Sábado, 14 Julio, 2012 - 20:27

Atomos

El congreso realizado en Ferro significó la oficialización de la división de la CGT, hasta ahora en tres fracciones: moyanista, antimoyanista y barrionuevista.





Hugo Moyano concretó sus planes y se erigió nuevamente como jefe de la CGT (tercer mandato consecutivo, o sea re-reelección), aunque con un importante número de gremios menos que cuando llegó a la cima de la central obrera, en los albores del Gobierno de Néstor Kirchner.



El congreso realizado en Ferro significó la oficialización de la división de la CGT, hasta ahora en tres fracciones: moyanista, antimoyanista y barrionuevista.



Habrá que esperar unos meses, hasta que los gremios ahora aliados del Gobierno hagan su propio congreso, para ver si la situación sigue igual o si Luis Barrionuevo decide embanderarse con algunos de los dos sectores claramente enfrentados.



En la Argentina es una costumbre asumir que ya un puñado de semanas puede parecer siglos, y en este caso no habrá excepción.



Es posible que en el tramo hasta el encuentro antimoyanista proliferen tanto conflictos como intentos de acercamiento de posiciones, pero hasta ahora ello es solamente hipótesis y lo concreto es que el sindicalismo peronista y no peronista -la CGT y la CTA- están partidos en cinco pedazos.



Lo que sí puede anticiparse, sin dudas, es que un gremialismo tan ampliamente dividido no le conviene a nadie en las actuales circunstancias del país.



Es altamente posible que haya una diversidad de conflictos que no puedan ser encauzados como lo eran con una CGT y una CTA sin divisiones internas, aunque estuvieran atadas con alambre.



Encima, con el riesgo de choques -aunque igual se dieron con los gremios supuestamente bajo un mismo paraguas- entre organizaciones que históricamente se han tenido ojeriza.



Por poner un ejemplo, una batahola, callejera o no, entre militantes de la UOCRA y de Camioneros podría adquirir dimensiones monumentales (y por qué no trágicas), con el adicional de que ahora están en veredas enfrentadas.



Pero esa foto del conflicto parece inevitable, ya que la economía no muestra la entereza de los años anteriores y los reclamos se multiplican, azuzados también por las incesantes y crecientes internas del peronismo gobernante.



En lo que se refiere estrictamente a la CGT de Moyano, es evidente que ya no cuenta con un grupo nada desdeñable de sindicatos poderosos -por ejemplo los "Gordos"- pero parece mantener un poder de fuego intacto, e incluso robustecido.



Como número dos de Moyano quedó el dirigente Guillermo Pereyra, líder de los trabajadores del petróleo y el gas privados. Si Moyano y Pereyra se lo proponen, pueden generar un desquicio en el país. Pero a la vez, la estrategia de Moyano tiene su propia limitación (o picardía, según como se lo vea):
Pereyra es director gremial en YPF, con lo cual podría considerárselo un Caballo de Troya en el propio Gobierno o una posible conexión con la administración por su rol en la petrolera.



Sin embargo, lo llamativo de la ceremonia de re-entronización de Moyano fue el contenido de su discurso, con matices políticos más abundantes que en anteriores ocasiones.



El líder gremial ya venía ampliando la base de su reclamo, por ejemplo con el Impuesto a las Ganancias, cuyos perjuicios en los salarios se extienden a las clases media y alta, y ahora le añadió una cuestión que forma parte de un clamor que atraviesa todos los segmentos sociales, como es la inseguridad.



Encima, lanzó la propuesta de "repensar el voto", lo cual puede considerarse directamente una exhortación a no sufragar por el oficialismo en los comicios legislativos del año que viene si no hay cambios económicos y sociales.



Moyano nunca ocultó sus aspiraciones de incursionar con fuerza en la política, e incluso tiene el antecedente de haber sido un período legislador. Pero ahora el objetivo parece, según se deduce de sus discursos, ir más allá.



Seguramente es consciente de que muchos dirigentes gremiales no pudieron superar la modestia de una banca parlamentaria y siempre tiene en el recuerdo la frustración de su amigo Saúl Ubaldini cuando quiso ser gobernador bonaerense.



Ya se puso en marcha la maquinaria para erosionar esas intenciones moyanistas y, en ese marco, figura la apelación a la imagen desfavorable que tiene también en amplias capas de la comunidad.



Pero podría contemplarse la alternativa de que pretenda, con las diferencias del caso, emular a figuras históricas del gremialismo, como Lorenzo Miguel, para catapultarse como el gran elector y jugar en bambalinas.



Para ello tendría que tener socios políticos de predicamento, y de allí entonces su acercamiento a Daniel Scioli -como él, otro blanco del Gobierno cristinista-, solamente meses después de haberse bajado del PJ, al que calificó de cáscara vacía.



En este marco, el antimoyanismo otea el horizonte con cautela, habida cuenta de que sigue esperando los beneficios del Gobierno como compensación por su tarea de aislar al Jimmy Hoffa local. Como toda tarea de envergadura, se cobra una vez bien terminado el trabajo. Ahora aparecen algunas dudas acerca de si efectivamente percibirán lo que esperan por esa misión.



Encima, todos, sin distinción de colores políticos ni tendencias, empiezan a sentir el aumento de la presión de sus representados por el esmerilamiento de sus salarios, fundamentalmente por efecto del Impuesto a las Ganancias que, según el Gobierno, lo paga una minoría de trabajadores, casi una elite de supuestos privilegiados, de acuerdo con tal particular criterio.



La cuestión, en definitiva, es que se sigue oficializando la atomización del sindicalismo -por fuerzas endógenas y exógenas- y eso puede redundar, más que en beneficios para unos u otros, en una virtual fisión y consecuente reacción en cadena perjudicial para todos. Y todas.



(*) Periodista. Agencia DyN