Lunes, 13 Agosto, 2012 - 11:22

Correo de nuestros lectores
Una mirada Radical sobre Justicia vs. autoritarismo

He leído con suma atención y prácticamente con coincidencias totales, el artículo de Ángel Rozas: “Frenar la inflación antes que emprender el camino del ajuste".

Tal vez debería agregar algunas precisiones, pero me limitaré a remarcar que el crédito debe estar alentando a la producción y al empleo, no a incentivar el consumo de artículos que pueden esperar y que se convierten en un gran negocio para las tarjetas de crédito y las entidades financieras, así como en un dolor de cabeza para los deudores. Para eso sería necesario que el gobierno sincerara muchos de los números y de las situaciones complicadas en que nos encontramos, de las que no será fácil salir, pero es posible superar.



Como son muy claras mis diferencias con el Dr. Rozas puedo decir las cosas en que coincido y hablar bien de muchas de las grandes cosas que se hicieron en su gobierno y en el del Dr. Nikish. El Dr. Rozas se ocupa de nombrar muchas de ellas. Más aún, me permito salir en defensa de muchas de las medidas tomadas en una época de crisis, en una época de destrucción de la industria y de las economías regionales, en una época donde nuestros productos eran invendibles por un dólar igual a un peso.



Una época donde salía lo mismo traer 6 camisas terminadas de China, que producir un metro y medio de tela, necesario para fabricar una sola camisa en nuestra patria. Y ésto no era consecuencia de un mal gobierno provincial, era el producto del desastre del justicialismo de entonces, al que la mayoría de los gobernantes actuales apoyaban con las dos manos, y si podían con tres. Una época, donde, con el apoyo de los actuales, se rifó el país, se generó la crisis estructural y social mas grande que se recuerda en épocas de la democracia comenzada en l983.



Hoy hablan de las deudas que quedaron en la provincia, y las mencionan en dólares, olvidando maliciosamente aquel uno a uno, olvidando que hubo una pesificación asimétrica en el medio. Olvidando que cada momento tiene urgencias y características propias que no pueden ser comparadas.



Pese a la situación, fue una época donde en la provincia se hizo mucho más de lo que hubieran hecho otros. Los doce años de la Alianza, cuyas circunstancias no tuvieron ni puntos de contacto, ni comparaciones posibles, con las tan favorables que le tocaron a este gobierno provincial y al actual gobierno nacional, fueron años de una importancia que seguramente la historia los va a recordar como muy positivos.



Y así como digo los hechos que aplaudo de aquella época, no puedo dejar de mencionar que la ciudadanía, que muchas veces olvida las cosas buenas, la recuerda por los Quebrachos y por las enormes sospechas de corrupción. Sospechas que acompaño y que estropean gran parte de lo hecho, aunque generalmente no pudieron ser probadas judicialmente. La condena social suele ser mas dura que las judiciales, que, lamentablemente, pocas veces condena los hechos de corrupción gubernamental.



Y las sospechas de corrupción, aunque son muy evidentes en la actualidad, tampoco son juzgadas como se debería. Demasiados funcionarios con patrimonios escandalosos, demasiados pobres con necesidades sin respuestas. El daño que se está provocando es infinitamente peor que lo ocurrido en aquella época, aunque los radicales tengamos que avergonzarnos de algunos cuantos hechos y de algunos importantes dirigentes de entonces. Hoy tenemos altísimos funcionarios que nos harían morir de vergüenza y oprobio.



Pero el justicialismo tiene incorporada la artimaña de que cuando las encuestas comienzan a bajar, dentro del mismo partido se van convirtiendo en opositores los que hasta ese momento jugaron como adalides del modelo, del que se vuelven críticos, cuando lo consideran oportuno. Se aprovechan del desapego al que inducen a la gente por las situaciones políticas e, inmoralmente, empiezan a actuar como opositores. Ya lo estamos viendo, por ahora incipientemente.



