Domingo, 19 Agosto, 2012 - 09:35

Larry y la cadena

Si no vio la película, le juro que merece conocer la historia. Sucedía en Estados Unidos. El protagonista era un tipo casi marginal.

Tenía un taller mecánico o algo así, junto con otros dos amigos. Perdedores, pero con sueños: sobre todo él. En una de las primeras escenas se lo ve hojeando una Playboy. El tipo dice algo así como que le aburre, no lo calienta, es pacata y que era hora de hacer una revista porno en serio. Entonces, funda Hustler. No sé si alguna vez usted tuvo Hustler en sus manos. No se puede abrir. Da miedo. Mancha de sólo mirarla. Es sucia –pero sucia en serio– por los cuatro costados. Como mínimo, se va a encontrar con monjas muy sexys, debajo de cuyas sotanas aparecen penes gigantescos.



La cuestión es que Hustler es un éxito, Y cuando uno inventa un éxito en Estados Unidos se hace multimillonario. Más aún que nuestros líderes: tiene plata en serio, un superedificio, mansiones, helicópteros. O sea que el tipo –que se llama Larry Flynt– ya está en la grande, con sus amigos marginales. Y no le basta. Se decide a transgredir todas las normas. Le llueven juicios. Se ríe de los jueces en la cara. Un obispo metodista se ofende porque lo retrata –recuerdo yo– teniendo sexo con una oveja y lo demanda. Larry es condenado en primera y segunda instancia. Lleva el caso a la Corte, que luego de un debate apasionante lo absuelve, argumentando que las figuras públicas tienen que bancarse incluso esas ofensas, que la libertad de prensa está primero.

Al salir del tribunal, frente a una nube de micrófonos, Larry les habla a sus compatriotas, detrás de una mueca retorcida:



–Alégrense. Yo soy el más repugnante, el más asqueroso, el más miserable. Eso quiere decir que si yo tengo derechos, ustedes –que son tanto mejores que yo– también los tendrán.



Pero no iba a eso. Hay otra escena inolvidable. En un momento la Justicia ordena la detención de Larry. Él los espera en su habitación, donde hay tres aparatos de televisión, tantos como cadenas de aire había en ese momento. Ve por una de ellas que la cana llegó a su puerta. Se sonríe. Espera. Ve que la segunda cadena informa lo mismo. Larry suspira. Vuelve a sonreír. Entonces en la tercera pantalla se ve el revuelo que hay ahí, en la puerta de su casa.



Ya está.



Logró lo que quería.



El cien por ciento de la audiencia.



Larry se entrega.



Está en cadena nacional.



En eso pensé el jueves pasado tipo siete de la tarde. Era mi cumpleaños. Había cena en casa. Y fui al supermercado de la vuelta. Estaba eligiendo unos vinos, cuando pasó algo increíble. Oí su voz, con esa musicalidad tan especial, con ese “o… o… o” que se va desvaneciendo, como en una letanía. O un eco... Me estoy volviendo loco “o… o… o”, pensé. Y me decidí a seguir el sonido. Al principio era difícil porque la voz venía de lejos y casi no se escuchaba. Pero era la suya. Luego de uno o dos ensayos al azar, la voz fue tomando nitidez. Venía de arriba, de la zona de elementos de limpieza, alimentos para perros y electrodomésticos.



Subí las escaleras mecánicas.



Y allí, al fondo, de todo, estaba su imagen.



Pero no una.



A ojo diría que había no menos de veinticinco televisores y todos transmitían lo mismo. A ella, gesticulando, advirtiendo, denunciando, desafiando con aire socarrón.



Guau, me dije. Ni Larry logró tanto: una gigantesca pared tapizada por veinticinco pantallas enormes y en todas ellas su entrañable transparencia.



Me quedé mirándola. Estaba diciendo algo aburridísimo –aunque parecía que bastante grave– sobre petróleo, rodeada de ministros que aplauden como focas. Y me puse a pensar si en su recurrencia a la cadena nacional no hay algo parecido entre ella y Larry Flynt. Al fin y al cabo, los seres humanos no somos tan distintos entre nosotros.



Algunas personas con –digamos– infinita vocación de servicio, andan diciendo que las críticas a la recurrencia a la cadena nacional son intentos de impedir la comunicación entre un líder y su pueblo. Ja. Ella ha dicho que si no aparece en cadena nadie se entera de lo que hace, sólo, apenitas, los que lleguen a sintonizar alguno de los cuatro o cinco canales que transmiten enteros todos sus discursos.



Pero a mí me parece que hay algo más humano, pueril, frágil, en esas actitudes: las ganas de estar en todos lados al mismo tiempo, de concentrar el cien por ciento de la audiencia, de ser famoso, reconocido, más que nadie en el mundo y si es posible por siempre.



El deseo de Larry Flynt, el de la reina de Blancanieves, entre tantos otros personajes de la ficción o de la realidad.



Hay varios antecedentes en los que se puede rastrear ese deseo que es imposible, como todo deseo.



En el 2005, el kirchnerismo derrotó al duhaldismo y se estableció como el nuevo poder de la Argentina. Y entonces empezó a revelar algunos de sus rasgos menos simpáticos. Envió al Parlamento dos leyes que reeditaban la voluntad menemista de concentrar cada vez más poder en manos del Ejecutivo: la ley de superpoderes y la modificación del Consejo de la Magistratura. Ella era la informante en ambos casos. En el primero, habló durante cuatro horas, aunque el límite establecido para cada senador era de 50 minutos. La televisión “pública” transmitió completo su discurso y el de nadie más. Como se armó un pequeño escandalete, a la semana siguiente se corrigió el detalle: la tele “pública” levantó toda su programación para que se viera el debate. Ella habló cinco horas frente a una audiencia de 0.0 y casi ningún senador. Mucho tiempo antes, cuando era senadora rasa, financió la edición completa de una revista parlamentaria que la llevaba en su tapa como la mejor senadora del año. Ahí se notaba ya el germen de lo que pasó esta semana en la que corrió el horario de dos partidos de fútbol para que se le escuche como corresponde.



Es posible que gran parte del conflicto con los medios –yo lo consideraría seriamente– se explique por esa vocación, ese fastidio porque finalmente se resisten a difundir su imagen cada vez que ella quiere y en la manera en que ella lo desea. Sólo un necio –o una foca– descartaría de plano esa hipótesis.



El hombre quiso volar y lo logró. Creó máquinas más inteligentes que él mismo. Llegó a la luna. Curó la polio. ¿Por qué no va a haber seres humanos que intenten que los vean todos, todo el tiempo y para siempre? ¿Tan difícil de entender es eso? ¿Tan criticable? ¿No va en combo con el proyecto personal de conducir los destinos de un país?



No lo sé.



Lo cierto es que su voz, su encantador “o… o… o”, sus excusas, las focas que aplauden y todo eso, me hicieron acordar a Larry, y sus ganas de estar, al menos un ratito, en todos los televisores del país.



¡Qué película Larry Flynt, por Dios!



La actuación de Courtney Love, haciendo de sí misma, difícilmente la olviden en sus vidas.



Vayan, alquílenla, lo van a agradecer.



Y compren pochoclo.



Afuera llueve.



Está bueno para ver una peli en familia.
Fuente: 
InfoNews.