Domingo, 12 Agosto, 2012 - 10:21

Intolerancia oficial
Señales amenazantes

El Gobierno confronta con los propios y ataca a los no alineados. Las internas en YPF y los límites al periodismo.

Todo fue absolutamente cierto: el ingeniero Miguel Galuccio estuvo a un paso de renunciar al cargo de presidente del directorio de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Ello sucedió tras haberse anoticiado del decreto de regulación del mercado hidrocarburífero, que se emitió sin su conocimiento mientras él se reunía con representantes de importantes compañías petroleras, a los que trataba de convencer de los supuestos beneficios de asociarse con YPF. La situación interna que se vive allí no augura tiempos de calma si no se procede a tomar medidas que detengan la potencialidad de enfrentamientos entre las distintas líneas que se han conformado. En efecto, conviven en la petrolera tres líneas directrices: una primera que responde a la dupla De Vido - Cameron (Daniel Cameron es el secretario de Energía de la Nación, que, aunque no parezca, existe); una segunda que responde al viceministro de Economía, Axel Kicillof; y una tercera, profesional, que está encolumnada detrás del ingeniero Galuccio, a quien se le reconoce haber incorporado a su gestión gente de primer nivel internacional. Los que a Galuccio lo conocen bien y lo respetan sostienen que todo el discurso y el accionar político del Gobierno son diametralmente opuestos a los criterios profesionales que desarrolló en su brillante carrera. Para muchos profesionales que se desempeñan en la compañía, que apoyaron su nacionalización y que se alegraron e ilusionaron con la designación de Galuccio, se vive una atmósfera irrespirable que, además de temor, les provoca una gran decepción. Como es norma en el kirchnerismo, a varios de los que quieren hacer oír sus voces críticas se los amedrenta desde la conducción política de la empresa para que guarden silencio.



El decreto que encumbró a Kicillof en la Comisión de Planificación y Coordinación Estratégica del Plan Nacional de Inversiones Hidrocarburíferas produjo escozor en los gobernadores de las provincias petroleras que jugaron un rol clave en el proceso fulminante que terminó con la renacionalización de YPF. La reunión que tuvieron con el ministro De Vido en la semana que pasó fue más para la foto que otra cosa. En diferentes conversaciones, varios de ellos se quejaron amargamente por el rol de Kicillof. “Nos usaron”, fue la frase que se escuchó decir a más de uno de ellos mascullando bronca.



Con todo, no es el de YPF el principal problema que hoy preocupa a la ciudadanía de la Capital Federal y del conurbano bonaerense. Para decenas de miles de ellos, su vía crucis del presente es cómo llegar a sus trabajos y cómo regresar a sus casas. Es la consecuencia de un paro salvaje que vienen desarrollando los metrodelegados del subterráneo, que amenazan con extenderlo por tiempo indeterminado. Lo del subte es un cambalache en el que se mezclan una empresa, Metrovías, que desde siempre ha brindado un servicio deficitario, y dos luchas explosivas: la primera entre los metrodelegados y la UTA; la segunda, la feroz guerra política que el Gobierno nacional ha lanzado contra el Gobierno de la Ciudad. El Ejecutivo Nacional quiere usar este asunto para deteriorar la figura de Mauricio Macri. Es parte de una misma ofensiva que apunta a dos blancos: Scioli y Macri. La Presidenta busca la destrucción política de los dos. El principal problema de Macri es no tener plan B para enfrentar esta embestida. Si ante cada uno de esos embates la respuesta habrá de ser “no se puede hacer nada”, corre el riesgo de quedarse sin gestión y sin futuro político.



El que, en cambio, estuvo decidido a hacer punta fue José Manuel de la Sota. El gobernador de Córdoba se plantó y dijo basta al retaceo de la plata para los jubilados que le deben desde la Anses. Logró que la Legislatura provincial aprobara una ley por la que Córdoba abandonó el Pacto Fiscal de 1992. Su carta a los gobernadores para que lo imitaran tuvo más un propósito político que práctico: sabía que las probabilidades de que lo acompañaran algunos de sus pares oficialistas eran casi nulas –ya varios le contestaron negativamente–; su intención era posicionarse como un líder alternativo del peronismo con capacidad para aglutinar a los muchos malheridos que ha dejado y que sigue generando el kirchnerismo.



En medio de todo este batifondo, Cristina Fernández utilizó su Aló Presidenta por la cadena nacional de radio y televisión para a atacar a Marcelo Bonelli y lanzar una idea que constituye una seria amenaza para el ejercicio del periodismo en la Argentina. Lo que le molestó a la Presidenta fue que Bonelli contara la verdad de lo que sucedió con el ingeniero Galuccio. Por ello, junto con el repudio que merece la actitud difamatoria contra nuestro colega y su familia, la propuesta de una ley de ética pública para los periodistas –que, dicho sea de paso, no son funcionarios públicos– es de una enorme gravedad. Y lo es no por lo novedoso, sino porque, al contrario, no hace más que traer al presente otras iniciativas del mismo tenor e iguales intenciones –la de coartar la libertad de prensa– que ya hubo en el pasado. La más relevante desde la recuperación de la democracia fue la impulsada por el ex presidente Carlos Menem, quien no se cansó de impulsar la idea de un tribunal de ética para juzgar a periodistas independientes cada vez que pretendió silenciar las investigaciones que pusieron al desnudo la gestión de aquel gobierno emblemático de la corrupción.



A Cristina Fernández de Kirchner se le hace intolerable el trabajo de los periodistas que ejercen su profesión con honestidad y actitud crítica.
La idea de una ley de ética pública para los periodistas es parte de una ofensiva feroz que persigue como finalidad no mejorar la calidad del ejercicio profesional, sino imponer el objetivo del pensamiento único, que desvela a un gobierno que pretende ejercer el poder no en virtud de consensos sino a través de la dominación. Y, como decía Voltaire, “la pasión de dominar es la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano”.





Producción periodística: Guido Baistrocchi.
Fuente: 
Perfil.