Domingo, 26 Agosto, 2012 - 09:16

Apuntes para el debate

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Sin que la Presidenta haya dado pistas claras, la discusión sobre una reforma constitucional con re-re se acelera. Al punto que hasta Scioli ofreció su apoyo.

François Mitterrand, socialista, fue el presidente francés que más tiempo permaneció en el cargo: 14 años. Doce años estuvieron Charles De Gaulle y Jacques Chirac. Helmut Kohl, demócrata-cristiano alemán, fue reelecto tres veces consecutivas entre octubre de 1982 y octubre de 1998. Fueron 16 años. Konrad Adenauer: 14 años como canciller, entre 1949 y 1963, plena reconstrucción alemana. Margaret Thatcher 11 años, entre otras cosas gracias a Galtieri (diez años para Tony Blair). Felipe González: 14 años, entre 1982 y 1996.



Alemania, Francia, Italia, Portugal, Eslovaquia, Chipre, Estonia, Eslovenia, Grecia, Letonia, el Reino Unido, España, Suecia, Dinamarca, Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo permiten la reelección continua. Otros diez países europeos permiten la reelección, pero limitada. En América latina, hasta los cambios introducidos en la Argentina por el pacto Menem-Alfonsín, más Venezuela y Bolivia, existía una fuerte tradición en contra, por lo menos, de la reelección indefinida.



De cara al debate sobre una eventual reforma constitucional que incorpore la posibilidad de ampliar la reelección presidencial, los datos mencionados son sólo apuntes dispersos, con algo de chicaneros. Podrá decirse, legítimamente, que esos antecedentes corresponden a democracias consolidadas, a sistemas parlamentarios que marcan determinados límites al ejercicio del poder. Más importante aún: hablar hoy de reforma constitucional, con o sin modificación del tema de la re-reelección, parece una especulación entre riesgosa y apresurada. Aún cuando haya habido voceros y espacios del kirchnerismo que ya salieron a defender la posibilidad de la re-re. Y aún cuando, instalado a medias el debate, el radicalismo acaba de encabezar una primera iniciativa fuerte de rechazo a la reforma, con el respaldo del PRO, el peronismo disidente y otros sectores.



Por ahora discutir la re-re es discutir en el vacío. Las señales dadas por el oficialismo son confusas, contradictorias. Claro que en la medida en que hasta hoy el kirchnerismo no parece haber encontrado una solución al tema de la sucesión presidencial era inevitable que apareciera el tema. Puede decirse también que los procesos a veces se aceleran al pepe: faltan más de tres años para las presidenciales; el kirchnerismo tiene tiempo (debería tener) para construir su sucesión.



El cuadro actual sigue pareciéndose al de hace algunos meses, cuando surgió un primer espacio formal de impulso de la reforma constitucional, con el énfasis puesto en que la re-re no formaba parte de la discusión. En este medio se publicó que la Presidenta “dejaba hacer”, sin meterse en la discusión. Es en ciertos espacios del kirchnerismo donde las cosas se aceleraron, no se sabe si con o sin señales. Tras declaraciones de diversos referentes a favor de una reelección de Cristina, el viernes se supo que Daniel Scioli dijo en El Mercurio de Chile que apoyaría esa opción: “Soy claro y enfático en reiterar que en la eventualidad de que hubiese una reforma constitucional, la Presidenta, como siempre, contará con mi apoyo”. Por tratarse de un cuidadoso como Scioli, la frase es todo un dato. Sin embargo, a lo largo de la semana el senador Aníbal Fernández había reiterado que la re-re no está en la agenda del oficialismo. Mientras que Agustín Rossi se empacó en su frase ya clásica al respecto: en la mesa de su despacho no hay un sólo papel relacionado con el asunto. La discusión también agitó la redacción del último documento aprobado en Carta Abierta, donde finalmente se optó por un apoyo claro a la reforma constitucional y más también.



Me quiere/ no me quiere. La Presidenta deja hacer, se dijo más arriba, y a la vez no dio pistas públicas a favor ni de la reforma constitucional ni mucho menos de su propia re-reelección. Si fuera por las señales que sí dio, habría que detenerse en el par de oportunidades en que dijo: “No soy eterna”, como quien le dice a su tropa (esto es pura interpretación) “pónganse las pilas si quieren que esto continúe”. Otra pista de meses atrás: las alusiones a su cansancio personal, que algunas veces compensa diciendo que se siente con polenta para seguir. De lo escasísimo que trasciende de la cúpula de un gobierno súper concentrado, hay quienes reiteran no sólo que la Presidenta, por razones personalísimas, no ve con entusiasmo la posibilidad de presentarse a otro período. Tampoco mira con simpatía, desde el punto de vista institucional, la eventualidad de la re-re. Algo parecido pareció sugerir públicamente el juez supremo Raúl Zaffaroni, quien sostiene con la Presidenta una relación cercana y respetuosa. A Cristina se le atribuye sí una frase: sólo se presentaría a nuevas elecciones en caso de una grave crisis institucional. Esa alternativa no incluye el escenario “simple” de un horizonte electoral complicado para el kirchnerismo en 2015.



