Viernes, 7 Septiembre, 2012 - 10:37

¿Usted sabe quién soy yo?

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Este jueves tuve un altercado telefónico con el juez Ricardo Franco.

No pensaba hablar de esto si él no hablaba, así como hubiera preferido evitar ese altercado, pero como a la noche me golpeé un pie y ando rengo, me pregunté si no había sido una señal para hacerlo público, como cuando se alinean los planetas y esas cosas.


No fue un malentendido, que quede claro. Franco, ministro del Superior Tribunal de Justicia chaqueño, me saludó despotricando contra "ustedes" (los medios de comunicación en general, supongo, salvo el honroso caso del conductor Julio Wajcman, ya diré por qué); también contra algún diputado en particular -al que llamó "ladrón de espacios públicos"- y contra todo lo que se moviese.


Para no andar con vueltas arrancaré por lo medular, que vino al final. Ya entre gritos de ambos y habiendo quedado claro que yo no estaba grabando la conversación ni pensaba, a esa altura, hacerle una nota (también estaba claro que él no me la daría), le dije:


-Estoy hablando a título personal, Franco, y Diario Chaco no tiene nada que ver en esto, así que le recuerdo que mi nombre es Cristian Muriel. Anoteló por ahí: Cristian Muriel.

-Ajá.
-Franco: Usted es un Salame.


Más que indignado pareció sorprendido. Parecía haber olvidado la época en la que un ciudadano raso se hubiese dirigido a él sin merituar acasos, talveces, jinetas ni honores:

-¿Usted me dijo Salame?
-Sí, -repetí-, Salame; y si no estuviéramos hablando por teléfono, si estuviéramos cara a cara, esta conversación terminaría de otra manera.

Así de caliente estaba.

La cosa venía de gritos y ya no había vuelta atrás, él siguió machacando que lo único que queríamos (los medios o Diario Chaco, no lo precisó -salvo el honroso caso del conductor Julio Wajcman, como dije) era "que pisara alguna piedra" o un palito o algo que lo hiciese trastabillar. Nunca supe cómo quería que lo tratase para sentirse a gusto, pero le señalé por enésima vez que así como le habíamos dado espacio a quienes lo cuestionaban, queríamos que él plantease lo suyo -una característica demostrable de Diario Chaco a lo largo de los años-. Le dije además que en última instancia la sociedad merecía saberlo, pero que de todas formas ya no importaba porque no pensaba hacerle ninguna nota. Entonces dobló la apuesta:


-¿Usted sabe quién soy yo?
Yo repregunté retórica, sarcásticamente:
-¿Qué se cree, que vivo en Córdoba?
-¿Usted sabe qué lugar ocupo yo en el poder del Estado en esta provincia?


Si esperaba que le respondiese con una venia estaba equivocado:
-Chau Franco, -me despedí y corté la comunicación-.

Ahora bien: es imperdonable de mi parte haber perdido los estribos con alguien a quien pensaba entrevistar. Los que me conocen y aquellos a los que hice alguna nota pueden dar fe de que no soy así. Además, conciente de que la empresa en la que trabajo no es "mi" empresa, jamás expongo al medio al escarnio por creerme el último Samurai: trato de presentar la versión de la realidad del entrevistado y que el lector decida. No soslayo ni hermoseo lo que dice el personaje. ¿Qué pasó, pues, en esa conversación, que me salí de mis cabales?

A las 16 y moneda del jueves llamé a Franco, al juez Ricardo Franco del Superior Tribunal de Justicia, uno de los cinco ministros del Poder Judicial del Chaco, hombre a la sazón cuestionado por sus dichos (los que informalmente comparto) sobre los políticos, funcionarios y jueces que apañan, mantienen y se sostienen económicamente por mor de sus vínculos con la delincuencia. Lo llamé con el mismo respeto con que llamo a todo el mundo.

