Domingo, 29 Julio, 2012 - 08:10

Demoledores

Son infinitamente menos graves que los cotidianos hechos de violencia criminal, pero son ataques. Diluida en el caótico magma del ruido citadino, la sistemática y recurrente agresión contra los bienes públicos ya no suscita asombro.

Apenas produce molestia y enojo en reducidos círculos donde se aprecia el valor del patrimonio. Hay, sin embargo, un ángulo no explorado a fondo. Más allá del evidente ánimo de lucro que motiva la incrementada destructividad callejera, ¿por qué es tan diseminada y clamorosa la beligerancia militante contra los bienes sociales que, siendo de todos, son considerados como si fueran de nadie?



El monumento a Güemes, en la intersección de la avenida Figueroa Alcorta y La Pampa, ha sido despojado del sable, las espuelas y las riendas del caballo. Claro, eran de bronce, estaban condenados. El Ministerio de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad lleva reparados o pintados cuarenta monumentos en el primer semestre del año, tarea que a la Ciudad le cuesta un millón de pesos por mes. El monumento a Julio Argentino Roca, emblema de los odios nacionales y populares, debe ser lavado a presión de agua y pintado todos los meses. Su esmerilamiento ha sido claramente alentado o al menos avalado desde el oficialismo. En la Plaza de la República, la base del Obelisco ya fue pintada en cuatro ocasiones en los últimos siete meses. Si bien es artísticamente irrelevante, el Quijote de 9 de Julio y Avenida de Mayo tuvo que ser pintado seis veces desde que empezó el año. Al de Roque Sáenz Peña, en la intersección de Florida, Bartolomé Mitre y Diagonal Norte lo agreden a puro grafiti, ya con frecuencia semanal. Similar destino se le fue dando a otros bienes públicos, como la estatua de Rómulo y Remo en el hoy desolado Parque Lezama, el monumento a Urquiza en el parque Tres de Febrero, y a la Dama del Cántaro, en Barrancas de Belgrano. No son la ideología ni las polémicas historiográficas la base de tamaña manía destructiva. La escultura de los populares actores Alberto Olmedo y Javier Portales, en Corrientes y Uruguay, ya fue mutilada en tres ocasiones. Está hecha de epoxi y fibra de vidrio, materiales sin valor de reventa comercial. Es vandalismo descerebrado y banal. ¿Por qué no debería atacar a sus propios bienes una sociedad a menudo aturdida y desatinada?



Subterráneas pero cada vez más evidentes corrientes de ánimo social acreditan hace ya varios años que en la Argentina cuentan con buena aceptación social ideas incendiarias o al menos demoledoras de lo existente, como quemar estaciones ferroviarias y comisarías. No es, claro, una originalidad criolla. En años recientes se hizo endémico en la banlieue parisiense la quema masiva y sistemática de autos, producto de la ajenidad absoluta que los jóvenes hijos de inmigrantes experimentan hacia el orden establecido. Hace hoy un año, el 7 de agosto de 2011, barrios enteros de Londres fueron atacados con una oleada de incendios y saqueos que estremecieron al mundo.



Pero la especie argentina de vandalismo tiene acentos propios, un interesante color local. Al cruzar la línea municipal, no más pisar la acera, los seres humanos que transitan por la Capital Federal perciben lo que ven no sólo como algo ajeno, sino también adverso. Esta conducta revela un ánimo injuriante muy exaltado. “Sacar” la basura a la calle a cualquier hora y sin el más elemental recaudo de una aunque básica clasificación, es un acto de guerra. La gente que así procede, está para atrás. Proceden como diciendo: tomá, arreglate, llevátela, no la quiero ver. Son, desde luego, sus propios desechos. “Aliviarse” de basura sin considerar al entorno social es como defecar en la calle. El sacador de basura funciona como defecador ajeno al mundo. ¿Por qué será que en la Argentina se llama “cagador” al tipo que hace daño a los demás desde su abismal egoísmo?



Hay otro aspecto, de enorme proyección política: la obscenidad antisocial del vándalo serial provoca pudor, escozor, miedo o vergüenza, pero la abrumadora mayoría de quienes sienten profunda molestia con el espectáculo de la denigración, se abstienen de condenarlo o al menos denunciarlo. Merced a una bien ganada y pésima reputación de la policía, en general nadie denuncia nada, otro inquietante indicador de decadencia social.



“Muchas veces se rompe por romper. Hay esculturas de las que llegaron a robarse los dedos y la mampostería, que no tienen ningún valor porque no utilizamos ni mármol ni materiales metálicos”, registra Diego Santilli, ministro de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad. Tiene razón, pero la suya no llega a ser una explicación cabal.



Pienso en el tatuaje salvaje al que someten todo su cuerpo cada vez más varones. En el vestuario del natatorio al que voy, veo cada vez más tipos de menos 30 años que se han tatuado todo, desde las nalgas hasta los empeines de los pies, incluyendo piercings en las tetillas. Si mi cuerpo no vale nada y lo agujereo y pintarrajeo, ¿por qué no proseguiré asolando murales y demoliendo monumentos? Los dos tipos más populares de la Argentina, Maradona y Tinelli, tienen su piel completamente cubierta de tatuajes. ¿De qué nos asombran los grafitis y las mutilaciones del patrimonio que hoy campean por todo el escenario urbano?



La consigna lo-que-es-de-todos-no-es-de-nadie caducó. Ahora es lo-que-es-de-todos-me-molesta. Ya no se trata sólo de la preocupante enajenación, plasmada en ese abandono de los residuos a la buena de Dios. Se advierte ahora, en cambio, una beligerancia agresiva, no la mera práctica del delito para monetizar lo rapiñado a la Ciudad y a la sociedad en general. Es un desprecio activo, que pivota sobre el ya proverbial me-ne-freguismo (en italiano: me ne frega, o non me ne frega niente: no me importa nada), al cual se le añade una intención deliberadamente destructiva. En un hábitat cultural donde muchos se arruinan la piel para ser diferentes y donde la demolición del espacio público equivale a ser libre y rebelde, también prevalece el miedo a “vigilantear”. Triunfó la consigna del joven Charly García. Vamos demoliendo hoteles, alegremente sumergidos en la vandalización.



Errata: en mi columna “Mitomanías” (15 de julio) después de escribir que el fundador de Montoneros, Fernando L. Abal Medina, murió en 1971, agregué erróneamente que fue en 1970. Efectivamente, fue el 7 de septiembre de 1971, en un enfrentamiento con la policía.
Fuente: 
Perfil.