Sábado, 7 Julio, 2012 - 20:30

Sindicalitis

Que el sindicalismo argentino estuvo, está y estará dividido dejó de ser noticia hace mucho tiempo.

Lo interesante e importante es observar y evaluar el contexto en el que se dan esas separaciones. El "divide y reinarás" es uno de los principios rectores de la política, y el peronismo, protagonista central desde hace casi 70 años y poseedor, administrador y dosificador permanente del poder -esté o no en el gobierno-, es el más experimentado ejecutor de ese axioma.



Juan Domingo Perón, el fundador del Justicialismo, lo supo llevar a su máxima expresión, alternando cismas y reunificaciones, aunque cierto es también que llegó un punto histórico en que la práctica de ese mecanismo desembocó en tragedia.



Las dictaduras y los gobiernos no peronistas tuvieron a algunos sindicalistas de su lado, pero el signo de sus gobiernos operaba como amalgama para la mayoría del resto de la dirigencia, que hizo sentir su resistencia, algunas veces con éxito, otras con resultados adversos, incluidos costos en sangre y vidas. En la democracia contemporánea, los herederos de Perón continuaron con aquel esquema de caricias y aporreo y, así lo hicieron Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, sin excepción.



Claro que hubo circunstancias distintas en cada caso y las consecuencias también estuvieron, están y estarán acordes a esos momentos. Menem, que antes de llegar a la Presidencia ya tenía elaborado, por ejemplo, el plan de privatizaciones de las empresas públicas, necesitaba un sindicalismo domesticado que apoyara sus proyectos, con lo cual precisaba sacarse de encima cualquier atisbo de resistencia. El obstáculo a remover, entonces, era Saúl Ubaldini, quien venía con el hándicap insuperable de una docena de paros nacionales contra Raúl Alfonsín. Un Alfonsín que, dicho sea de paso, sufrió en carne propia el peso del gremialismo peronista, que le volteó de entrada el proyecto de reforma con el que pretendía revolucionar las estructuras sindicales tradicionales.



Luego, también tuvo que pactar con un sector gremial hasta el fin anticipado de su mandato: fue el Grupo de los 15, integrado por varios de los que hoy siguen siendo protagonistas en la eterna interna de la CGT. Esa coalición de sindicatos poderosos (entre ellos Comercio, Sanidad, Luz y Fuerza y Mecánicos) fue luego una de las bases de sustentación del menemismo, donde adquirió protagonismo principal el gastronómico Luis Barrionuevo, encargado de destronar (y destrozar) a Ubaldini y de ser uno de los privilegiados tejedores del Pacto de Olivos. Pero en esa época igual nació una resistencia que encarnó el actual jefe de los camioneros y de la CGT, Hugo Moyano, a través del Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA). Ya para entonces también estaba en marcha el sindicalismo alternativo de la CTA.



Sin embargo, Menem pudo llevar adelante sus planes, para los cuales fue vital la convertibilidad y la ausencia de inflación y, por ende, de discusiones salariales, y solamente hubo rebelión de los pesos pesado hacia el final de su mandato, cuando le reclamaban a Domingo Cavallo que les reintegrara una parva de millones de dólares a las obras sociales, que ya no entraban directamente a sus arcas a partir de los cambios en el sistema de recaudación impuesto por el entonces superministro.

En su breve período de gobierno, Fernando de la Rúa no tuvo ni tiempo de hacer algo contra las estructuras sindicales. Peor aún, sufrió un dolor de cabeza mayúsculo que todavía perdura cuando se impulsó la amañada reforma laboral que Moyano desenmascaró bautizándola "ley Banelco". Después sobrevinieron los años en los que, tras el caos inicial del fin del ciclo de la Alianza, Eduardo Duhalde tuvo que asumir la tarea de enderezar el rumbo, tiempo en el que los sindicatos siguieron el rumbo del viento que soplaba por esos días, con la garantía de que el entonces mandatario era "del palo" y se necesitaban mutuamente como aliados. Duhalde eligió a Kirchner para sucederlo y entonces el ex gobernador santacruceño, ya instalado en Balcarce 50, amagó con darle espacio estelar al sindicalismo alternativo y terminó pactando con Moyano, con el que mantuvo una alianza hasta su muerte por intereses y beneficios mutuos, mientras los representantes de los sectores ortodoxos -muchos de los cuales habían estado en aquel fundacional Grupo de los 15- mascullaban bronca al sentirse desairados.



Moyano, como en el menemismo Barrionuevo, tuvo licencia para hacer y deshacer a su antojo, incrustado en sectores estratégicos del poder, como por ejemplo los organismos en los que se manejaba dinero de las obras sociales. Desaparecido Kirchner, ahí empezó la historia que se remonta hasta estos días, con el desprecio mutuo entre Moyano y la Presidenta. Cristina Fernández decidió derrumbar varios de los puentes tendidos por su esposo y antecesor, y el que unía al Gobierno con el sindicalismo no fue la excepción.



Así, fiel al principio de la destrucción del rival para consolidar el poder propio, estableció la alianza con los dirigentes rivales de Moyano y los azuzó para que destrocen al camionero, como en su momento hizo Menem con Ubaldini. E igual que el ex mandamás riojano, con la promesa de pingües beneficios. En eso están hoy, aunque por lo bajo los encargados del trabajo sucio contra Moyano murmuran algunas quejas porque esas promesas no se estarían cumpliendo cabalmente y consideran que, ante los problemas generales existentes, es hora de percibir en efectivo y no con pagarés de dudoso cobro en el futuro. Ahora bien, es necesario recordar que las divisiones sindicales promovidas durante los gobiernos de Menem y de Kirchner atravesaron momentos en los que se percibieron etapas de bonanza o de recuperación. Y se sabe que cuando hay abundancia, aunque se mantengan iniquidades en determinados bolsones de la población, las quejas se adormecen. Distinto es, obviamente, cuando empieza la escasez y la sequía, y más aún cuando hay profundas peleas políticas y hasta diferencias de proyecto en el propio oficialismo, como a las que se está asistiendo actualmente.



Además, hay que sopesar otros problemas que atraviesan a los distintos segmentos de la sociedad y pueden a llegar a unificarlos en su malestar, como ocurre en estos tiempos con el Impuesto a las Ganancias, una bandera que Moyano izó y no piensa arriar. Así, es a todas luces inconveniente para un normal tránsito de un gobierno con problemas que desde la misma administración se promueva con ahínco y se sume otro, para nada menor, como la atomización sindical.



El objetivo del cristinismo que está en la superficie indudablemente es astillar las demandas y las protestas hasta hacerlas inofensivas y contar con un grupo aliado sin cortapisas. Pero, de acuerdo con el horizonte que se percibe para la realidad económica, política y social argentina -o sea en una época que no está marcada por la señal de la abundancia y con una administración que, en el transcurso de su tercer período, muestra signos de fatiga política y de tozudez-, esa acción no desembocará en contención y encauzamiento de los conflictos, sino en una creciente y riesgosa multiplicación. Máxime cuando las fracciones en las que está partido el gremialismo están atosigadas por la presión de los de arriba (el poder) y los de abajo (sus propios representados), más allá de ser pro o antigubernamentales. Cinco coaliciones gremiales como las que hay en este momento (tres de la CGT y dos de la CTA), y que se presume que pueden seguir habiendo, son demasiado para un país que necesita mantenerse lejos de la banquina. Pero a esta altura de la historia -y de la histeria- nacional, parece también inevitable e insuperable este, uno de los tantos problemas serios y cuasi crónicos de la Argentina, que es la "sindicalitis".



(*) Periodista DyN



Fuente: Agencia DyN