Domingo, 26 Agosto, 2012 - 09:42

Carta Abierta

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El marco lingüístico ntre Milton Friedman y Michael Foucault refleja los problemas de integración de la sociedad argentina.

En la contratapa de ayer se desarrolló cómo el “dialecto de prestigio” de nuestra comunidad hablante pasó de ser –simplificadamente– económico en los 90 a sociológico en la última década. Sobre qué palabras debía incluir el vocabulario personal para que alguien sea reconocido por los otros como actualizado. El pasaje de un marco lingüístico caracterizado, grotescamente, por así decirlo, por Milton Friedman, en un caso, a uno por Foucault, en el otro, refleja los problemas de integración que dividen a la sociedad argentina. La elección de un lenguaje siempre implica un compromiso con las entidades (objetos mentales) que utiliza.



El rechazo a un análisis interdisciplinario produce incomunicación y sectarismo. También respuestas inmunes a la experiencia, de forma que nadie pueda ser refutado dentro de su propio marco conceptual. Genera exclusión explicativa, encerrando más y más a cada uno en su grupo de pertenencia. Con el otro ni se dialoga.



No hay relato sobre hechos sino sobre valores, y los valores nunca pueden ser verdaderos o falsos sino correctos o incorrectos.



También el neoliberalismo hipostatizó. Su abstracción materializada fue, en el caso argentino, ser del Primer Mundo. La actual es ser un ejemplo para él.



La contratapa de ayer en PERFIL –titulada “Modelo y habla”– analizó la columna del filósofo Ricardo Forster titulada “La impostura y la obsesión”, que resultó ser un verdadero anticipo de la Carta Abierta número 12 que a las 11 de la mañana de ayer leyó en la Biblioteca Nacional el espacio de intelectuales y artistas que lleva ese nombre.



No a De la Sota y Scioli. Si bien el tercer capítulo de esta duodécima carta es donde concretamente solicita que se reforme la Constitución (ver nota de tapa), es en su primer capítulo donde se fundamenta ideológicamente toda la ponencia. Y también donde se percibe –en la “espesura” de su escritura– la mano directa de sus principales mentores por su estilo más denso, barroco y sustancioso.



Allí se dice: “No puede haber, para nosotros, continuidad” con “esa nueva derecha que quiere erigirse como heredera. Porque si apoyamos la Ley de Medios es también porque debatimos el formato bajo el cual se forjan subjetividades a la orden de la sociedad del espectáculo. Porque si habitamos el presente con angustia y entusiasmo es porque no creemos que el horizonte pueda ser definido por una idea de felicidad colectiva centrada en el consumo y la reproducción del capital”.



“Nada de esto (formas de vida emancipadoras) persistirá –continúa– si triunfan aquellos que quieren acotar el kirchnerismo a una etapa casual del peronismo, transitoria y renunciable, declarando sucesoras a las derechas internas. Lo que está en juego no es poco. Y no se trata de una oscura disputa de poder sino de la posibilidad de que lo sucedido y lo realizado no sea liquidado por los agentes de la repetición ni conjurado por las fuerzas –múltiples y extendidas– del conservadurismo argentino, presente tanto en el interior como fuera de la alianza electoral triunfante.”



No a los medios. Más adelante, el texto de Carta Abierta sostiene que “... basta leer los diarios, porque en ellos está la noticia y también el ariete que las recrea a la manera de un bonapartismo mediático”.



“Podemos ver que bajo el acoso de un impresionante aparato comunicacional se emplean estilos profundamente corrosivos.” “Todo gobierno de raíz popular hoy está en riesgo y debe partir de esa premisa.” Y agrega que el momento “reclama una nueva visión crítica de los modos comunicacionales que no sólo por ideología y voluntad, sino también por su configuración tecnológica, encarnan una suerte de gobierno de las almas, donde se infunden las nociones fundamentales de miedo, el primitivismo justiciero del vengador y el pensamiento descartable y rápido, basado en golpes pulsionales que anulan toda mediación entre sociedad e instituciones. No se trata de negar la existencia de problemas, pero todos ellos, pasados por los tejidos conceptuales y las redes mediáticas, adquieren un estatuto fantasmal”.



