Domingo, 22 Julio, 2012 - 08:55

Apostillas sobre el Estado

Una mirada impresionista sobre el rol del Estado. El Plan Pro.Cre.Ar. Terrenitos particulares y el complejo mundo de los inmuebles públicos.

Hubo sorteo en la Lotería Nacional, presencia de Riverito incluida. Se asignó la primera tanda de préstamos del programa de vivienda Pro.Cre.Ar., una de las más sugestivas iniciativas anticíclicas y proactivas del Gobierno. Los beneficiarios son propietarios o familiares de titulares de terrenos en los que se puede edificar, con el apoyo del Estado. Ese sector es el más sencillo de implementar de los dos que prevé la medida, tal como lo anticipó este diario al día siguiente de su lanzamiento.



El otro, la construcción de inmuebles o barrios en terrenos que son hasta ahora propiedad pública, requerirá más tiempo para su implementación, mucho más compleja. Es curioso porque, aunque no se reconocerá formalmente, al principio se suponía que ese sería el núcleo sólido de Pro.Cre.Ar.



Pero en la gestión pública, como en la vida, se hace camino y se aprende al andar. Un ambicioso principio ideológico de la movida, poner la propiedad estatal al servicio del crecimiento y el reconocimiento de derechos ciudadanos, es tan encomiable cuan ardua su concreción.



Los inmuebles inventariados y afectados al decreto respectivo son, hasta hoy, propiedad de distintos estamentos del Estado: el Organismo Nacional de Administración de Bienes (Onabe), las Fuerzas Armadas, las empresas de Ferrocarril, Radio Nacional (RNA). El Onabe es el ente que está en mejores condiciones para poner en acto las transferencias. Ha centralizado las propiedades mantenidas después del desguace del Estado y la diseminación de las empresas estatales. Cuenta con bienes ya mensurados y títulos de propiedad en regla, disponibles entonces para ser vendidos oportunamente. No aglutina la mayoría de las propiedades a transmitir.



Los propietarios más grandes son las Fuerzas Armadas, regidas desde el Ministerio de Defensa. Según un cálculo redondo, ellas concentran más del cincuenta por ciento de los terrenos fiscales, una fracción descollante. Mientras la titularidad no pase al Estado nacional, los bienes no entrarán del todo en la órbita del Pro.Cre.Ar. El recorrido no es sencillo, porque debe revocar un paradigma establecido durante el menemismo, de signo inverso del de la política actual. Se facultó a la conducción de las Fuerzas Armadas a administrar bienes propios, alquilarlos, tercerizar servicios... administrarlos en suma con parámetros propios de la actividad privada. Campos de golf, clubes, espacios públicos consagrados al cultivo de soja fueron algunas de las consecuencias observables.



Restituir lo público a finalidades colectivas no es zurcir y cantar. Escollos variopintos se interponen, las autoridades nacionales están decididas a conseguirlo. Aun si lo hicieran con máxima eficiencia (como es de desear) les tomará tiempo y esfuerzo. Hay resistencias de quienes administran los bienes, algunas (pocas) justificadas. Ciertas dificultades prácticas obstruyen la reforma. Por ejemplo, en algunos inmuebles hay instalaciones militares o públicas que no deben levantarse ni quedar desactivadas. Para hacerlo con prolijidad deberán subdividirse los terrenos de modo que conserven entrada propia (“sacabocados” lo llaman en jerga los funcionarios concernidos). Luego, trazar mensuras profesionales y aprobarlas. Recién entonces podrán transferirse al Estado nacional.



Con los terrenos residuales del ferrocarril, usualmente ubicados en zonas urbanas revalorizadas por el crecimiento de los últimos años, pasa algo parecido.



Las tierras de Radio Nacional sirven de asiento a sus antenas, que deben ser relocalizadas de forma que no resienta su funcionamiento y potencia.



No serán irrisorios los plazos para cumplir esas tareas que incluyen negociación, articulación entre áreas diferentes del Estado y tareas administrativas delicadas. Hoy día, es posible que (redondeando a bulto) el setenta por ciento de los préstamos sean para los terrenitos y el resto para otro tipo de construcciones.



Funcionarios que transitan a diario el espinel calculan que para el último trimestre de 2012 podrán sumarse al Pro.Cre.Ar. los primeros inmuebles públicos, los provenientes del Onabe, que están bien de papeles. Lo más factible es que sean menos que los sorteados anteayer.



En paralelo se desarrolla un fenómeno novedoso, acaso único en la historia reciente. Lo protagonizan intendentes y gobernadores que buscan terrenos fiscales propios para sumarlos al caudal del programa nacional. Se cerraría así una tendencia deseada de la medida que es cambiar cualitativamente la función de la propiedad estatal, transformándola en activo material de una política pública.



