Miércoles, 15 Agosto, 2012 - 20:40

Correo de nuestros lectores
Roberto, un desertor

Los casos de violencia, abusos o abandono se detectan dentro del ámbito escolar, sobre todo en el nivel primario y en los primeros años de la secundaria.



El alumno, niño o casi pre adolescente va,
a veces se refugia o es donde “se fuga” del malestar de su entorno, padre alcohólico, madre abandónica, falta de alimentos, y hasta frío. Aunque no siempre son concientes, perciben que allí la seño o alguien se “dará cuenta”
y generalmente es así, porque tiene
los ojitos húmedos, porque dormita, va seguido al baño o no sale a los recreos. La sensibilidad docente siempre se hace sentir en estos casos, y alguien reacciona.



Roberto, era un morochito de ojos verdes que concurría a una de nuestras escuelas en esos días de invierno frío. Delgadito y alto, con una musculosa sucia, pero una sonrisa amplia de dientes blancos. Roberto no delataba su frío ni su hambre. Alguien lo notó, pronto hubo un modo de ayudarlo con ropa y dándole cocido caliente con bizcochos en el establecimiento. Roberto, no era el mejor alumno, pero sí el de asistencia perfecta. Tenía en ese entonces 13 años. Sabría quizás que ese era el lugar donde recibiría ayuda. Su vida familiar era un verdadero caos y desorden, sin límites y sin afectos, sin ambiciones y sin horizontes. Vivían de un plan social.



Roberto llegó al nivel secundario con un “alcanzó”. Pero ya no se adaptó a las nuevas exigencias, tampoco tenía desarrollada la responsabilidad ni hábitos de estudios, y su capacidad de “hablar” casi nula, hablaba entre dientes y con un lenguaje muy pobre, no quería
“exponer”. Ahí, ya no era ni tan lindo, ni tan simpático para los docentes, era incumplidor, reacio y provocador y ellos debían cumplir con un currículo, Roberto ahí comienza a sentir que va de fracaso en fracaso, ya la escuela no es el lugar para resolver su situación enojosa. Deserta y se convierte en uno más de los chicos que andan en barritas, desafiante, agresivo, casi riéndose de la gente, porque cuando puede adueñarse de algo, siente que “no es tonto, pudo”.
Y es conciente, que todavía es menor, puede.



Para ud, nada nuevo, para los docentes tampoco. Pero si se pudieran pensar otras maneras de evitar estos fracasos, no para los Robertos, sino para la sociedad. A los docentes dejémosles que enseñen, pero cuando se presentan casos como éstos, habría que captar la atención de ellos para que sigan en otro tipo de
espacio que los desarrolle y contenga, no luego de cometida la transgresión, antes.



Y cuáles, y cómo? Ellos necesitan estudiar para lograr sus certificados, pero también resolver un problema inmediato o a corto plazo, como es su pobreza, su hambre, su vestido, su autoestima. Como no ven en los contenidos de educación sus herramientas, entonces, asócienla con capacitaciones prácticas que los despierten de sus letargos y vean que podrán estar aptos para trabajar, y ser útiles para ellos mismos y
tener lo que otros tienen. Hay instituciones que tratan de llenar ese vacío en ese sector., como la Fundación Gastón.



Combinar el trabajo de talleres junto al estudio académico, sería una buena fórmula. Como lo fue creado en su momento Meval.



Los adolescentes que van
son concientes que necesitan aprender a trabajar, habría que llevarlos, guiarlos y acompañarlos. Cuando se registra que es alguien con problemas y candidato a desertar. Aquí la intervención del Estado, se llama agentes sociales, operadores o asistentes sociales, que no están trabajando a la par, porque quizás todavía no lo necesitaban.



Esto debería gestarse aquí, ser “provincial”, aunque existan ostentosos proyectos nacionales con fines políticos, pero desconocen nuestra realidad, un trabajo educativo en el que el diagnóstico social cuente como dato válido para “derivar”
a un lugar de respuestas especiales. Concretas ( en educación existen estos establecimientos) pero el “blanco” está en la detección, la asignación y el seguimiento de esos jóvenes. En esos casos se habla de equipos interdisciplinarios. Los hay.



Es cierto que existe el joven que arremete contra sus infortunios, lucha y llega. No todos tienen esta fuerza superadora, una mayoría a sus frustraciones las transforma en rebeldía, enojo, furia y violencia, necesitan de asistencia “antes” que se vayan a la calle, antes que delincan, antes que estén entre rejas.



Todavíaa no hay soluciones para el estudiante desertor, no es solo ayudarlo a
“pasar”, sino convencerlo que puede luchar en la vida con los medios que le da la escuela, o la escuela junto a otras instituciones, organizaciones, fundaciones o como se llamen. No siempre ellos lo elijen, no siempre los padres lo saben, entonces deben haber quienes estén destinados para
esa tarea de Prevención a la deserción escolar, a la delincuencia juvenil.



Ya no tiene el mismo significado “tener calle” o la “escuela de la calle”, ahora significa abandono. Hay un momento que se
debe intervenir, hay un tiempo de plantar y un tiempo de arrancar lo plantado. Pero si se pierde ese tiempo, luego habrá que hablar de reconstruir y rehabilitar.



(*) [email protected]