Martes, 20 Noviembre, 2012 - 18:10

Bajo el mismo clima social
El paro nacional pareció una continuidad del 8N

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La presencia masiva y la ausencia generalizada de gente probablemente sean la manifestación de un mismo clima social de gritos y silencios.

Resulta curioso comparar las dos fotografías superpuestas del Obelisco del 8 y del 20-N. ¿Qué se vé? La Avenida 9 de Julio y la plaza de la República están ocultas por la multitud, en aquella noche del cacerolazo y ese mismo paisaje se observa vacío y sin automóviles, en el mediodía del primer paro general que se le hace al kirchnerismo.

Desde la interpretación política y más allá de estos condimentos, la presencia masiva y la ausencia generalizada de gente en dos imágenes tan contrapuestas, probablemente sean la manifestación de un mismo clima social de gritos y silencios que apunta a pasarle mensajes de bronca a un gobierno que se promociona más de lo que escucha.

Como todo paro, es innegable que éste también tiene sus condimentos políticos. Podría inscribirse en la interna del peronismo o bien en la apetencia por manejar las cajas sindicales. Sin embargo, en primera fila, hay que sumarle una potente razón económica y social que comparten, con diferentes metodologías, las cinco centrales sindicales.

Es inaudito que el Impuesto a las Ganancias se ensañe con los trabajadores y que estos tengan que rechazar horas extras o que miren con recelo cualquier mejora en el escalafón o premios, porque corren el riesgo de perder el estímulo a manos del Estado. Un Estado que luego no devuelve casi nada en prestaciones y que obliga los ciudadanos a poner plata extra en educación, salud o seguridad privada. Un Estado que, en su avidez y pese a los discursos, muestra con ese gesto nada distributivo la debilidad de las cuentas fiscales, tanto como el cepo cambiario desnuda la debilidad de la balanza comercial.

Ni Brasil, ni Chile, ni Uruguay, Colombia o Perú tienen inflación de dos dígitos, ni mucho menos la ocultan, ni impusieron un cepo cambiario, ni retenciones, ni tampoco un impuesto que tienen que pagar los ciudadanos por trabajar. Si es verdad que el dólar fue el que motorizó la protesta del 8-N, lo que quedó claro en ésta es que hubo también un fuerte fundamento económico, cuya solución el Gobierno pateó para las paritarias del año próximo. Por el lado de la metodología, está claro que los bloqueos intimidan y que el chantaje de cortes y piquetes aplicado en esta ocasión es similar al que se genera en las movilizaciones inducidas por micros fletados y por alguna oportuna vianda, cuando no por algún billete que permite llenar plazas, metodología que el Gobierno siempre cobijó. Y es evidente también que ha sido obligado en la ocasión a tomar de su propia medicina. Tras nueve años de consentir los cortes de calles y de ningunear o de llamar fascistas a quienes criticaban los bloqueos por violentos y extorsivos, a la hora de censurar estos piquetes lamentablemente los funcionarios tienen la autoridad moral un poco baja.

Es verdad que éste fue el primer paro y que muchos de quienes salieron a hablar debieron esperar que desde Olivos se armara un discurso común. O quizás pasó que tuvieron que deglutir primero el sorpresivo paro de los trenes, algo que habían garantizado que no iba suceder. Pero, escandalizarse y atribuir la amplitud de la huelga únicamente a cuestiones de "prepotencia" o al "piquetazo" sobre calles, rutas y vías férreas, emparenta esos argumentos a los que usaron otros oficialismos de gobiernos anteriores, con la desventaja para éste que, pese a tener un lenguaje tan similar, nunca sus miembros se reconocerían como "gorilas".
(*) Director periodístico de DyN