En simultáneo, es preciso atender a la ecuación financiera de los ciudadanos favorecidos en el sorteo, que no se agota en ese trance. En el nuevo estadio, argentinos de medianos o bajos ingresos deberán añadir a sus ceñidos presupuestos los gastos de la construcción. El Gobierno procura llegar a acuerdos con Consejos de Profesionales dedicados a la actividad para adecuar los honorarios, respetando los intereses de éstos, pero también valorando el impulso general que traerá la masividad de la medida. Este tipo de convenios también tiene evidentes dificultades, entre ellas la de conciliar normas vigentes, función social e intereses sectoriales lógicos.



Todo lo antedicho, supone el cronista, es un buen ejemplo de los vaivenes, desafíos y peripecias de gestión estatal. En cada paso debe haber buena praxis, correcta prognosis, eficiencia. La herramienta es un estado que se deterioró desde la década del ’70 y se destruyó, de modo deliberado, durante la dictadura y el menemismo. No dejó de existir, como ya se dirá, pero se recondujo al servicio de intereses minoritarios. Recuperar ese andamiaje, hacerlo funcional es una misión que insumirá décadas... si se hace bien. En el ínterin, es forzoso construir la nave mientras se navega.



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El mercado, mal compañero: Subordinar la política a los designios del “mercado” es imposible sin contar con (sin malversar) las herramientas del Estado. La coyuntura europea es ilustrativa por demás: coordinación internacional, legislación establecida contra la resistencia popular, salvatajes financieros “Hood Robin” por cifras incomparables en la historia de la humanidad... La Argentina fue una pista de pruebas de esas prácticas.



La desigualdad cunde en América del Sur, también en nuestro país donde, acaso a diferencia de otros, se ha acentuado respecto de tiempos pasados y mejores. Establecerla fue estrategia de la dictadura procesista y del neconservadorismo, los errores de gobiernos democráticos y populares acentuaron la tendencia. A partir del 2003 el rumbo es otro aunque no se ha podido evitar la existencia de un nuevo esquema de desigualdades, dentro del “modelo”. Las condiciones generales mejoraron, pero hay un abanico de situaciones inequitativas (varias inéditas) al interior de la clase trabajadora. Avanzar contra ellas acaso exige revisar instrumentos del modelo que perdieron eficacia, al vaivén de los cambios producidos. El trabajo informal es una de las mayores fuentes de desigualdad. El kirchnerismo siempre tuvo en mira la creación de puestos de trabajo y la merma de la informalidad. Los indicadores son mejores que en los comienzos, pero distan de ser satisfactorios. Los avances se lograron con una combinatoria de elementos. El modo de producción, el fomento de actividades y mano de obra intensivas vía fomento a las pymes o políticas impositivas, la conservación de los puestos en momentos de crisis son algunas de ellas. A esas variantes de zanahoria se adicionaron otras de “palo”. Una AFIP presente e incisiva, un Ministerio de Trabajo que restauró las inspecciones y los controles. En la era neocon esas reparticiones de Trabajo habían sido desactivadas. La Vulgata dominante aborrece al sector público, despotrica si se suman empleados, pone la lupa sobre los salarios. Es un modo avieso de defender el peor statu quo, con cierto glamour para una platea distraída o prejuiciosa.



La voluntad elige el rumbo adecuado, el punch ha mermado andando el tiempo. Dicho de modo aproximativo, entre 2003 y los albores de la crisis de 2009, el porcentaje de trabajadores informales aminoró en buena concordancia con los índices de crecimiento. En la recuperación de 2010 y 2011 (un lapso corto, pero no carente de significación) los progresos fueron menores. Y el año en curso es pobre en la creación de empleo, ni qué decir en el avance contra el “trabajo en negro”. El Gobierno analiza acciones para mejorar la tendencia. La AFIP y Trabajo serían los actores principales y el recientemente creado Registro Nacional de Trabajadores y Empleados Agrarios (Renatea), un instrumento esencial. Las explotaciones agropecuarias consiguen marcas records en trabajo informal o infantil. El Renatre (organismo mixto ideado bajo el menemismo) conducido por Gerónimo Venegas, un mecanismo de encubrimiento de esas conductas ilegales y antisociales. Recobrado el comando estatal va siendo hora de una batida que combinaría lo ejemplar con lo utilitario (aumentar los recursos del Estado, en un año de dificultades).



De cualquier forma, la acción virtuosa quizá no sea bastante y haya llegado el momento de repensar el “modelo” y sus instrumentos, porque ninguno es la panacea universal o eterna. Y por cada avance presupone demandas y desafíos novedosos.



