Domingo, 15 Julio, 2012 - 09:11

Un país con buena gente

Dejemos las cosas en claro antes que nada. Usted, que lee esta nota, es un personaje siniestro. Un canallita, bah. O un traidor.

Usted, digamos la verdad, me da asco. Me produce diabetes. Es cero. Pero cero en serio, ¿eh? Una cáscara. Un androide. El vacío, La ambigüedad más absoluta. Habla estupideces todo el día. Tiene vocación de bufón. Todo eso pienso de usted. No sólo eso: es un alcahuete, un chupamedias, un lameculos, un transexual y un oligarca. Diga que no lo investigué demasiado, pero si lo hiciera seguro que descubro que fue cómplice de la dictadura o del lopezrreguismo, y que su mamá, o su hermana, hacía plata con la 1050 mientras desaparecían miles de argentinos. Seamos francos, reconozcámoslo, usted es un mitómano, que se inventa su propia historia y se la cree. A usted hay que sacarlo de los lugares donde está, arrinconarlo, ahogarlo, obligarlo a rendirse. Además es un delincuente que se robó plata destinada a los pobres, y que la usó para darse una vidurria bárbara: casas, viajes al Caribe, cuentas en el exterior. Y es funcional a los poderes más oscuros que hay sobre la tierra. Un títere. Un panqueque. Un impresentable. Su cuñado se robaba plata de las obras sociales y su hermana de las viviendas para pobres. No se haga travesti porque morirá virgen. Usted, como se ha dicho, es una porquería, una –disculpe que se lo diga– mierda.



Empezamos mal esta semana, ¿no?



Difícilmente se recupere nuestra relación de años, y eso que –reconozcámoslo– ha sobrevivido a momentos difíciles. Pero no lo pude evitar. He visto, leído, escuchado los insultos más hirientes y descalificadores entre las personas que conducen los destinos de nuestro país. Con lo cual es difícil sustraerse al clima reinante.



Le explico.



Hasta hace nueve meses, todo parecía armónico, cordial y amable. La Señora –¿vieron que muchos le dicen así ahora?– se presentaba para ser reelecta. El pueblo aprobaba masivamente esa idea y todo parecía ordenadito detrás suyo. Ella elegía a Daniel –así le dicen– para la provincia de Buenos Aires. Y Daniel era apoyado por intendentes de toda la provincia. El proyecto Nacional y Popular, que de él se trata, tenía su pata sindical en Hugo, o “el Negro”, y su pata energética en un banquero amiguísimo de la familia presidencial.



Éramos tan felices que no nos dábamos cuenta.



Y a la vuelta de la esquina, vaya a saber por qué razones, las cosas estallaron por el aire. Y ahora, no sólo se odian, sino que no lo disimulan y se dicen de todo. Esos insultos con los que empieza esta nota –dirigidos a usted– en realidad no son míos: han sido tomados de declaraciones de nuestros máximos líderes.



Sin ir más lejos, el día de cierre de esta nota, por cadena nacional, o sea frente a la mayor audiencia política del país, la Señora lo trató de inútil a Daniel. El tipo tiene después que volver a la provincia y darles órdenes a comisarios, punteros, maestros, barrabravas y mozos de su residencia. O sea, si reacciona como corresponde a un hombre, está en problemas porque no tiene plata. Si no lo hace, ya no puede dar una orden. Su rol de gobernador está en jaque por sus propios aliados. ¿A alguien le importa cuánto se resiente la salud pública o la seguridad o la educación, por este tipo de pataletas? Parece que no. La Señora ya dio entender que quiere que se vaya. Lo curioso es que fue ella quien hace unos meses nos dijo que él era el hombre para gobernar el principal distrito del país. Desde ese momento no hizo más que hostigarlo hasta que el miércoles lo destrató en público. Una vez que eso pasa, pasa de todo. Sus subordinados se putean entre sí. Y todo va tomando un clima hermosísimo.



Entonces, digo yo, ¿por qué no sumarnos todos?



¿Por qué no transformar todas nuestras relaciones en un dechado de sinceridad?



Basta de hipocresía, de medias tintas, de tibieza, de convivencia mullida, ambigua.



Si alguien dice algo inapropiado, le mandamos la SIDE y la AFIP a investigarlo. Si aparece algo sucio –siempre, todo el mundo lo tiene– se lo revoleamos para que aprendan a no hablar de más. Y, si no, le forzamos o le inventamos algo: una complicidad con la dictadura es lo ideal. Hasta juicio público en la plaza puede haber.



Las cosas como son.



El próximo párrafo tiene algunas palabras que no deberían publicarse. Pero, como están las cosas, ¿qué más da? Si todos se dicen de todo, no escatimemos. A usted le molesta un compañero de trabajo, aplique el método Boudou, Díaz Pérez, Fernández, Moyano, Kirchner: dígale que es un hijo de remil putas. Es posible que él le responda que más puta será su madre. Y que usted le recomiende que se vaya a la concha de la lora. Y quizá terminen a las piñas, preguntándose qué pasó si hasta ayer todo andaba más o menos bien.



Pero lo importante es decir lo que uno piensa. Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera.



Su hijo lo defraudó en una actitud, dígale que lo desprecia, que no lo merece. Su amigo de toda la vida no lo llamó para el cumpleaños, grítele: tu mujer tiene el culo caído. O, mejor: cornudo.

Y así.



Mal no nos va a ir, ¿no le parece?



Si tenemos esos liderazgos, y el país está viento en popa: cada vez más rico, cada vez más justo, cada vez más sereno.



Alguna gente mediocre, tilinga, clasemediera, cree que algo de esto es importante. Y no lo es. De verdad, no lo es. Lo verdaderamente importante es la dirección que la Jefa le imprime a nuestro país, que –en medio de un mundo que se va verdaderamente a pique– sobrevive dignamente. Mientras la Jefa sepa cómo se hace esto –y realmente lo sabe porque, como dijo Mempo Giardinelli, ella es brillante– no tiene importancia cómo nos tratemos.



O que los líderes de nuestro proyecto político parezcan gallinas en un gallinero.



En serio lo digo. Hay que ser bravucón, porque si no te pasan por encima. Así es la vida. Esto es la política, no un convento de señoritas. Y la política no es distinta de un recreo. Es más, debemos considerar si no se deben cambiar los planes de estudio. Hay algunas escuelas donde hay planes de convivencia. Están locos. Eso no es preparar a los chicos para la vida. El ejemplo no debe ser la Madre Teresa de Calcuta sino, por poner un ejemplo, el tal Aníbal Fernández, o el Rafa Di Zeo ahora que salió libre. Los chicos deben salir al recreo a pelearse. A gritarles gordo, rengo, bruto, a todos los chicos que tengan defectos. Porque la vida es así. A no engañarse. Y todos esos intentos para que la gente se lleve bien son, directamente, una gorilada.



No importa que la gente se lleve bien, ni que dé ningún ejemplo.



Lo que importa es la dirección del proyecto.



Y si no te gusta, sos un oligarca repugnante travesti vacío cero de verdad extorsionador.



Los tilingos no saben que las puteadas son, apenas, detalles menores.



Y que este es, por encima de todas las cosas, y se lo discuto a cualquier imbécil que se anime, un país con buena gente.
Fuente: 
InfoNews.