Domingo, 22 Julio, 2012 - 09:50

¿Ganará la economía a la política?

Ante la escalada imparable del dólar, comenzó a formularse la pregunta sobre si en Argentina está llegando la hora en la cual la economía volverá a ganarle a la política, después de nueve años donde la política le dio una “paliza” a la economía.

Esta es una pregunta bien argentina. En los países más desarrollados difícilmente se formularía una pregunta de este tipo. Por ejemplo, los representantes de empresas o del gobierno español que viven en Argentina se quejan de que las opiniones sobre su país están teñidas por la subjetividad que nos dejó el post traumatismo de 2002, que nos lleva livianamente a pronosticar que España dejará el euro y devaluará, sin comprender que no es lo mismo seguir usando los mismos pesos aunque ya no fueran convertibles y valieran menos dólares, como pasó en Argentina de 2002, que –como debería suceder en España ante una salida del euro– tener que crear, diseñar, imprimir, distribuir y en determinados casos canjear una nueva moneda, algo así como la peseta del siglo XXI. La logística demoraría meses y sería imposible mantenerlo en secreto.



Tampoco en Brasil se les ocurriría a Lula o a los principales dirigentes del PT plantear una batalla donde la política venciera a la economía porque a ambas se las considera campos distintos, autónomos, con sus propias leyes y, a pesar de sus puntos de contacto, irreductibles la una a la otra, como lo sería la biología a la física.



El hecho de pensar en “ganarle” refleja en sí mismo una teoría de cómo funciona el mundo y qué cosas hay o existen. A la humanidad le llevó muchos siglos desintencionalizar la naturaleza, o sea, dejar de atribuirles causas intencionales a las inundaciones, sequías, terremotos o tsunamis, y desarmar esos mitos. Creer en la existencia de determinadas fuerzas condiciona el diagnóstico y la estrategia que se va a adoptar para enfrentar el problema.



Por caso, creer que el dólar aumentó a fin del año pasado por las compras especulativas de Brito, del Banco Macro, y Blaquier, de Ledesma, lleva naturalmente a pensar que se puede vencer el aumento del dólar porque alcanzaría con vencer a personas, por ejemplo asustándolas lo suficiente.



Lo que pensamos que hay estructura nuestro pensamiento. Y es habitual entre quienes tienen tendencia a la paranoia creer en la existencia de más cosas de las que hay y ser dadores de intencionalidad a lo que sucede por alguna causa pero no por alguien. Muchas veces no es una desventaja ver agentes donde no los hay, como ya lo demostró Néstor Kirchner. Pero muchas otras, esa misma patología cognitiva es un gran problema, como también tantas veces lo demostró Moreno. Es que la política y la economía no tienen leyes exactamente traducibles. Lo mismo sucede a la inversa; sería igualmente patético e ineficaz que alguien creyera que con la economía se puede doblegar a la política sin tener en cuenta que en cierto punto las masas se rebelan sin importar cálculos. Ninguna ciencia sola alcanza para explicarse a sí misma ni mucho menos al todo.



Duplicar la apuesta, como ha sido el estilo del kirchnerismo, hasta que el adversario se canse o asuste y se rinda puede ser útil cuando el enfrentamiento es con seres humanos que hacen estos cálculos intencionales, pero de nada serviría cuando el enfrentamiento es con el mercado, que, si bien no se trata de un fenómeno natural, por la enormidad de sus participantes es inextorsionable. Antes del dólar, la indoblegable inflación fue otro ejemplo de los fracasos del Gobierno con el uso de herramientas coercitivas para domesticar a multitudes. Raro en un gobierno que entendió antes que nadie que no se podía reprimir a una muchedumbre muy numerosa cuando se decidía a realizar una protesta social.



Equilibrio. Finalmente, todos aquellos que compraron dólares después de las elecciones de octubre –y no sólo Brito o Blaquier, si fuera el caso– tuvieron razón pensando que el Gobierno iba a vender todos los dólares que fueran necesarios hasta las elecciones pero no así después de ellas. Y se ganaron el 50%, que es lo que lleva aumentado el dólar desde entonces. Aunque la misma ganancia obtuvieron quienes, en lugar de guardar dólares, se quedaron con soja.



Pero a pesar de que la soja y el dólar tuvieron una evolución de aumento porcentual casi idéntica, como muestra el gráfico que acompaña esta columna, los motivos no son los mismos, o no deberían haberlo sido. La soja subió por la sequía en Estados Unidos y el dólar subió en Argentina por la “sequía de dólares” que enfrenta el Estado. Pero mientras que ante la sequía del clima en Estados Unidos poco se pudo hacer, en la Argentina se hizo lo incorrecto. Con una paridad oficial de 5,20 pesos por dólar, el mercado paralelo no se hubiera disparado hasta tocar casi los 7 pesos. Probablemente el blue se habría quedado por debajo de los 6 pesos, que no sería tanto, menos en términos absolutos, pero no asustaría la diferencia del 50% entre el oficial y el paralelo.



Ejemplos de equilibrios compensatorios hay varios, como la tasa de interés que los bancos están dispuestos a pagar para captar plazos fijos. Al dispararse el dólar también se dispararon las tasas, pero el Gobierno decidió esta semana ponerle un techo a la tasa de interés que los bancos puedan pagar para quienes deseen ahorrar en pesos: no más del 13%. La tasa de interés y la tasa de devaluación sí son factores que están interrelacionados. Por ejemplo, si se prestaran dólares al 3% anual de interés y la devaluación del peso ante el dólar fuera del 10%, una tasa del 13% en pesos sería neutra con lo anterior. Algo así sucedía hace pocos años, cuando la gente ponía pesos en plazos fijos a tasas que eran negativas respecto de la inflación pero el dólar se devaluaba muy poco.



Sería útil para el Gobierno un dólar oficial de 5,20, con un dólar paralelo de no más del diez por ciento de diferencia. Para hacerlo, además de los costos inflacionarios, tendrá que superar sus propios fantasmas: en este caso, que no pierde frente a alguien. Ojalá, después del 3 de agosto –el sobreactuado Día D de los Boden 2012–, se dé cuenta.

Así, se daña a sí mismo.
Fuente: 
Perfil.