Domingo, 5 Agosto, 2012 - 07:52

Trompe-l´oeil

El 25 de junio, un extenso artículo de Le Monde de París se tituló “Le miracle argentin était en trompe-l’œil”. En lenguaje directo: el milagro argentino era una impostura.

Es una idea clave, pero sobre todo es una evidencia incontestable. Desde 2003 a hoy la Argentina ha brindado una clase magistral de ilusión óptica, que ha triunfado más adentro que afuera. Episodio de cabotaje, el engaño al ojo enganchó a intelectuales desahuciados, artistas relegados, empresarios cabizbajos, profesionales crédulos, emigrados nostálgicos y militantes huérfanos de mitos. Fabricado en muchos casos con minuciosa perfección por el grupo que gobierna desde hace nueve años la Argentina y se propone explícitamente seguir haciéndolo por lo menos una década más, sobresale como el más portentoso trompe-l’œil político imaginable. Sus diseñadores y ejecutores no han dejado rincón sin ocupar ni ámbito sin colonizar.



En francés, tromper es engañar y œil es ojo. Trompe-l’oeil es una imagen que engaña al ojo. En España, hablan de “trampantojo” (trampa ante el ojo). En sentido restringido, es una técnica usada en la pintura mediante la que se pretende engañar a la vista humana, jugando con la perspectiva y apelando a otros artificios ópticos. El mecanismo de trompe-l’œil suele ser utilizado en pinturas murales realistas hechas adrede para ofrecer perspectivas falsas, ya sean interiores (representando muebles, ventanas, puertas o conjuntos más complejas), o exteriores, por ejemplo en las medianeras de edificios.



Simular, engañar, aparentar, confundir y devolver al ser humano registros que en la realidad no existen, son funciones esenciales del trompe-l’œil. Maravillas de la ilusión óptica, son espejismos que giran en torno de la humana debilidad de confundir relato con realidades, retórica con hechos, presunciones con evidencias. Es un juego de portentosas proyecciones sociales, culturales y políticas, pero un trompe-l’œil en las artes visuales y en el cine dista de ser un acontecimiento delictivo. Engaño a quien se deja, pero lo hago sin motivaciones venenosas, desde una experiencia asociada con la sensibilidad para el puro goce estético.



No es sencillo engañar. No es para todos, ni es para cualquiera. Si la trampa al ojo requiere meticulosidad, transitarla exitosamente también precisa de credibilidad: debo pergeñar la trampa con tanta perfección que reduzca al mínimo las posibilidades de ser descubierto. Un trompe-l’œil talentosamente hecho permite fabular y suscita bellos ensueños. Es arte, o sea que no tiene restricciones. Un trompe-l’œil torpe y de escandalosa chapucería, abochorna. Se convierte en simulacro, burdo fracaso, trampa que no convence a nadie, mamarracho, caricatura.



Estos días la agenda estuvo dominada por la obscena comprobación de que el Gobierno industrializa en su beneficio bolsones marginales que nadie había cultivado con tanta decisión, como barrabravas y población carcelaria. Aplica el mismo procedimiento, engañando al resto mediante recursos muy ostensibles, como “resocializar” presos, exaltar la “pasión” de los delincuentes que abundan dentro y alrededor del fútbol. Esas trampas visuales prostituyen en profundidad.



Apasionarse y resocializarse son dignos objetivos. En la praxis del Gobierno, se convierten en tretas groseras que, para peor, vacían de contenido todo lo que es bueno. Ahí está Víctor Hortel, el número uno del sistema penitenciario argentino, desfilando en alegre murga dentro de una cárcel, junto a violadores convictos. Es el mismo mecanismo exhibido por el juez de la Corte Raúl Eugenio Zaffaroni, que no sólo no se arrepintió ni excusó por alquilar sus departamentos a prostíbulos, sino que encima tomó la revelación como afrenta. Curiosa deriva de un gobierno encabezado por una mujer y lanzado a mostrarse como el más feminista régimen argentino de la historia. Las salidas “culturales” del homicida convicto Eduardo Vásquez denigran a la mujer y burlan la más elemental medida de justicia, además de castigar de nuevo, impunemente, a la familia de la asesinada. Sobresalen aquí jueces como Patricia Mallo, Pablo Laufer y Luis Fernando Niño, autoproclamado vigilante implacable de los derechos humanos y uno de los mismos tres que condenaron a Vásquez a sólo 18 años por la atenuante de “emoción violenta”. Parece que por su emoción violenta al quemar a Wanda Taddei le permitieron participar de las actividades “culturales” del Vatayón Militante antes y después de ser condenado. Ese es el trompe-l’œil más escandaloso: en nombre de los derechos humanos, terminan excusando a femicidas y violadores de niñas.

Forma del ilusionismo y coronación imperial de las apariencias, las apariencias deleitan a la sociedad argentina. No en vano uno de los manierismos retóricos más en uso, una verdadera epidemia, es el “como que” antepuesto a cualquier frase.



Agréguesele otro recurso tóxico en boga: todo el tiempo se habla anteponiendo un fastidioso “la verdad”. En un mundo de recursos engañosos y apariencias vacías, ese “la verdad” supone que normalmente mentimos. El “como que” o también “como si te dijera que” revela que sobrevolamos la realidad, pero para eludirla, un ballet de juegos visuales, atractivos pero tramposos, una permanente intención de engañar.



Según milenario relato de la antigüedad griega, dos pintores, Zeuxis y Parrasios, rivalizaban. Cada cual debía tratar de hacer que su obra produjera la más perfecta ilusión del mundo real. Uno de ellos, Zeuxis, pintó unas uvas que parecían tan reales que los pájaros se posaban en ellas para picotearlas. Parrasios presentó su cuadro cubierto por un lienzo. Al tratar de visualizar la pintura de su rival retirando el lienzo, Zeuxis se asombró al comprobar que había perdido la apuesta. Lo que parecía un lienzo era, en realidad, la pintura de su competidor. Zeuxis habría dicho: “Yo engañé a los pájaros, pero Parrasios me engañó a mí”.
Fuente: 
Perfil.