Domingo, 22 Julio, 2012 - 09:57

Inducidos

Porque no hay nada que hacer. Las cosas son como son y lo único que podemos hacer es adecuarnos, tratar de ir pasándola lo mejor posible.

Habituados por pura resignación, aprendimos a tomárnosla “con soda”. Por eso alegamos que “es lo que hay”. ¿Inducidos? Tal vez: en la vida cotidiana de los argentinos la mayor parte de los traspiés o conflictos son metabolizados como dificultades o, peor aun, circunstancias naturales, previsibles, ante las que nada puede hacerse. Abundan los casos clínicos elocuentes.



Millones de personas conviven durante varios días con montañas de basura apilada en las calles de Buenos Aires. No hay, empero, un solo cortocircuito. El enorme problema es encarado con ligereza espiritual. Nadie sabe bien quiénes o cuántos han resuelto clausurar los vaciaderos de residuos en apoyo de sus reclamos salariales. Las autoridades no tienen más alternativa que capitular ante la imposición. Organizaciones cooperativas de cartoneros de José León Suárez han clausurado el ingreso de los centenares de camiones que depositan la basura en las instalaciones de la Ceamse. Colapso total, la ciudad de rodillas, nada puede hacerse, nada se hace, nada se hará.



Al haberse santificado como procedimiento consuetudinario el mecanismo extorsivo, la Argentina se asume como país donde las garantías y los derechos carecen de limitaciones. La entera sociedad debe admitirlo y no hay funciones ni actividades, por más estratégicas y delicadas que sean, que estén exentas de ese manto de permisividad que todo lo autoriza y nada restringe.

Asúmase el derecho inalienable que tienen los trabajadores de impulsar sus reclamos justos, ya sea por remuneraciones como por condiciones laborales mejores. No hay dudas de que el cartoneo, hoy más extendido, robusto e irreductible que hace diez años, es una consecuencia natural de la pobreza estructural sobre la que se apoya la vida cotidiana del país. Es claro, entonces: hurgan basura, la recogen, transportan y venden para sobrevivir.



Son millares de desgraciados habitantes carentes de trabajo legítimo. La Argentina aceptó sin embargo el cartoneo, a sabiendas de que se trata de gente que maneja desde el cuentapropismo más primitivo la basura que debiera ser recogida por las organizaciones de residuos que formalmente han sido contratadas para hacerlo. También se aceptan los cuidacoches, los lavavidrios, y ya es un dato natural del paisaje urbano que centenares de seres humanos sobrevivan en plazas, subtes, zaguanes y recovas. Aprendimos a tolerarlo. Sabemos cómo convivir con el infortunio social más hiriente sin chistar.



Pero en el caso de los recicladores la decisión de bloquear el ingreso de los camiones a los vaciaderos convirtió a la ciudad en rehén, socia compulsiva del desbarajuste, sujeto secuestrado de un pacto social venenoso. Ya no hay límites. Con un poco de decisión, audacia y aunque sea una mínima apoyatura social, todo es posible y nada es inconcebible. Foquismo callejero: yo hago lo que se me antoja porque nada puede pasar. Una masiva mayoría ha “aprendido” que es impotente ante abusos, desplantes, discrecionalidades y quitas crecientes de la libertad ambulatoria y del ejercicio de los más elementales derechos personales. Paradoja ácidamente descripta por un ubicuo político cordobés: en la Argentina es más fácil conseguir el documento de cambio de identidad de género que comprar cien dólares en un banco. Vueltas del destino: somos libérrimos y atropelladoramente vanguardistas en usos y costumbres en materia de vida amorosa y parentalidad, pero en la puerta de tu casa tenés tres metros de basura acumulada porque una cooperativa remota de personas que actúan sin restricciones resolvió instaurar aduanas interiores. Transgresores y muy modernos en la alcoba, autorizados para cultivar y fumar cigarrillos de cannabis, pero sumisos esclavos en la vida civil puertas afuera de casa. Mensaje del poder: acostúmbrense a que cada mañana deban salir a la calle sin saber qué nuevas prohibiciones, limitaciones o agresiones nos saldrán al encuentro.



No ha sido inevitable. Fue deliberado. Laboratorio social avanzado en sus descomunales ambiciones, la Argentina ha sido enseñada a que la impotencia es el latido cotidiano más previsible. Con todo convivimos. Con policías que roban e incluso matan. Con gobernantes que mienten y también abusan de sus facultades. Con profesionales de categorías estratégicas que intempestivamente interrumpen sus tareas y dejan aulas vacías, subterráneos suspendidos, hospitales desatendidos, comisarías clausuradas.



En la Argentina se despliega un juego de excepcional singularidad: es como si hubiera derecho para todo, pero cada vez menos garantías para que lo elemental sea protegido. Una década de sacralización de un mamarracho de permisos de todo género ha hecho de la Argentina una caricatura del estado de derecho. La ley es “reaccionaria”; en consecuencia los cartoneros pueden poner de espaldas a la capital del país, sometida a un desbarajuste urbano que, más allá de sus –en todo caso opinables– argumentos, está en condiciones de dañar severamente la vida cotidiana. ¿No es sugestivo que las palabras más habituales en la radio, la televisión y los diarios sean caos y colapso?



El aprendizaje de la impotencia (hay estudios académicos que tipifican en inglés este mecanismo como “learned helplessness”) conlleva consecuencias inmensas. En un anestesiamiento de hecho, la sociedad ha perdido reflejos. Adoctrinada en la inescrupulosa doctrina de los permisos irrestrictos, algo paradójicamente contradictorio sucedió: tantas supuestas libertades pergeñaron el asesinato o el achicamiento de un puñado de elementales garantías. Comprar y vender, así como viajar, se han convertido en permisos que otorga el Estado, todopoderoso, impávido, agresivo y exento de límites.



¿Puede ser algo simplemente casual que en el contexto de un país que se presume a la vanguardia del mundo en libertades existenciales, nuestra vida cotidiana esté sembrada de escollos, cepos, permisos y hechos burocráticos cada vez más irrestrictos?
Fuente: 
Perfil.