Domingo, 12 Agosto, 2012 - 08:35

Te apuesto lo que quieras

Al final de esta nota hay una apuesta. Creo que la gano. Pero para llegar allí, hay que leer este pequeño mamotreto. Encima trata sobre el remanido tema del periodismo y la democracia.

Veamos.



Hay dos maneras extremas de analizar lo que hizo la prensa en el caso Ciccone-Boudou.



Una variante diría algo así:



“Héctor Magnetto realizó una maniobra impensada: apeló a Jorge Asís. Era imposible darse cuenta. Asís estuvo prohibido en el Grupo Clarín durante décadas, por un libro que escribió que no le gustó nada a la conducción del Grupo. Entonces, hicieron una maniobra audaz. Le ordenaron –es obvio que ahí hubo un arreglo– que inventara un negociado en Ciccone Calcográfica, que involucraba nada menos que a uno de los tantos héroes que dan la vida por el proyecto nacional y popular: el Señor Vicepresidente Amado Boudou. Y Asís, que ya no es Asís sino que es Magnetto disfrazado de Asís, disparó la primera piedra. La cosa quedó rebotando ahí y luego apareció otro histórico anti-Clarín, Jorge Lanata, para redondear la historia. Lo compraron, él se vendió –porque no se pueden hacer las cosas que él hace si no se es un mercenario– y puso al aire a una ex esposa de un hombre nuestro –también comprada por Magnetto para que se case, se divorcie y denuncie después–. Así continuó la infamia. Lo demás fue un juego de niños. Empezaron el clásico tomala vos, dámela a mí entre Perfil, La Nación y Clarín –cuyos periodistas comprados reciben todos órdenes desde un sótano oscuro y tenebroso–. Y nos armaron un berenjenal atroz. Gracias a Dios tenemos entre nosotros a personas muy valientes y el vice, nuestro Héroe en esta historia, dijo lo que había que decir: que Magnetto controlaba al juez de la causa que allanó –cómo se le ocurre– una de sus propiedades en Puerto Madero, al fiscal, al procurador general de la Nación, a los periodistas y al presidente de la Bolsa. Y rápidamente todo se emprolijó: se fueron el juez, el fiscal y el procurador. Pero entonces el Enemigo atacó de nuevo y quiso hacerle creer al mundo que nosotros desplazamos causas si no nos gusta su desarrollo. Cometimos, además, un pequeño error cuando quisimos designar en la Procuración a un tal Reposo, que había inventado su propio currículum. Pero el Gobierno lo retiró a tiempo para que volviera a dignificar los organismos de control que tienen que vigilar, por ejemplo, cómo se gasta la plata en los trenes. Cuestión que la operación de prensa orquestada por Magnetto fue tan fuerte, y ha tenido tantas aristas distintas, que nos obligó a intervenir la empresa Ciccone Calcográfica”.



Hay una segunda variante, más sencilla, infinitamente más sencilla. Asís se enteró de una historia muy atractiva y la publicó. Un periodista de Clarín, Nico Wiñazky, contactó con la ex mujer de uno de los involucrados. Ella contó todo al aire en el programa de Lanata, que viene haciendo cosas así hace veinte años. Clarín le dio máxima difusión al asunto, entre otras razones, porque está enojado con el Gobierno. Pero el hecho es real. Los nuevos directivos del Ciccone están demasiado cerca del vicepresidente, Ciccone no fabricaba billetes hasta que llegó este gobierno. Pese a que le dan negocios, no se sabe quiénes son los dueños. La Justicia empezó a investigar como corresponde en estos casos. La reacción del Gobierno fue típicamente menemista: armó un escándalo, desplazó a los investigadores, es decir, protegió a los sospechosos. Encima, propuso para el cargo de procurador general a un hombre que inventó sus propios antecedentes. Los medios, naturalmente, se hicieron eco de la sucesión de disparates. La última escena de la comedia de enredos es la intervención de Ciccone que, según el Gobierno, es “para salvaguardar la soberanía monetaria”.



Ja.



Para salvar la soberanía monetaria.



Eso dicen.



En un caso se trata de una conspiración urdida por los sabios de Sión, o algo así, que –como se sabe– tienen mil tentáculos. En el otro, el funcionamiento lógico de las cosas en una democracia: un gobierno entra solito en un escándalo, periodistas averiguan, medios publican, el Gobierno amplifica el escándalo y así.



Hay dos maneras extremas para analizar lo que ocurrió con las extrañísimas salidas de presos que fueron reveladas en estos días.