“Contra eso nos expresamos y luchamos”, y continúa: “Los grandes medios han decidido el esfuerzo máximo de travestismo. Mientras acusan al Gobierno de apócrifo, deciden ser de derecha cuando atacan los horizontes avanzados en cuanto a las políticas de derechos humanos; deciden ser de izquierda cuando atacan las políticas extractivas; deciden ser lo contrario de lo que fueron en el 2008 cuando en el 2012 sugieren una sojadependencia; deciden ser libertarios cuando atacan a los periódicos oficiales por ser ‘pautadependientes’, abandonando como una ilusión adolescente su situación real de ser los grandes medios de comunicación que, a su vez, son empresas del capitalismo internacionalizado, siempre dispuestas a asociarse a las causas más retrógradas del vasto mundo”.



7/12/12. El comienzo y el final de la Carta Abierta número 12 enlazan la tesis oficialista de dos batallas “constitucionales”: la plena aplicación de la Ley de Medios el próximo 7 de diciembre, con la continuidad del modelo a través de una reforma constitucional, y tácitamente la reelección de Cristina.



Pero el fin último es cambiar la matriz del PJ, cuya mayoría es de centro y centroderecha –donde De la Sota y Scioli no son excepciones–, por otra de centroizquierda. La tarea requiere también transformar el sindicalismo, base de sustentación del peronismo, para el que no ahorraron críticas: “La situación en el movimiento obrero organizado deja en evidencia el enorme retraso que existe en el campo nacional y popular con respecto a superar viejas modalidades de organización corporativa y de connivencia con las patronales, que hoy se transforman en un lastre para el proceso que vivimos. Durante décadas se amasó en Argentina un modelo de sindicalismo que si bien defendía, en algunos casos, los derechos de los trabajadores que representaba, al mismo tiempo fue constituyendo lógicas empresariales en su interior y cercenando alternativas”.



En síntesis, ir por todo.



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La "contratapa" ("Modelo y habla"), Por Jorge Fontevecchia:



Una sola de las interesantes y muy bien escritas columnas del filósofo Ricardo Forster en la revista Veintitres alcanza para conformar un glosario de época.



En la de la semana pasada, titulada “La impostura y la obsesión”, usó la palabra “mediático” ocho veces; “realidad”, seis; “poder” y “retórica”, cinco veces cada una; “ficcional/ficcionalización/ficción”, “impostura” y “relato”, cuatro veces cada una; “discurso/discursiva” y “matriz”, tres veces cada una; y utilizó dos veces las palabras “estéticas/esteticismo”, “horadar”, “sentido”, “simulacro”, “espectacularización/espectáculo”, “espesura”, “hegemonías/hegemonismo”, “popular”, “virtual” y “corporativo”.



También usó las palabras “deconstruir”, “concentración”, “acumulación”, “emancipadora”, “enunciación”, “conceptualización”, “destituyentes”, “semblantes”, “esmerilar”, “dominación”, “paradigma”, “desvanecimiento” y “manipulación”.



Tuvo combinaciones de palabras que se reiteraron como “espesor de la realidad”, además de, una vez, “espesa trama”. Palabras que se combinaron recurrentemente como “matriz emancipadora”, “matriz popular” y “matriz hegemónica”. Como “espectacularización discursiva”, “munición discursiva”, “discursividad vacía”. O como “abstracción mediática”, “corporación mediática”, “dispositivo mediático” y “artillería mediática”. También hizo combinaciones resonantes como “evanescencias lingüísticas”, “espectros corporativos”, “relatos virtuales”, “pavor atávico”, “lugar de enunciación” y “obstáculo epistemológico”.



Todos estos términos en una sola columna de mil ochocientas palabras.

Sobre los “juegos de lenguaje”, en su libro La filosofía y el espejo de la naturaleza, Richard Rorty escribió: “Los problemas filosóficos aparecen o cambian de forma como consecuencia de la adopción de nuevas suposiciones o vocabularios”. Además, que estos “pseudoproblemas” son “producto de la adopción inconsciente de suposiciones incorporadas al vocabulario en el que se formulaba el problema”. También Rudolf Carnap, otro filósofo analítico, se refirió a los “abusos del lenguaje” en la creación de “pseudoproblemas” y a la necesidad de acordar un marco lingüístico adecuado para el debate de verdaderos problemas. Y un inspirador de ambos, Ludwig Wittgenstein, decía que “toda una nube de la filosofía se condensa en una gotita de gramática”.



