Domingo, 22 Julio, 2012 - 08:35

Basura

Una de la mañana del miércoles. Volvía desde los estudios de TN a mi casa –de Constitución a Palermo– y la imagen era fantasmal.

Montañas de basura por todos lados. Eso, en las esquinas que tuvieron suerte. En otras, las bolsas se habían roto y la basura aparecía así, desperdigada sin lógica alguna. Llego a mi casa y leo un tweet de un amigo K, de los sensatos –reconozcamos al menos que algunos, ejem, no lo son– donde ironiza: “Qué desagradecido, Moyano con Macri. Aunque Mauri le dio asueto a los municipales para el acto de Plaza de Mayo, ahora Hugo no le recoge la basura”. Ah, bueno, pensé. No sólo Moyano no tiene nada que ver, sino que además la basura se amontonaba en Capital y 28 distritos del conurbano. Montañas de basura. Toneladas de basura. Kilómetros de basura.



Parece que las cosas fueron así. Luego del fin de semana, cuando más basura se acumula porque los domingos no se recoge, los trabajadores del Ceamse decidieron parar un día preocupados porque las tierras destinadas al depósito de basura están por colapsar y piden que se extiendan, ya que de lo contrario perderían sus fuentes de trabajo. Como se sabe, ese conflicto está enmarcado en uno mayor, de características políticas, que enfrenta a Cristina, Macri y Scioli, sobre el destino futuro de la basura porteña. Como nuestros líderes no dialogan entre sí y piensan uno del otro que son dictadores, vagos, golpistas, travestis y esas cosas, difícilmente puedan sentarse a consensuar un tema tan complejo en la historia de la humanidad como la recolección de basura, algo que nunca nadie supo cómo resolver. Los trabajadores sufren esa incertidumbre, y sobre ese caldo de cultivo se desata el conflicto.



El lunes, los muchachos del Ceamse levantaron el paro y llegó el momento de las cooperativas de recicladores o, como se los llama más habitualmente, cartoneros. Hay algo de eufemismo en esa definición. Los cartoneros son personas muy dignas que, todas las noches, revuelven la basura para ver si hay algo que se pueda revender. Laburantes que, por la situación de crisis, se arremangan y la pelean con una entereza ejemplar. Su aparición masiva en el paisaje nocturno se produjo durante la crisis del 2001. Lo curioso es que la crisis terminó hace rato. En los últimos nueve años, la Argentina creció como “nunca en su historia”, o así se nos dice. Y, sin embargo, miles de personas revuelven la basura para poder juntar de mil a mil quinientos pesos por mes.



Cuando el paro de los trabajadores del Ceamse ya había sido levantado vía conciliación obligatoria, los cartoneros –o recicladores– que trabajan ahí mismo en la planta de José León Suárez, decidieron parar. Piden que la empresa les dé maquinaria, que los incorporen a la nueva planta de reciclaje que está construyendo el gobierno porteño, y que les garanticen un salario mínimo que no dependa de lo que recogen cada día. Y justo instalan el piquete luego de tres días de acumulación de basura. Con lo cual, la ciudad apareció ahogada en basura.



Por supuesto, el gobierno porteño deslizó que esto era una conspiración del gobierno nacional y esas cosas a las que estamos tan acostumbrados últimamente.



No es para volverse locos pero son cosas que antes no pasaban. Un vecino escandalizado podría argumentar que todo es parte de un proceso de anomia que se ha instalado en los últimos años en la calle. Todo vale. Cualquier conflicto lleva a un lugar extremo. Y es un paso más hacia la catástrofe final. Muchos le dirían gorila, señora gorda, y esas cosas tan habituales de estos tiempos. Una persona más moderada sostendría que se trata de un conflicto puntual, que en toda sociedad conviven el orden con el caos y que esto se soluciona de un momento a otro –como ocurrió– y que hay que desdramatizar un poco.



Se verá.



En cualquier caso, el paisaje será recordado. Como cuando cayó nieve en Buenos Aires –¿se acuerdan?–, aunque un poco menos agradable.



Aunque el conflicto político existe en el caso de la basura, no es tan visible como en otros problemas serios que ocurrieron en estos días y que han tenido a distintos sectores a mal traer. La huelga de 17 días de la policía de Santa Cruz es otro hecho inédito. Es difícil encontrar un antecedente similar: una fuerza de seguridad completa que abandone el trabajo en una provincia durante un lapso tan largo. Las narraciones sobre lo que ocurre allí son realmente inquietantes, a tal punto que obligaron a la Presidenta a desdecirse de algo que anunció hace apenas dos semanas, esto es, que no enviaría más gendarmes a provincias en conflicto. Otra vez: esto puede ser un hecho aislado o un ejemplo que se extienda a otras provincias, dado que los sueldos y el equipamiento policial no son precisamente un ejemplo en el país. Es difícil pensar que ese conflicto pudiera estallar si la Presidenta y el gobernador Daniel Peralta tuvieran una relación mínimamente razonable. Peralta, por si usted no lo sabe, es kirchnerista. Pero se odia con La Cámpora, la agrupación del hijo de la Presidenta. Es más: los acusó de golpistas. Y todo esto ocurre en Santa Cruz, la perlita –la frutilla del postre– del modelo nacional y popular.



El hijo de la Presidenta es acusado de golpista por el gobernador K. ¿Alguien puede encontrar una explicación medianamente racional a este disparate?



Lejos de allí, en la Capital Federal, una empresa muy cercana al gobierno nacional resolvió reducir la cantidad de vagones del subterráneo, de un día para el otro. El argumento es que no puede invertir más porque el conflicto entre Cristina y Macri los dejó sin fondos. La Casa Rosada disparó contra Macri, el macrismo devolvió gentilezas. Y así. En dos lunes, cuando terminen las vacaciones, te quiero ver.



Y en la provincia de Buenos Aires hay recurrentes paros de docentes, médicos y estatales, porque Daniel Scioli, producto de su conflicto político con Cristina, no puede pagar el aguinaldo en término. El más combativo de los gremios en lucha está comandando por un dirigente que aparece habitualmente junto a la Presidenta.



Mientras andaba, en la madrugada del miércoles, entre la basura pensaba eso: que son problemas puntuales, que no hay que dramatizar. Pero que hay momentos en que esos problemas se acumulan y todo se transforma, cómo decirlo, en algo difícil. Y que estaría bueno que alguien –no sé quién, la Brujita Verón, Tinelli, el Chapulín Colorado– se pusiera a pensar cómo desarmar la madeja, serenar los ánimos, conversar, para que todo vuelva más o menos a la normalidad. Porque no pasa, en realidad, nada gravísimo. Todo se puede solucionar rápido y sin tanto costo, si se quiere. Pensaba también que no parece muy sensato calcular que la desaparición de la policía en Santa Cruz, la crisis del subte en Capital, la acumulación de basura en el área metropolitana o el desdoblamiento del aguinaldo en Buenos Aires sólo afectan a Macri, Peralta o Scioli.



Después llegué a casa.



Salía mal olor de algún lado.



Era el perro.



Una fiesta se hizo el turro revolviendo la basura.



Estaba feliz.



Algo es algo.
Fuente: 
InfoNews.