Siempre con el riesgo de sobreabundar en el puro terreno de las especulaciones, hay que recordar otro elemento de análisis: puede que, como pintó al principio, amenazar con la reforma constitucional con re-re sea apenas una astucia necesaria de Cristina para conducir el timón del kirchnerismo y del país sin que se le encrespen las aguas. También hay que recordar que, aún cuando tras las próximas legislativas el oficialismo obtenga más bancas en el Congreso, para ir a un escenario de reforma constitucional debería afrontar un debate público espinosísimo (lo demuestran encuestas de consultores cercanos al Gobierno) y obtener arduas mayorías especiales, lo que coloca a todo este asunto, de nuevo, en un terreno un tanto fantasioso.



La incomodidad. A falta de señales más claras de la conducción del kirchnerismo (curioso fenómeno, siendo que a ese espacio se lo acusa de pura imposición vertical), la discusión sobre la reforma constitucional además de tener algo de fantasiosa o imprecisa resulta un tanto incómoda. La primera razón es de oportunidad política: hablar de re-re, a menos de un año de las últimas presidenciales, implica potenciar el discurso de la oposición cuando exacerba la idea del “vamos por todo, se viene el totalitarismo final”. La incomodidad deviene también de tradiciones político culturales profundas, ya sea que se le tengan legítimos recelos a la idea abstracta de la re-re o que resuene en nuestros oídos la música poco maravillosa de una re-reparticular: la de Carlos Menem.



Hay otra razón de incomodidad que hace a la especificidad del kirchnerismo. No se trata tanto de la confusión que rodea al asunto, sino más bien de la ausencia de espacios institucionalizados internos en los que dar el debate. Según el caso y a falta de mejor brújula, emerge a veces cierto seguidismo verticalista, híper dependiente de la figura de la “conducción” (la obsecuencia está más cerca de la traición… decía el General). Ese déficit de institucionalización interna es el que se refleja en los modos en que se delegan o no ya sea las tareas de la gestión de gobierno o de la construcción política. El kirchnerismo ensanchó derechos, extendió la democracia real, los niveles de participación popular. Politizó y repolitizó. Construyó una Corte Suprema de lujo. Aún no terminó de generar nuevas referencias políticas, cuadros potentes, de peso, aquellos que justamente pudieran ser candidatos a suceder a la Presidenta.



En el documento de Carta Abierta se franquea el dilema central que todo militante se plantea: ¿cómo arriesgar lo construido ante la eventualidad de un escenario electoral adverso en 2015? Una respuesta más o menos liberal o institucionalista sería esta: “Bánquensela. La alternancia es la esencia de la democracia”. También esa idea es susceptible de ser discutida. Dieter Nohlen, un académico y cientista político alemán, escribió alguna vez que “pese a la importancia que tiene la alternabilidad en el gobierno para la teoría democrática, ella por sí sola no es un principio mismo de la democracia, comparable con el principio de la elección de los mandatarios y de la periodicidad de las elecciones”. También explicó que si los países latinoamericanos (o ciertas élites) forjaron una cultura antireeleccionista lo hicieron para protegerse de viejas tradiciones problemáticas como la concentración del poder o el uso del fraude. El presente histórico sugiere que esas maldiciones ya no nos azotan.



Si es por la reforma sin re-re, hay quienes sostienen que hay muchas cosas que podrían hacerse (mejores capacidades regulatorias del Estado, desarme de la arquitectura jurídica neoliberal, afrontar el problema de los recursos naturales y el medio ambiente, ajustarse a leyes que podrían cumplirse mejor) sin necesidad de modificar la Constitución. Todo esto es parte del debate posible. Lo que seguro no es saludable es que se impugne la mera idea de debatir. Es como si un Gran Inquisidor nos condenara al infierno por el sólo hecho de mentar la expresión “reforma constitucional”. Como si se tratara del 666, el número de La Bestia.
Fuente: 
InfoNews.