No se trata de una originalidad del kirchnerismo. Cada época tiene una jerga que utiliza para apoyar la idea de que sus creencias son incuestionables. Son fruto de una seguridad subjetiva acerca de lo que es verdadero y lo que es falso.



En los ’90 también había un glosario que pretendía establecer una relación entre conocimiento y justificación, o sea una conexión entre la verdad de la creencia y aquello en lo que se funda. Aquél tenía una “matriz” económica y su jerga estaba poblada de palabras como “apertura”, “desregulación”, “libre comercio”, “brecha tecnológica”, “homo economicus”, “fin de la historia”, “management”, “endeudamiento”, “grupo”, “conglomerado”, “holding”, “flexibilización”, “Ebitda”, “productividad”, “competitividad”, “pragmatismo”, “eficiencia”, “calificación de riesgo” y “riesgo país”.



Probablemente dentro de unos años tengamos otro jefe de Gabinete y otro ministro de Economía que en otra Cumbre de las Américas, como la que se celebró el jueves pasado en el Hotel Alvear y tuvo a Abal Medina y Lorenzino como oradores, se rían y critiquen el abuso de palabras como “relato” o “mediático” que se hizo durante la década kirchnerista.



Ambos marcos lingüísticos trataron de reducir toda la realidad a su sola especialidad. En los ’90 se quiso reducir la política a la economía, y en los últimos años, la economía a la sociología. Cada ciencia tiene una perspectiva interesante y esclarecedora de la realidad pero la sola aspiración “hegemónica” conduce el intento en la dirección del “simulacro”.



Esa euforia reduccionista no es sólo patrimonio argentino, pero en nuestro país se da con mayor intensidad. En Brasil también hubo una década neoliberal y un período actual de revalorización de la intervención del Estado. Pero en Brasil ninguno de los dos “paradigmas” alcanzó a ser excluyente o inflexible.



Nadie podría discutir que después del enorme empobrecimiento que dejó la crisis de 2002 la Argentina precisaba de una política económica que apelara a la demanda agregada. Y es comprensible que durante los primeros años post implosión esa demanda agregada se orientara al consumo y no a infraestructura, que en gran medida había sido modernizada en los ’90. Pero durante estos últimos años hubiera sido más útil que esa demanda agregada hubiera ido en mayor medida a reponer la infraestructura ya gastada que a incentivar el consumo con inflación, como se hizo en 2011, por ser un año electoral, y muy probablemente se vuelva a hacer el próximo por las elecciones de 2013.



No es lo mismo hacer keynesianismo construyendo redes de autopistas que financiando televisores de plasma en cuotas fijas a cuatro años con tasa de interés negativa.



En la serie El mundo en crisis, que realiza el historiador y economista Emilio Ocampo y publicó el diario Ambito Financiero, Raghuram Rajan, uno de los cinco economistas más influyentes del mundo según The Economist, dijo: “Lo correcto sería utilizar ese beneficio (alto precio de las materias primas) para desarrollar capacidades que permitan a la gente ser productiva” (...) el problema es que los políticos “penalizan demasiado a aquellos proyectos que desarrollan capacidades a largo plazo y priorizan proyectos visibles y de más corto plazo. La preocupación es que el boom de las commodities sea dilapidado en vez de alcanzar el objetivo de convertir esos recursos en el capital humano y la infraestructura necesarios para un crecimiento sostenible a largo plazo. (...) El boom de los recursos naturales en el corto plazo, y mientras los beneficios se distribuyen en la economía, lleva a cierto bienestar, pero a largo plazo crea problemas porque hace que la economía no sea competitiva en aquellas áreas no relacionadas con los recursos naturales, y eso a la larga lleva a menor crecimiento”.



Quizás, aunque resulte una blasfemia, deberíamos incorporar a nuestro marco lingüístico actual un poco más de terminología económica para no cometer el mismo exceso de los años ’90 pero al revés. Lo que sería igual de grave.
Fuente: 
Perfil.