Para unos, su publicación es un artero ataque del Eje del Mal contra el gobierno nacional y popular. Exageran un hecho normal, legal y cotidiano, lo presentan de una manera terrorífica y así intentan dañar, lastimar, porque lo que buscan, en realidad, es detener un proceso que afecta intereses corporativos.



Pero hay una versión más sencilla. Difícilmente, en ningún país democrático, pase desapercibido que un jefe de un servicio penitenciario se disfrace de El Hombre Araña y su principal colaborador de Mickey Mouse para caerles bien a los presos. La cuestión se pone más espesa si ese personaje impulsa la salida a un acto con símbolos oficialistas de un hombre condenado días antes por haber quemado viva a su mujer. Se complica más si al hombre se lo ve bailando con un violador y asesino, confraternizando con barras bravas o permitiendo salidas del hombre que produjo el asesinato político más doloroso de estos años.



Para unos, todo esto no hay que publicarlo porque hacerlo es formar parte de una conspiración.

Para los otros –para mí– la historia merece ser publicada y en un lugar destacado. Primero, porque es interesante. Segundo, porque es horrible desde cualquier punto de vista que se la mire, pero particularmente desde la mirada de la familia de las víctimas, que merecen ser respetadas.

Entre las personas que advirtieron que el episodio es cuestionable figuran Adolfo Pérez Esquivel, Carlos Arslanian, Eugenio Zaffaroni, Alejandra Gils Carbó, entre tantos otros.



Es decir, la historia merecía contarse y la prensa la contó.



Discusiones como esta hemos tenido decenas en estos años. ¿Era una “opereta” o merecía contarse que había evidencias de corrupción en la Fundación Madres de Plaza de Mayo? ¿Era una “opereta” o debía comunicarse que las rebeliones populares por el mal funcionamiento del tren Sarmiento no se debían a complots del PO o de Quebracho o de Pino Solanas o de Rubén Sobrero, como lo sostenía Aníbal Fernández? ¿Hizo mal el periodismo no alineado al señalar la corrupción en la política de transporte antes de la masacre de Once? La prolija documentación de la prensa acerca del camino al desastre al que llevaba la política energética, incorporación incluida del banquero del poder, ¿era también parte de una conspiración o –al contrario– implicaba cumplir el rol que el periodismo aspira en cualquier sistema democrático? Ese debate se puede aplicar también al análisis de las declaraciones juradas de nuestros multimillonarios gobernantes, al déficit nunca explicado de Aerolíneas Argentinas o a la empresa contratada para controlar la tarjeta SUBE.



En los últimos tiempos hay otro caso que permite abrir la discusión. La ex esposa de un importante dirigente de La Cámpora está pidiendo ayuda a gritos. Ha denunciado que el hombre la golpeó varias veces, que le impide los contactos con su hijo, que la amenaza permanentemente. Lo cuenta con lágrimas en los ojos, luego de un intenso peregrinar que, como sucede en estos horribles casos de violencia doméstica, pasó por etapas de silencio, de resignación, de autodenigración, de terror, hasta animarse a hablar, aunque sea entre temblores. Imagínense lo que haría la prensa alineada con el Gobierno si el acusado fuera un ejecutivo, digamos, de Editorial Perfil o un dirigente del Pro. Pues no: en este caso, el silencio es muy llamativo. Incluso ha habido colegas que claramente inclinaron sus coberturas a favor del presunto golpeador.



Otra vez: ¿difundir estas cosas son actitudes conspirativas y destituyentes o es lo que cualquier periodista debería hacer en un país normal?



Es lógico que el poder se irrite con la publicación de estas cosas horribles que el poder hace. Y que arme dispositivos de todo tipo para ensuciar a quienes investigan, incluyendo esas mesas donde personas con aspecto de indignadas y reflexivas se ofenden porque otros dicen que la tierra es redonda.



La apuesta viene ahora.



Muchos de esos integrantes del poder –periodistas incluidos– se esperanzan en que todo esto cambie con la aplicación integral de la ley de medios. Es decir, que sirva para acallar estas investigaciones.



De eso trata la apuesta.



El periodismo argentino –que es, como se ve, muy aguerrido– va a seguir produciendo en los próximos años muchas investigaciones como estas. Y que tendrán gran repercusión.



No importa de quién sean los medios.



Por suerte, será así.



Y a quien no le guste, tendrá que relajarse, porque será inevitable.



Les apuesto lo que quieran que esta historia no está por terminar sino que recién empieza.

Relax.



Un rivotril ahí.
Fuente: 
InfoNews.