Domingo, 1 Julio, 2012 - 10:20

Evanescencia emocional

Pocas veces la psicología fue tan importante para la política. Y no porque lo haya sido poco en el pasado: Argentina fue muchas veces un país políticamente enloquecido.

Lo es ahora porque todo el poder está concentrado en una sola persona, viuda, con un vicepresidente políticamente discapacitado, un jefe de Gabinete anónimo, ministros sin autonomía y un partido de gobierno vacío.



Por ejemplo, hace un año Scioli aceptó a Mariotto de vice confiado en que no le “incendiarían la provincia” porque también se dañaría el Gobierno nacional. Hoy, debe preguntarse si no es posible que Cristina lo odie tanto como para estar dispuesta a producirse algo de dolor a sí misma.



Hay un gen misógino en la sociedad argentina con el que la Presidenta tiene que convivir. Ser loca es la acusación paradigmática para las mujeres (la Inquisición quemaba brujas, no brujos). Pero a los prejuicios, Cristina aporta sus propias acciones con una verborragia cada vez más extendida y una gestualidad facial crecientemente llamativa. La lucha contra los años crea rictus artificiales pero la Presidenta tiene algunas expresiones que no parecen surgir de la superficie del cuerpo, sino reflejar cuestiones más hondas del orden de las creencias y los deseos.



Es injusto quedarse con una foto desencajada. Cualquiera que estuviera todo el tiempo rodeada de cámaras caería en algún momento en una imagen poco feliz como la que acompaña esta columna. Pero no es tan sólo su rostro o la entonación de su voz lo que alimenta las desconfianzas. Sus dichos –entre varios otros últimos–
sobre que en Europa sus colegas no pueden creer que en Argentina se den aumentos del 20%, como si fuera un elogio al país y su gestión, intranquilizó a la mayoría.



La extracción de su tiroides agrega argumentos a quienes quieren ver que “algo pasó” con la capacidad de entendimiento de la Presidenta, sumado a quienes ya desde antes les resultaba verosímil que padeciera tendencias bipolares. Parte de esas convicciones son alentadas por la inexistencia de una oposición, institucionalizada electoralmente, que genere razonables expectativas de cambio por la lógica de una competencia política por una oferta superadora. Les queda sólo la posibilidad de imaginar una implosión de la propia Presidenta.



El libro Psychology of economics decisions, publicado por la editorial de la Universidad de Oxford, explica el fenómeno de la evanescencia emocional y por qué las personas no pueden estar eufóricas o disfóricas demasiado tiempo. “Los seres humanos –dice– fuimos construidos de una manera que limita la duración de las experiencias emocionales”.



La evanescencia sería funcional a la necesidad de reducir el poder emocional que los acontecimientos tienen sobre nosotros. Cuando ocurre algo de mucha intensidad, nuestro aparato cognitivo trata de explicarlo para transformarlo en algo previsible. Se “ordinariza” al suceso para quitarle su poder emocional y permitir al organismo recuperarse más rápidamente de su efectos.



Tiene lógica: “Un evento pierde algo de su poder emocional cuando se experimenta en varias ocasiones, ya que establece una nueva comparación de nivel; las personas se adaptan a experiencias repetidas de un mismo acontecimiento”. Una simplificación diría que Scioli puede resistir, sin padecer las consecuencias, un contexto de presiones donde otro político ya habría renunciado, porque comparado con las emociones negativas a las que lo expuso la pérdida de su brazo, no resultan tan intolerables. En términos del libro: “Lo que parece ordinario y predecible provoca una reacción emocional menos intensa que lo que parece novedoso e impredecible”.



La existencia de un sistema inmunológico psicológico también conlleva una mala noticia. Los efectos de los acontecimientos emocionales positivos desaparecen con la misma rapidez. Algo aplicable a la relación de Cristina con Camioneros sería el olvido de los aumentos de sueldos reales en los años de bonanza.



La tesis del libro es que el mecanismo emocional es homeostático, como en el caso de la alimentación (“la felicidad es como la comida”), y en casos más extremos sería alostático, como el de la presión arterial. “Las personas están motivadas a ingerir alimentos, pero al hacerlo el cuerpo humano activa una serie de mecanismos diseñados para minimizar su impacto, por ejemplo la secreción de insulina para reducir la cantidad de azúcar en la sangre. Así como las personas aprenden a tolerar la administración de drogas peligrosas, aprenden a tolerar la ingesta de alimentos.”



El sistema que controla la presión arterial es aún más sofisticado. El homeostático “corta” en un
punto de ajuste óptimo único, el alostático lo mantiene dentro de un rango variable, en función de las demandas ambientales y la de la propia actividad (más en estado de euforia o haciendo ejercicio, por ejemplo).



Quizás Cristina y Scioli tengan su sistema alostático acostumbrado a procesar emociones de una extraordinaria intensidad como si se tratasen de eventos ordinarios y repetitivos. Faltaría ver si el sistema alostático de los empleados estatales de la provincia de Buenos Aires puede acostumbrarse a digerir dosis crecientes de presión.
Fuente: 
Perfil.