El gobierno ha transformado una enorme deuda externa, en una enorme y mayor deuda interna, que crece cada día. El gobierno trata de dividirnos, de enfrentarnos, de confundir a la gente. Nos dificulta nuestros necesarios debates internos, que son indispensables para cualquier partido político democrático. Y no es un dato menor. La falta de democracia interna fue uno de los elementos que impidieron las necesarias renovaciones de hombres y de ideas. Nuevos problemas necesitan nuevos remedios.



Hoy la provincia y la nación necesitan soluciones que tenemos que elaborar en conjunto, generosamente. La democracia y la república no son entelequias, son necesidades básicas, para dar respuestas a las angustias. Sus instituciones deben funcionar muy bien.



Cuando hablamos de democracia y de instituciones republicanas estamos hablando de la gente, de sus necesidades, de la única forma de atender a las crecientes demandas de una sociedad enfrentada y quebrada, gracias a la obra de un gobierno que miente permanentemente, que falsifica los índices; que esconde la inflación que todos sentimos; que esconde el endeudamiento feroz; que pretende ubicarnos a sus críticos como alejados de lo nacional y popular, cuando somos quienes estamos luchando por que no se siga endeudando y comprometiendo el futuro de millones de argentinos, para favorecer los intereses de quienes mas tienen.



Hablan de lo nacional y popular, hablan de los derechos humanos, mientras cada día aumentan los pobres, los hambrientos, las enfermedades de la pobreza. Hablan de lo bien que están los jubilados, mientras cada día vemos como esos $1600 que cobran cada mes, no les alcanzan ni para los remedios.



Hablan de que disminuyeron los delitos, mientras cada uno sabe muy bien como vive atemorizado por sí, o por lo que pueda pasar, cada vez que salen sus hijos o sus seres queridos.



Hablan de un modelo que no existe, un modelo formado y que persiste por las grandes mentiras, por grandes y falsas promesas preelectorales, que les permitan pasar las siguientes elecciones. Luego inventarán nuevas promesas, luego generarán nuevos endeudamientos, luego conseguirán nuevos rehenes.



Autoritariamente pretenden imponer el pensamiento único, utilizan todos los medios del Estado para hacerlo, desde la publicidad oficial, la pauta oficial, doblegando y humillando las autonomías provinciales y municipales; el adoctrinamiento de los niños y adolescentes utilizando la escuela pública, cambiando la historia para adecuarla a sus conveniencias partidarias, entrando La Cámpora a las aulas, pretendiendo coimear a nuestros niños y adolescentes con netbooks, con aprobados fáciles e inútiles, menos enseñándoles a pensar por sí mismos; menos ayudándolos a convertirse en hombres y mujeres libres y útiles para el mejor funcionamiento social y su desarrollo individual, en una sociedad y en un mundo cada vez mas competitivo.



Los necesitan esclavos, rehenes humillados del poder que no se resignan a perder. Usarán todos los medios para mantenerlo, incluso la represión, cada vez mayor, al reclamo social. Mientras tanto, el motor no es la ideología sino el negocio. Negocio con la obra pública, negocio con las contrataciones, negocio con todo lo que se hace. Negocios económicos, negocios financieros, negocios políticos.



Y es muy claro que hay que frenar la inflación antes que emprender el camino del ajuste. Eso es lo que hace un gobierno que se ocupa realmente de las necesidades de la gente. Eso es lo que hace un gobierno cuando pretende aumentar la producción y la inversión.



Los ajustes los pagan antes los que menos tienen, y eso es lo que está sucediendo, ya lo están pagando, aunque la crisis afecta a todos los sectores. La falta de confianza en “el modelo” va en aumento, de manera directamente proporcional a la crisis.

Somos muchos los que defendemos un modelo de verdadera inclusión social; un modelo de auténtica democracia; un modelo mas justo, con menos inequidades; con menos corrupción; con una educación puesta al servicio del desarrollo individual y social y no al de determinado partido político. Una sociedad donde se premie al esfuerzo y se aliente al trabajo y al estudio, únicas maneras de desarrollarnos.



