmaciones del senador? La Presidenta también trató de menguar el efecto del paro y replicar a la dirigencia que ahora es su enemiga, embarcándose en reivindicaciones de hechos y figuras que pretendió contraponer a los actuales dirigentes que la critican. Pero también quedó enredada en una dialéctica pletórica de omisiones, visiones parciales y contradicciones históricas que parecieron denotar una mezcla de intencionalidad y falta de información, cóctel complicado si los hay.
Lo que surgió con claridad al cabo de estas movidas jornadas es que en los campamentos de los moyanistas celebraron el paro y sus efectos políticos, así como la invalorable mano que les dio Aníbal Fernández, empujando hacia su redil a por lo menos parte de la pléyade de los gremialistas por ahora balcarcistas.
Varios de ellos, como Gerardo Martínez, uno de los predilectos de la Presidenta, se animaron a vaticinar públicamente un futuro con todos nuevamente en el mismo escenario.
Y de darse ese panorama, de allí a ir promoviendo alternativas políticas con vistas a 2015, hay un trecho breve. Parece insólito, cuando hasta hace apenas días los sectores en pugna pisoteaban atrozmente los pétalos de los rosales y se tiraban con las espinas.
Pero no será la primera vez ni la última en el particular mundo de los sindicalistas peronistas que -también con la participación de gobiernos que pretenden domarlos- que el presente los desune, pero al final el pasado los reúne.
(*) Periodista Agencia DyN
Fuente: Agencia DyN