Domingo, 5 Agosto, 2012 - 09:41

Víctor Hugo, la dictadura y la historia

Es bueno que un periodista pruebe su propia medicina. Modera el ego, lo hace más humano y, fundamentalmente, más cuidadoso en el futuro al escribir o hablar sobre los demás.

Duele mucho, pero mucho, que a uno se lo critique justo en aquella área donde cree tener méritos. Por eso es donde normalmente pegan los injustos. El cínico que se sabe carente de toda virtud no sólo no se hace ningún problema sino que hasta transforma su amoralidad en fortaleza: un oportunista en gran escala pasa a ser un estratega.



No comparto lo que dijo Lanata en su programa del domingo pasado sobre que haber ido a jugar al fútbol durante la dictadura uruguaya al Batallón Florida –en el caso de Víctor Hugo Morales– fuera lo mismo que haberlo hecho en la ESMA durante la dictadura argentina. Tampoco comparto las críticas injustas que se le han hecho a Lanata desde los medios oficialistas los últimos años.



Pero lo que me entristece, probablemente por haberlo padecido en carne propia, es la extracción de una parte de la historia que no representa siquiera la mayoría como si fuera un todo, sin incluir en el relato el resto de los acontecimientos relevantes.



Por ejemplo, volver a ver en la tapa de la revista Veintitrés de esta semana que se acusa de doble moral a los “medios hegemónicos” que critican a Víctor Hugo Morales por su comportamiento durante la dictadura uruguaya y en la nota mencionan que “tanto Héctor Magnetto como Bartolomé Mitre y Jorge Fontevecchia tienen pergaminos dignos de ocultar por su posición ante los dictadores”, y omite decir algo tan relevante como que estuve preso en El Olimpo, que la principal publicación de Editorial Perfil fue clausurada y que luego fui puesto a disposición del Poder Ejecutivo por esa dictadura (¿cuántas veces deberé repetirlo para que la repetición de lo opuesto no se transforme en verosímil?).



No creo que Víctor Hugo Morales haya tenido un comportamiento criticable durante la dictadura uruguaya, lo imagino digno y, dentro de los límites de su época, hasta con actos de rebeldía. Tampoco creo que la dictadura uruguaya sea equiparable a la argentina ni que la perspectiva actual sin grises de aquellas dictaduras sea correcta. Walter Bernjamin, en Concepto de filosofía de la historia, recomienda “al historiador que quiere revivir una época que se quite de la cabeza todo lo que sepa del decurso posterior de la historia”.



El comportamiento por el que sí Víctor Hugo merece crítica es haberse sumado frívola y superficialmente a las acusaciones que desde el oficialismo se realizaron sobre la actuación durante la dictadura argentina de quienes hoy resultan molestos al kirchnerismo.



En la Argentina de los últimos años, como pocas veces, se hizo evidente el uso de una historiografía infectada de presente, donde el pasado se acomoda a las necesidades del tiempo de ahora con una irracionalidad diacrónica.



Qué injusto que hayan acusado a Joaquín Morales Solá de colaboracionista con la dictadura por una foto donde, siendo cronista del diario La Gaceta de Tucumán, aparece cubriendo un operativo público del Ejército en esa provincia; es como acusar de complicidad a un movilero de esta época con la “maldita Policía” bonaerense cuando fabricaba casos ante los medios. O, disparatadamente, a la propia Magdalena Ruiz Guiñazú. O a Sabato por haber participado en una reunión colectiva con Videla.



La misma injusticia fue haber acusado a Néstor Kirchner por una foto con el jefe regional del Ejército en Santa Cruz transmitiendo su apoyo durante la Guerra de las Malvinas, o a Héctor Timerman por lo que publicó el diario La Tarde en 1976, sin ponderar que poco después su familia fue una de las más perseguidas entre los periodistas.



Ojalá que lo de Víctor Hugo permita a todos, simpatizantes o no del kirchnerismo, reflexionar sobre la suma de estas injusticias y aprender que tenemos que ser más serios con la historia.



La historia es un conjunto de eventos; los eventos por separado pueden dar una idea hasta exactamente opuesta a lo razonablemente aceptable. La observación, presente o pasada, siempre estará cargada de teoría, pero que haya más de un relato posible no quiere decir que todos valgan lo mismo. Aun comprendiendo la subjetividad trascendental que nos cabe por ser humanos o la brecha evidencial que a veces nos impide el conocimiento exacto, las fuentes interpretadas con un ojo crítico y comparadas con otra fuentes, si bien no garantizan una única posición adecuada, sí excluyen las inadecuadas y nos impiden caer en un subjetivismo irracionalista. Por ejemplo, los negadores del Holocausto se llaman a sí mismos “revisionistas”.



Una cosa es interpretar o significar el pasado y otra es imaginarlo en función de nuestras creencias, inclinaciones y prejuicios. Leopold von Ranke, considerado un padre de la historia científica, hacía dos recomendaciones: tener “interés por descubrir lo general en lo particular”, que es lo opuesto a generalizar lo particular, y “afecto por los humanos” (similar al consejo del maestro Ryszard Kapuscinski sobre que “para ser buen periodista primero hay que ser buena persona”). O sea, los archivos tienen que ser revisados exhaustiva y honestamente y no con el fin de una ortopedia social.



Debemos reconocer que nuestro autointerés, preferencias, hasta el miedo o el enojo, muchas veces opacaron nuestra tarea de periodistas. Por eso son gestos alentadores el pedido de disculpas de Víctor Hugo Morales sobre su desafortunada mención a la salud de Lanata, y que Edi Zunino, jefe de Redacción de la revista Noticias, haya escrito en su última edición para limitar las críticas sobre Víctor Hugo, siendo quien primero difundió en Argentina el contenido del libro que desató la polémica.
Fuente: 
Perfil.