Miércoles, 25 Julio, 2012 - 12:26

Opinión de nuestros lectores
Los espejos en los que me miro

En todos mis años de docencia siempre traté de explicarle a mis alumnos el para qué de cada aprendizaje y la importancia de aplicarlos.

A la luz del análisis de mis prácticas, y de actitudes y acciones posteriores no sé si siempre lo logré. Hace unos años, en el espacio curricular Taller de Recepción y Producción de Textos del 1º año del Profesorado en Lengua, cuando abordamos el género dramático, les dije que posterior al desarrollo teórico y la lectura de algunas obras de teatro, cerraríamos el tema con la puesta en escena de una obra de teatro por grupo, que tendría carácter de parcial y que la exposición sería pública. Cada equipo formaría grupos de trabajo con las tareas que implica poner en escena una obra de teatro: escenografía, sonido, iluminación, maquillaje, vestuario, actuación.



En un principio, la idea no fue del todo bienvenida: exigía mucho tiempo, mucho esfuerzo, mucha dedicación, poner el corazón en cada momento del trabajo y procurar que el resultado fuera bueno y no regular pues habría también un público que también evaluaría el trabajo. Lo que no les expliqué era que cada una de las acciones mencionadas antes sintetiza, a mi parecer, la tarea de un docente. Tampoco les expliqué cómo late el corazón cuando el aplauso de un público refrenda los desvelos, las inquietudes, las dudas, los acuerdos, los desacuerdos, el empeño. Quería que lo descubrieran por sí mismos. Durante tres años puse en práctica la experiencia con distintos grupos de alumnos, con resultados parecidos. Al principio protestaban, lo tomaban sólo como exigencia y paulatinamente se iba transformando en algo que voluntariamente se convertía en un evento que trascendía sus expectativas; finalmente olvidaban que era un parcial y se transformaba en una experiencia inolvidable para ellos y para mí.



Porqué pienso ahora que no siempre lo logré: la experiencia no fue repetida por otros docentes una vez que dejé la cátedra, trabajé muy sola sin pedir , para muchos alumnos fue más significativo aprobar el espacio que comprender que muchos de los aprendizajes pueden ser aprehendidos para ser traspolados y no aprendidos, que las actitudes se aprenden con el ejercicio continuo y verdadero y no solo con el abordaje teórico de ellos, que la pasión y convicción profunda por lo que se hace no se puede exigir, que se aprende a ser docentes en la práctica y que lograrlo de verdad depende de voluntades personales.

De todas maneras deseo menguar el sinsabor por lo expuesto anteriormente, recordando los vínculos creados a partir de la experiencia, la interacción de aprendizajes, pues mis alumnos también me enseñaron a crear desde el aporte colectivo, el aprender que también es satisfactorio el lograr cambiar actitudes sólo en algunos y que la frustración por no cambiar la actitud de otros, es otro aprendizaje más y fundamentalmente que el espejo en que me miro, que son ellos, no siempre es la imagen que quisiera ver.



Prof. María Elena Toledo (*)

I.N.T. “Padre Dante Darío Celli” – Las Palmas