Y es bueno recordar nuestra historia. De los últimos 29 años en que recuperamos la democracia, 22 fueron gobernados por el justicialismo en cualquiera de sus variantes. Y que nadie tome ésto como una postura antiperonista. Estoy criticando a cúpulas que no tienen ideología, aunque se las autoadjudiquen.



Se aprovechan de quienes creen auténticamente en sus doctrinas, los utilizan mientras pueden, luego los convierten en enemigos, o los excluyen. Llámese menemismo, duhaldismo, kirchnerismo o fernandezkirchnerismo. Los años que no gobernaron, castigados por las urnas, conspiraron permanentemente, de una u otra manera, para evitar que los ganadores hicieran un gobierno exitoso.



Así pasó con Raúl Alfonsín, a quien no sólo le hicieron 14 paros generales, pese a que sabían las terribles y adversas circunstancias en que le había tocado asumir. Sin embargo, pese a que la unión de intereses corporativos, mediáticos y políticos no le permitieron cumplir con su sueño de que con la democracia se coma, se cure, se eduque, él sí que consiguió hacer un gobierno ejemplar, defendiendo auténticamente, y con claridad, los derechos humanos y a una democracia naciente y jaqueada por todos lados.



¡Claro que hubo una inflación altísima y descontrolada! Pero no fue por sus errores, aunque los hubo, cualquier gobierno los tiene, fue por una situación internacional totalmente distinta, fue por una situación interna totalmente distinta; fue por un atentar permanente contra la gobernabilidad por parte de distintos sectores, que entonces se unieron descaradamente.



Pero Alfonsín tuvo el valor y el coraje para instaurar cambios que eran indispensables para la vigencia democrática y republicana. Alfonsín ganó esas elecciones porque había prometido la plena vigencia de la Constitución, y lo hizo.



Durante su gobierno se llevaron a cabo aquellos juicios, tan auténticamente valientes y memorables, que condenaron a los jefes de un proceso militar genocida, corrupto y entreguista. Pero también condenaron a los sangrientos guerrilleros asesinos, que mataban y secuestraban, al mismo tiempo que negociaban con los genocidas. Guerrilleros a los que, alentados por las estructuras gubernamentales, hoy quieren reivindicar. Ambas condenas fueron justas y merecidas.



Hoy algunos, pretendiendo desconocer lo ocurrido en esa época, intentan desmerecerla por las llamadas Leyes de Punto Final y Obediencia Debida, a las que yo mismo me opuse. Son los mismos que omiten decir que si hubiera ganado el justicialismo, no se hubieran realizado siquiera los juicios. En esa época defendían las leyes de autoamnistía dictadas por los militares. Son los mismos que apoyaron los indultos del menemismo triunfalista y claudicante.



De La Rúa no tuvo el coraje para encarar los cambios que se necesitaban, para enfrentar la tremenda crisis que había dejado el menemismo, pero, igualmente, pese a su incapacidad, sufrió los mismos embates y las mismas asociaciones que apuraran su caída.



Y no es mi propósito remover viejas heridas, al contrario, creo que deben irse cerrando. Creo que la sociedad necesita reconciliación, necesita mirar más al futuro. Necesita recordar ese pasado de sangre y violencia para que no se vuelva a repetir; para que nunca más a nadie se le ocurra aventurarse en golpismos irresponsables; pero también para no repetir viejos errores ni enfrentamientos.



Necesitamos de un gobierno que atienda con premura y adecuadamente la emergencia social, no de uno que la utilice, partidariamente para dilapidar en prebendas, con fines corruptos y electoralistas, un patrimonio que tanto costó reunir y que debía garantizar un futuro mejor, un futuro con seguridad, con justicia, con equidad. Un futuro que requiere de un gobierno que aliente la cultura del esfuerzo y no del facilismo demagógico.



Estamos sumergidos en una decadencia política, económica y social, que siempre encuentra justificativos, que siempre encuentra “otros culpables”, pero también tiene claros favorecidos, muy cercanos a los grupos de poder.