La historia es conocida: lo de los vínculos entre el poder y la delincuencia lo dijo en el programa de José Viñuela en Radio Libertad y no tuvo oportunidad de explayarse porque la periodista Gabriela Pellegrini, acaso en el vértigo de la entrevista, le cambió el tema. Diario Chaco reprodujo esa entrevista.


Desde el ministro de Gobierno, Juan Manuel Pedrini, hasta los diputados provinciales resolvieron que el magistrado debía comparecer, para rectificar o ratificar sus dichos y eventualmente para ampliar sus acusaciones, ante el flamante Consejo de Seguridad Provincial y ante la Comisión parlamentaria de Legislación General. Como todo juez acostumbrado a hablar por sus sentencias (muletilla de Franco durante los cuestionamientos a la constitucionalidad de su nombramiento), fuera de su elemento, fuera de su despacho, expuesto a los debates públicos, se altera con facilidad. Y es allí a donde los políticos de profesión parecen querer llevarlo: al llano.

Como mi llamado orillaba la siesta, le pregunté si era un buen momento. Me gruñó que no, que no era el mejor momento porque estaba con un montón de cosas, pero que le dijera qué necesitaba. Le recordé que al mediodía había hecho declaraciones al programa de Julio Wajcman y que me gustaría que las ratificara. "¿Que ratifique qué? ¿Qué quiere que ratifique? (no comprendí que la palabra "ratificar" lo tenía un poco nervioso). Ustedes lo que quieren es que pise una piedrita (o "un palito", sabrá el lector disculpar mi memoria en este punto)", me dijo. Le expliqué que no habíamos podido acceder al audio del programa de Julio y que en último caso nos gustaría tener nuestra propia nota al respecto. "Lo que tenía que decir ya se lo dije a Julio".


Franco me amonestaba a los gritos. Ante cada intento mío de explicarle que nadie quería hacerle pisar nada me interrumpía con algún reto desde vaya uno a saber qué altura, qué promontorio del Olimpo. Esta lógica se repitió durante un par de minutos: yo tratando de convencerlo de que sólo quería una declaración suya; él haciéndome saber que yo pertenecía a una especie de jauría cimarrona que sólo se contenta con la sangre de sus víctimas (la metáfora es mía, por supuesto). Me pareció prudente enfrentarlo a un hecho incontrastable:


-Pero Franco, usted le dio una nota a Julio Wajcman.
-¡Ah: a Julio! ¡Pero es Julio!, -me informó-.

La conversación se puso redundante y espesa. La única diferencia entre mi "Buenas Tardes" y lo que siguió fue que también yo empecé a levantar la voz, y en un momento dado pasó lo que conté al principio: le dije Usted es un Salame. Fue mi pequeño, mi ínfimo triunfo ante un tipo evidentemente convencido de que como ejecutor último de las leyes de la provincia está por encima de cualquier normativa y, desde ya, por encima de cualquier mortal, y que su mayor aporte al periodismo, a estas alturas en las que no parece deberle explicaciones a nadie, es disciplinarlo.

Verá el lector que no mencioné su nombramiento como juez supremo sin rendir examen. No hablé de aumentos de sueldos para magistrados violando la ley de enganche ni de la aquiescencia de esa corteante la determinación de mandar al limbo administrativo a la jueza Lotero de Volman, ni de lo que pienso de ese tribunal de cinco. No hablé de la ley de "desamparo" que pergeñaron y avalaron con una legislatura adicta al unicato de un criador de brangus, ni del hecho tal vez testimonial pero esperanzador de que un gobernador cumpliera su compromiso de campaña de pedir que lo remuevan por inconstitucional, medida reclamada por otros antes que él.


Esas cosas las digo, las punteo ahora, con mi firma al pie, a título personal, con la misma responsabilidad con la que le dije, después de que escupiera sobre un cimiento básico de la democracia como es el derecho a la información, que es un Salame.
(*) De la Redacción de Diario Chaco.