Ya que estamos –y como mero apunte para algún abordaje ulterior–, otra realidad que exige corrección es el trabajo precario, otra contradicción del “modelo” que, por añadidura, se ha acentuado en los años recientes.



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Indec e inflación: La pérdida de prestigio y credibilidad del Indec es uno de los mayores errores y contradicciones del kirchnerismo. Una fuerza estatista e intervencionista desacreditó a una institución reconocida y funcional. Obstinarse en la torpeza o negarla acrecienta el daño.



La inflación sostenida y alta no es una consecuencia de lo del Indec, pero sí un factor concomitante, también subestimado desde el análisis, el discurso o la acción oficial. No hace falta argüir que es la variable más relevante de la economía para advertir su relevancia. Nadie cree en las cifras del Indec, aseveración que incluye a todos los jugadores de la economía real, incluyendo a los dirigentes gremiales de las cinco centrales obreras. Algunos conflictos por pedido de reapertura de paritarias que signarán el segundo semestre del año podrían, en otro escenario, prevenirse con acuerdos semestrales, ajustables mediante cláusulas gatillo. Imposible hacerlo sin números fehacientes, aceptados por todos. En la dinámica real, con protagonistas argentinos, remarcan todos los que pueden, en la medida de sus respectivos potenciales. Los sindicatos con peso en las convenciones colectivas lo hacen, los empresarios también. Comerciantes o profesionales participan, cuando tienen con qué. En ese juego, las correlaciones de fuerzas acentúan las diferencias: priman los más poderosos y se acentúa la desigualdad. La falta de atención discursiva parece enmarcar la falta de acciones para combatir el problema que, allende su negación, subsiste e impacta.



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Moreno y el dique: El rector de la Facultad de Sociales acude a la modestia al comunicarse con su ex discípulo predilecto, el politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre la Argentina. Le escribe: “Necesito una semblanza sencilla, accesible a estudiantes de primer año, sobre Guillermo Moreno. No me atiborre de datos o nombres, que se desconocen por acá. Acuda a la fábula, al relato sencillo, sea didáctico, por favor”. Luego, por un momento, recobra su estilo K: “Y hágalo rápido o le corto los víveres”. El politólogo sonríe, es una misión fácil. Replica, a vuelta de correo electrónico. “Suponga, profesor, que hay un enorme dique que preserva a la Argentina de las inundaciones. De pronto, un agujero lo perfora, con el riesgo consiguiente. Moreno corre, lo obtura con el dedo. Con otros, disca su celular, averigua quién está perforando del otro lado. Lo llama, lo convoca, lo regaña, lo llena de inspecciones, lo pone bajo la lupa, lo condiciona. El agujero subsiste, la perforación cesa. Moreno le pone masilla y sale corriendo hacia otro lugar del dique, donde aparece otra filtración. Mire más allá de los ribetes personales que construyen un personaje cuasi mítico, al que contribuyen generosamente él mismo, sus adversarios, sus enemigos, sus aliados y sus compañeros. Moreno expresa y corporiza el activismo kirchnerista paliando (o queriendo paliar) a pura motricidad las limitaciones o carencias del Estado. La hiperkinesis responde (mejor o peor, no me pregunte eso, que es sábado) a las necesidades. La precariedad de los modos y de los instrumentos habla de un faltante mayor que es una estructura institucional que responda.” Manda el mensaje y sale en busca de la pelirroja progre que ahora es cristinista. La propuesta: un trabajo de campo en territorio bonaerense, con la noche abierta a la aventura y a la reconciliación. La pelirroja ha abjurado de su romance de verano con un fornido militante camionero por diferencias ideológicas irreconciliables. Y vuelve a estar amigable, predispuesta al diálogo y a la búsqueda de consensos.



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En el siglo XXI: “Achicar el Estado es agrandar la Nación” fue un slogan capcioso aunque sincero, pues cifraba una cosmovisión y un modelo de país. Recuperar la política al servicio de un proyecto popular, reparar y reconstituir al Estado, fortalecer la denostada “caja” son imperativos del kirchnerismo, dignos de saludar y compartir.



En nueve años de gestión, con aciertos y tropiezos, todo se resignifica y se reformula. La dialéctica explica la historia, los esquemas binarios que son válidos para la polémica se quedan cortos en ese afán.



La continua reforma del Estado, su acomodamiento al mundo y la sociedad son un reto que signará los años venideros. Pensarlo, discutirlo, aportar, una necesidad ineludible. Estas apostillas, asumidamente impresionistas y subjetivas, aspiran a insinuar la necesidad de ese debate, a menudo obturado por cuestiones coyunturales, eventualmente distractivas.
Fuente: 
Página|12.