Vemos como nuevamente ese populismo desmedido, al que uno nunca sabe bien si quiere parecerse a Chavez, a Correa, o al mismo neoliberalismo al que dice combatir, va poniendo en riesgo todas las conquistas conseguidas. Va poniendo en riesgo la necesaria cohesión social, va destruyendo toda posibilidad de progreso.



La inseguridad se florea entre nosotros, sin diferencias sociales, generando un clima de dolores inmensos e irreparables; de descontento y de desconfianzas, pareciendo que sólo los ciudadanos la podemos percibir, mientras los gobernantes permanecen como autistas. Al igual que la inflación y el desempleo, nos quieren hacer creer que sólo son “sensaciones”. Lo mismo ocurre con la pobreza. Todos la vemos, todos la sentimos más o menos cerca, pero los índices” dicen lo contrario.



Y decía al comienzo de esta nota, que tengo una casi total coincidencia conceptual con lo que expresaba en la suya el ex Gobernador Ángel Rozas, sobre la situación financiera de las provincias y de la nación.



Seguramente, quienes gobiernan, tendrán otra visión totalmente opuesta, o tratarán de que parezca distinta. El sentido de esta nota no es fijar parecidos o diferencias. Muchísimo menos el sembrar discordias.



Estoy empeñado en hacer todo lo posible por buscar las verdaderas reconciliaciones. Reconciliaciones que deben ser basadas en la verdad, en la tolerancia, en el pluralismo ideológico, en la seguridad, en la justicia. Reconciliaciones que deben basarse en la construcción permanente de una sociedad mejor, inclusiva, solidaria, transparente en lo económico y en lo político.



Pero no puede ser que determinados aparatos políticos, que responden inescrupulosamente a algunos mas inescrupulosos dirigentes, sean quienes deciden, según sus propias conveniencias, por el conjunto de la ciudadanía.



La crisis que nos aqueja no será resuelta en la medida en que no se legitime la representatividad política. Y esta legitimidad política no se legitima sólo con el voto, se legitima fundamentalmente desde el origen, cuidando todos los aspectos y pasos que aseguren la verdadera representación popular.



No hay solución posible mientras se mantenga el esquema de fraudes políticos que desmerecen cualquier democracia. No habrá coincidencias ni soluciones económicas ni sociales. Mientras subsistan las distintas corrupciones que nos aquejan.



Quienes vivimos preocupados por el campo de lo popular y nacional, que no es otra cosa que el vivir preocupados por la humanización de todas las cosas que afectan al ser humano en su conjunto, en su libertad, en su dignidad como persona, vemos como, en nombre de nuestras propias banderas, se las utiliza de manera desvergonzada, desnaturalizándolas, generando reacciones absolutamente contrarias a las que deberían; ubicándonos entonces en lugares que no quisiéramos, pero que son necesarios para alcanzar los indispensables equilibrios que debe tener una nación.



No habrá posibilidad de progreso en la medida en que no se asegure la plena vigencia de nuestra Constitución, para todos. No habrá en la medida en que no se aseguren las mejoras en la representatividad política. Todos la prometen, nadie la cumple, la sociedad no se pone firme en exigirla.



Las corporaciones políticas alientan y se hacen una fiesta con la desatención, con la anomia que manifiesta la sociedad en este sentido. En vez de políticas de estado, se buscan contubernios, triquiñuelas y chicanas políticas. El gobierno ha abandonado su rol moderador y de equilibrio. Lo ha reemplazado por una desvergonzada utilización del Estado para sus propios y mezquinos fines.



Los partidos políticos, considero, antes de hablar de alianzas electorales, deben transmitir con claridad y certeza sus propias identidades, las que se han ido perdiendo, en medio de una confusa mancha de ambiciones y personalismos.



Antes de hablar de alianzas electorales se deben señalar los objetivos y proyectos, así como también deberían las fuerzas políticas todas, coincidir en políticas de Estado que aseguren el rumbo de nuestra nación, le den previsibilidad.



De cada uno de nosotros, y de la suma de voluntades, dependen los cambios. Aunque pretendan engañarnos, sabemos que esos cambios son necesarios. De todos depende la calidad del presente y del futuro.



(*) [email protected]