Domingo, 28 Octubre, 2012 - 11:43

Por Ricardo Forster
Cabalgando contra el viento

Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana.

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Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana,
cuyo nombre no deja de tener resonancias míticas y fabulosas, un viejo
militante de los setenta, aggiornado a los cambios de una época poco
dispuesta a recobrar espectros dormidos, derramó sobre una sociedad,
primero azorada y luego sacudida por un lenguaje que parecía
definitivamente olvidado, un huracán de transformaciones que no dejaron
nada intocado y sin perturbar.

Un giro loco de la historia que emocionó a muchos y preocupó, como
hacía demasiado que no ocurría, a los poderes de siempre. Sin esperarlo,
con la impronta de la excepcionalidad, Néstor Kirchner apareció en una
escena nacional quebrada y sin horizontes para reinventar la lengua
política, para sacudirla de su decadencia reinstalándola como aquello
imprescindible a la hora de habilitar lo nuevo de un tiempo ausente de
novedades.
Kirchner, entonces y a contrapelo de los vientos regresivos de la
historia, como un giro de los tiempos, como la trama de lo excepcional
que vino a romper la lógica de la continuidad. Raras y hasta insólitas
las épocas que ofrecen el espectáculo de la ruptura y de la mutación;
raros los tiempos signados por la llegada imprevista de quien viene a
quebrar la inercia y a enloquecer a la propia historia, redefiniendo las
formas de lo establecido y de lo aceptado. Extraña la época que muestra
que las formas eternas del poder sufren, también, la embestida de lo
inesperado, de aquello que abre una brecha en las filas cerradas de lo
inexorable que, en el giro del siglo pasado, llevaba la impronta
aparentemente irrebasable del neoliberalismo.
Es ahí, en esa encrucijada de la historia, en eso insólito que no podía
suceder, donde se inscribe el nombre de Kirchner, un nombre de la
dislocación, del enloquecimiento y de lo a deshora. De ahí su extrañeza y
hasta su insoportabilidad para los dueños de las tierras y del capital,
que creían clausurado de una vez y para siempre el tiempo de la
reparación social y de la disputa por la renta. Kirchner, de una manera
inopinada y rompiendo la inercia consensualista, esa misma que había
servido para reproducir y sostener los intereses corporativos,
reintrodujo la política entendida desde el paradigma, también olvidado,
del litigio por la igualdad.
En el nombre de Kirchner se encierra el enigma de la historia, esa loca
emergencia de lo que parecía clausurado, de aquello que remitía a otros
momentos que ya nada tenían que ver, eso nos decían incansablemente, con
nuestra contemporaneidad; un enigma que nos ofrece la posibilidad de
comprobar que nada está escrito de una vez y para siempre y que, en
ocasiones que suelen ser inesperadas, surge lo que viene a inaugurar
otro tiempo de la historia. Kirchner, su nombre, constituye esa
reparación y esa inauguración de lo que parecía saldado en nuestro país
al ofrecernos la oportunidad de rehacer viejas tradiciones bajo las
demandas de lo nuevo de la época. Con él regresaron debates que
permanecían ausentes o que habían sido vaciados de contenido.
Pudimos
redescubrir la cuestión social tan ninguneada e invisibilizada en los
noventa; recogimos conceptos extraviados o perdidos entre los libros
guardados en los anaqueles más lejanos de nuestras bibliotecas, volvimos
a hablar de igualdad, de distribución de la riqueza, del papel del
Estado, de América Latina, de justicia social, de capitalismo, de
emancipación y de pueblo, abandonando los eufemismos y las frases
formateadas por los ideólogos del mercado.

Fuente: Infonews