Domingo, 2 Septiembre, 2012 - 14:02

Sultanes del ritmo: los nuevos prospectos radicales

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Mientras define sus cuitas, el radicalismo chaqueño está aprendiendo a ser oposición.

Quiere desmarcarse del temperamento obstaculizador y la verborragia enojosa que lo sepultó bajo las ruinas de ese ya mítico 54% o, si se prefiere, del doméstico 66,56%.


Como siempre, denuncia las contradicciones del discurso del Gobierno apuntándole al primer mandatario y a su ministro más expuesto, Juan Manuel Pedrini. Eso está bien: no habrá ningún Lisandro de la Torre desmontando la trama obscena del Pacto Roca-Runciman y no habrá, sin dudas, nadie que se descerraje un tiro agobiado por el peso de los sueños rotos, pero están atentos, critican y van por la positiva.


A veces lo hacen con iniciativas más propias de un concejo deliberante que de un parlamento provincial, como el módico proyecto del NEA para que la gente use casco o se quede sin nafta. A veces parece que sólo pudieran aferrarse al estribo del carro de Jorge Capitanich, que les marca la agenda con picardía y sin perder popularidad.

Pero en el balance unos y otros impulsan la manera de ver el mundo de tipos de entre 40 y 50 años, es decir, de una generación que hasta hace poco se dedicaba a otra cosa o estaba soslayada por sus capitostes partidarios. Estos muchachos saben que ya no alcanza con sólo democracia. Con la democracia se generan condiciones para crecer y avanzar o para la rosca y la parálisis.

En esa nueva visión y misión también están Jorge Capitanich, Eduardo Aguilar y Gustavo Martínez, por nombrar oficialistas de variado pelaje, procedencia y expectativas. Y los hay en el centroizquierda. Quizás sea por eso que cada vez más los debates los encauzan y sostienen los dirigentes más jóvenes, aquellos que peronistas y radicales de paladar negro miran con recelo.


Livio Gutiérrez, de Convergencia, se ofuscó con las lábiles explicaciones oficiales por los atrasos y el financiamiento del Segundo Acueducto y se quiere meter de cabeza en la comisión de control de la obra. Domínguez y Vallejos hacen pie en los ejes que propone el gobierno, ocupan espacios, inquieren sobre el agua con arsénico de Río Muerto, no se conforman con las respuestas y hasta se animan a armar debates sobre el consumo de marihuana. No importa que intenten y fallen, o que los resultados sean insuficientes. Ni Livio ni Vallejos ni Domínguez creen que serán gobernadores en 2015, pero sientan las bases de un estilo de participación democrática que hay que celebrar en la UCR.



Mientras un Carim Peche aferrado al pasado y enojado con la vida ni siquiera fue a la sede de la
Cámara de Comercio saenzpeñense a ver qué pasaba con el acueducto aunque tuvo, eso sí, la rapidez para desestimar las explicaciones del gobernador, vía mail, al día siguiente; mientras Ángel Rozas, como si viviera en el surco de un disco rayado, se repite en la letanía de que lo subieron a un ring y le pusieron los guantes; mientras Roy Nikisch, consecuente con su historia y predicamento, permanece en el más absoluto mutismo; mientras los grandotes rastrillan la provincia buscando aliados, estos "chicos" no tan chicos la recorren con agitación militante, pero discutiendo la realidad allende el partido.


Claro que por lo pronto, si el gobierno quiere conversar con la oposición, sienta a la mesa a sus caudillos y no a sus prospectos, pero esa es otra historia.


Hay una rémora, una especie de marca de nacimiento (como señaló el propio Ángel Rozas) que suena a "el lado oscuro" de estos radicales peleadores: cuando hacen política partidaria unos y otros se muestran cicateros y mezquinos, de espaldas a la sociedad. La resolución del juzgado Federal de Carlos Skidelsky sobre las elecciones en la Convención Provincial de mayo pasado es un buen ejemplo. Generó cruces de poca monta y cotilleos inconducentes. La necesidad de mostrar a través de la prensa que el sustrato moral de sus acciones es avalado hasta por la Justicia o, caso contrario, que el juez está extraviado y sus decisiones son erráticas, no los ayuda. Pero cuando hacen "Política Para Todos" aciertan en el diagnóstico y en el mapa de ruta.



A uno y otro lado de la línea interna y virtual que separa al NEA de Convergencia están los dos radicalismos que colisionan, pero esas diferencias poco tienen que ver con los presuntos proyectos de cada hemisferio (no parece que los haya; sólo mostraron la supuesta voluntad de que todos participen, de abrir las listas y otras obviedades propias de las estapas rupturistas, pero ningún programa). Las verdaderas diferencias son, al parecer, el pasado y el futuro. Estos muchachos de entre 40 y 50 años, parados a cada lado de la frontera interna, hoy se miran de reojo, pero en pocos años conducirán el partido y seguirán debatiendo con interlocutores como el actual gobernador o el actual titular de la Legislatura.



En estos cruces vacilantes asistimos a un estilo de diálogo y disputa que, aunque provisional, nos muestra qué nos depararán los próximos años de la política vernácula. Eso, siempre y cuando la boleta única y las internas abiertas no derramen sobre el sistema político el refrescante movimiento de bases que reclama nuestra sociedad.